20 de abril 2001
Cuando cumplí doce años mi tío me regaló un cuaderno forrado en cuero y con una cinta que se cerraba con un candadito. «Éste será tu diario -me dijo con su mejor sonrisa- y espero que sepas hacer uso de él». Después me explicó que allí tenía que escribir todo lo que me pasaba y que no era obligación hacerlo todos los días.
Desde entonces nunca dejé de escribir. El cuadernito forrado en cuero no duró mucho; después le sucedieron otros cuadernos; muchos se perdieron, algunos todavía los conservo, pero lo cierto es que desde aquella lejana conversación con mi tío siempre me esforcé por mantener al día mi diario y, por supuesto, no me arrepiento de haber tomado esa decisión.
A veces pasaban semanas o meses en los que sumergido en el estrépito de la vida no escribía ni una palabra, pero cuando me serenaba y empezaba a pensar en mí mismo, regresaba al diario y a la escritura y todo empezaba a ordenarse, o por lo menos así me parecía.
Con los años, la necesidad de escribir sobre mi intimidad se fue haciendo más exigente. No sólo me fui preocupando por mejorar el estilo, sino que descubrí con curiosidad y algo de inquietud que el diario me obligaba a interrogarme a fondo.
En la vida cotidiana podía disimular o mentir, en el diario no; allí era el único lugar en donde era yo mismo. El creyente necesitará de la oración o del sacerdote que lo escuche; el hombre moderno pagará a un psicoanalista para hablar de sus problemas, a mí me alcanza con mi diario; allí es donde logro expresarme y poner en evidencia mis dudas, contradicciones o miedos.
Miguel de Unamuno solía decir: «Disculpen que les hable de mí mismo, pero es el ser humano que tengo más a mano». Yo trato de no abrumar a mis amigos con mis problemas y mis cuitas, y en ese sentido el diario es un discreto y fiel asistente que escucha lo que le digo y que nunca hace una pregunta de más.
Mi diario no tiene pretensiones literarias, pero respeto el principio que dice que una expresión bella es el resultado de un pensamiento limpio y lúcido. No me gustaría que se publique ni pretendo semejante cosa, pero desearía que alguna vez mi nieto o alguien parecido lo lea con la paciencia del caso y sepa cómo vivió, cómo pensó y cómo sintió su abuelo.
Allí en ese diario están no sólo mis reflexiones, sino también las cosas que me pasaron, las personas que conocí y admiré, las mujeres que quise y las mujeres que en algún momento me quisieron. Allí están mis amigos, las lealtades a ciertos ideales, mi amor por Borges, Van Gogh y Mozart, mis discusiones con Marx y mi respeto por Marx; mi reconocimiento a algunos hombres de fe y mis dudas y asombro por el misterio.
Uno de mis placeres más privados es recorrer las páginas escritas hace diez o quince años y sorprenderme por esa persona capaz de expresarse con esa delicadeza o incapaz de liberarse de ciertos prejuicios. En un diario se mezclan todos los estilos y los géneros. A veces escribo algo que se parece a los epigramas, a veces describo paisajes, a veces comento un libro que termina de ser leído, a veces transcribo un sueño, a veces reproduzco la conversación sostenida con un amigo.
Recuperar esos textos, volver a leerlos, provoca la misma nostalgia que mirar fotos viejas. Leer esas anotaciones escritas es como ir tomando conciencia de cuánto hemos cambiado y cómo, a pesar de todo, en las cosas que importa, seguimos siendo, para bien o para mal, los mismos.
Creo que toda persona que se interesa por su propia vida, que le gusta practicar el ejercicio de indagarse y que le otorga importancia a su propia vida lleva un diario o en algún momento hizo algo parecido. Es verdad que muchas de las cosas que allí se volcaron sólo le interesan a quien las escribe y a veces ni siquiera a él, pero también muchos de los párrafos que allí están asentados siguen siendo tan reveladores como en el momento en que fueron escritos.
Si alguien me pidiera que defina qué es un diario, creo que le diría que un diario es algo así como una especie de archivo íntimo, en donde vamos trazando las líneas de ese desprolijo laberinto que es nuestra vida cotidiana. Tal vez a la hora de escribir las últimas palabras se nos revela nuestro propio rostro, como le gustaba decir a Borges.
Lucio N. Miranda