De Chiapas a México

4 de marzo 2001

 

A medida que la caravana liderada por el subcomandante Marcos se aproxima al Distrito Federal, crecen las adhesiones y se endurece el discurso. Todo está previsto para que los jefes zapatistas concluyan su recorrido el 11 de marzo y se entrevisten con las autoridades políticas de México, incluso con su flamante presidente Vicente Fox.

El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) reclamará en la ocasión la sanción de las leyes que reconozcan los derechos de los indígenas, la libertad de los zapatistas presos y el retiro del ejército nacional de ciertas zonas de Chiapas.

También es probable que en ese momento el subcomandante Marcos se saque el ya desteñido pasamontañas y dé a conocer su verdadero rostro. Desde los tiempos del Llanero Solitario que un enmascarado no despertaba tantas expectativas. Según el propio Marcos, el ocultamiento del rostro no sólo tiene que ver con razones de seguridad, sino que, simbólicamente, expresa el desdibujamiento de las culturas indígenas como consecuencia de la explotación y la opresión de la cultura blanca.

Para la multitud de mujeres que suspiran por sus ojos verdes, su prosa poética, su lucidez mediática, su ingenio verbal y el olor a tabaco de su pipa, el conocimiento de su rostro puede llegar a ser uno de esos momentos culminantes en las biografías femeninas, algo así como un antes y un después al estilo de lo vivido por la gran Gina cuando lo conoció a Fidel, allá lejos y hace tiempo, y exclamó: «He aquí el hombre que puede hacerme feliz», o como aquella amiga del Comedor Universitario que cuando se enteró de la muerte del Che me confesó, al borde de las lágrimas, que acababa de morir el único hombre que podría «haberme hecho sentir mujer en mi vida».

Por lo pronto, las multitudes de comunidades indígenas que se vuelcan sobre la ruta para saludar al subcomandante compiten con esa otra de mujeres enamoradas y, por supuesto, de izquierda, que le tiran besos, le confiesan su amor eterno y están dispuestas a irse a vivir con él a la montaña para leer juntos poemas de Mario Benedetti y textos de Eduardo Galeano.

Dejando de lado por un momento el manual de Corín Tellado, digamos que de este proceso iniciado con la marcha desde Chiapas hasta el Distrito Federal se sabe todo menos su desenlace. Convengamos que el EZLN no es una guerrilla convencional, que el liderazgo de Marcos no es el clásico y que su relación con la violencia y el poder plantea alternativas inéditas.

Justamente, su trascendencia proviene de este novedoso estilo para asumir el conflicto militar y político. El consenso adquirido gracias a esta nueva lectura de la política le ha otorgado al zapatismo una representatividad que trasciende las fronteras de México.

Que un vaquero conservador y reaccionario como Vicente Fox se haya planteado dialogar con ellos no se debe a que, de repente, se haya sensibilizado por las cuestiones indígenas o que se haya sentido dominado por una irrefrenable corriente de empatía hacia Marcos, sino al hecho cierto de que en la actualidad el EZLN es una fuerza política de una innegable representatividad y el subcomandante es el mexicano más conocido en en el extranjero desde los tiempos de Pancho Villa y Jorge Negrete.

El gran interrogante abierto de aquí en más es hasta cuándo el conflicto podrá desarrollarse en términos pacíficos. Queda claro que los principales reclamos de los zapatistas chocan con la ideología y la estrategia de poder del gobierno de Fox. Por el momento, las tensiones se expresan en el campo de lo mediático, como si los contendientes antes de actuar estuvieran preocupados, en primer lugar, por conquistarse la adhesión de las tribunas.

En diferentes entrevistas, Marcos ha insistido en que el EZLN no se propone conquistar el poder. ¿Operación mediática o una nueva e insólita estrategia libertaria? Hay buenos motivos para creer en esta segunda posibilidad. Las alianzas de los zapatistas con los movimientos sociales y las minorías dan cuenta de actitudes que se diferencian de las tradicionales guerrillas castristas o guevaristas que pulularon por América latina y de las cuales Lucio Cabañas fue la máxima expresión en México.

También queda claro que estos espacios conquistados por el EZLN son posibles en estas condiciones históricas, en las cuales los medios de comunicación juegan un rol importante y en que la imagen mediática puede llegar a ser decisiva. En ese sentido, el liderazgo de Marcos está hecho de símbolos pero también de sólidas posiciones políticas y un inusual talento para renovar el lenguaje político, conectando los reclamos sociales con imágenes literarias, aforismos y arrebatos de humor.

Se sabe que Marcos es blanco, que sus conocimientos filosóficos y literarios son de nivel universitario y que, en algún momento, debe de haber militado en las tradicionales formaciones de izquierda. Incluso se podría decir que hasta el 1° de enero de 1994, es decir, hasta el momento en que adquirieron estado público con la toma de San Cristóbal de las Casas, la guerrilla transitaba por los andariveles clásicos.

Lo nuevo se dio a partir del momento en que rehuyeron de la lucha armada sin dejar de estar armados y plantearon el conflicto en el plano de la lucha mediática. ¿Hasta dónde se podrá sostener esa posición? ¿En qué momento las armas de la crítica serán reemplazada por la crítica de las armas? Nadie lo sabe. Y hasta es posible que ese momento nunca llegue.

Lo que no se debe perder de vista es que el zapatismo no nace en Chiapas por casualidad o el capricho de un intelectual. Chiapas vive la contradicción de ser uno de los Estados más ricos y más pobres de México simultáneamente. Desde Chiapas sale el 35 % del café que se consume en el país, el 20 % de la energía eléctrica, 92.000 mil barriles diarios de petróleo, el 15 % del gas, más de 3 millones de cabezas de ganado, 79.000 colmenas y, además, es uno de los primeros exportadores de maíz, tamarindo, aguacate y cacao.

Si atendemos a la disponibilidad de sus recursos naturales explotados, Chiapas es uno de los Estados más ricos de México; si atendemos la condición social de sus habitantes, es uno de los más pobres. La distancia existente entre estos dos extremos da cuenta de los niveles de atraso y explotación a los que son sometidos los indígenas y mestizos, y la consecuente insensibilidad o rapacidad de las clases propietarias.

En la actualidad, Chiapas suma unos tres millones y medio de habitantes. Las dos terceras partes de la población viven en el campo, más del 50 % de la gente carece de agua potable. Mientras tanto, el 90 % de las comunidades rurales vive con un promedio de un dólar diario y unas 12.000 comunas indígenas carecen de caminos asfaltados de acceso.

En materia de educación, el balance también es deplorable. El 72 % de los chicos no termina primer grado y la mitad de los niños en edad escolar va a escuelas atendidas por un solo maestro, que en su mayoría, debe recorrer a pie o en bicicleta distancias kilométricas para cumplir con sus tareas.

Un millón y medio de personas no dispone de ningún servicio médico y el último relevamiento dio un promedio de un quirófano cada 100.000 habitantes. En esas condiciones, a nadie le debe extrañar que el 54 % de la población esté desnutrida y en las zonas rurales ese promedio trepe al 80 %.

En los últimos años, ha crecido el turismo en la región y las empresas nacionales y extranjeras han realizado importantes inversiones, por lo que, en la actualidad, el promedio de camas para turistas es superior en siete veces al total de camas disponibles en los hospitales.

El sistema de explotación de los rancheros no envidia en nada al practicado en tiempos de Porfirio Díaz. Para disciplinar a los indios, los rancheros organizaron en las localidades del interior los temibles Comités de Defensa Ciudadana, un eufemismo para designar a verdaderos guardias blancos integrados por charros sindicales y asesinos a sueldos encargados de civilizar a los trabajadores, por las buenas o por las malas, y sin necesidad de recurrir a la ley o a los tribunales.

Bajo esas circunstancias, a nadie le debe extrañas que en la selva Lacandona se haya constituido un movimiento de protesta, cuya expresión más organizada es, en estos momentos, el EZLN. Más allá de la evaluación que nos merezca esta experiencia política y de las críticas que se le puedan hacer a su indigenismo algo cerrado, no caben dudas de que las reivindicaciones que reclaman son legítimas.

A su manera, así parece haberlo entendido el gobierno de Vicente Fox, al cual hay que reconocerle que ha ido cumpliendo los compromisos adquiridos, transformándose en estos momentos en el garante de la marcha zapatista. De todas maneras, lo que parece estar fuera de discusión es que en México los cambios son necesarios y que la modernización, si quiere ser coherente con su lógica, deberá incluir a los indígenas. Ni Marcos ni Fox pueden garantizar que los cambios se den de un día para el otro, pero de lo que no caben dudas es de que los cambios hay que hacerlos.

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