Kirchner: algo más que palabras bonitas

Se fue Nazareno. Todavía no tenemos una Justicia independiente, pero podemos jactarnos de contar con una vergüenza menos. La llamada «mayoría automática» aún no ha sido eliminada, pero una de las expresiones más repulsivas del poder menemista fue obligada a dejar el poder.

Como su jefe, Nazareno amenazó, extorsionó y habló de más y, como su jefe, después hizo exactamente todo lo contrario y prefirió la renuncia a someterse a un juicio político en donde sus obscenidades profesionales, políticas y personales iban a quedar a la intemperie.

Todavía quedan muchas cosas por hacer en esta Argentina humillada, pero lo poco que se está haciendo se está haciendo bien y hay buenas razones para creer que se va a seguir avanzando por la misma línea. Hacía años, por no decir décadas, que no escuchaba a un Presidente de la Nación decirle a un funcionario del FMI que no va a firmar nada que signifique hambre o miseria para sus gobernados; hacía tiempo que no se escuchaba a un mandatario recordarles a señores como Kšhler o Singh que ellos también son responsables de lo que nos está ocurriendo, entre otras cosas porque apoyaron, premiaron y pasearon por el mundo a un presidente que endeudó al país como nunca nadie antes lo había hecho; hacía años que no percibía en la sociedad ese estado de ánimo tímido, pudoroso, pero consistente a favor de un presidente que manifiesta estar del lado de los gobernados.

Los gobiernos nunca son perfectos y los controles son siempre necesarios. A ningún gobierno es conveniente y saludable extenderle un cheque en blanco y si la oposición sistemática es un error, es bueno saber que también es un error la incondicionalidad y la obsecuencia.

Los otros días, en la ciudad de Vera, me preguntaron qué opinaba de la administración de Kirchner, y les respondí que si bien sería apresurado dar un juicio definitivo, también sería injusto y poco sincero disimular la satisfacción que me producían muchos de los actos y gestos de este gobierno.

Concretamente, dije que estaba contento con lo que nos estaba pasando, para después aclarar que si bien la categoría «contento» no figura en los manuales de teoría política, no por eso dejaba de ser una manifestación expresiva de una subjetividad indispensable para entender los alcances y los límites de un estado de ánimo que le interesa interrogarse sobre su relación con el poder.

Advierto también que si en nombre de esa subjetividad digo que «Menem presidente» me provocaba vergüenza como argentino, también en nombre de ese sentimiento adelanto que no voy a decir que estoy orgulloso de Kirchner, porque sería exagerado, pero sí puedo decir que el actual presidente no me produce esa sensación de humillación y bochorno que me provocaba la «comadreja de Anillaco».

Dicho con otras palabras, el gobierno de Kirchner me reconcilia con la política y con mi propio país. Y el que así escribe no lo votó; no es ni piensa ser funcionario de este gobierno y, por sobre todas las cosas, no es ni será peronista.

Soy de los que creen que las convicciones son importantes, pero también soy de los que sostienen que una cosa es defender principios y otra aferrarse a prejuicios y repetir como loros dogmas que han perdido consistencia. Un siglo ha terminado y otro siglo empieza, el mundo sigue cambiando y no es ni lícito, ni justo ni inteligente abrazarse a diferencias y enconos que fueron actuales hace cincuenta años, pero que ahora están más cerca del folclore que de la historia y, ya se sabe, que con el folclore se pueden hacer buenos festivales, se pueden organizar hermosas peñas con los amigos para tocar la guitarra, tomar vino y hablar de cosas viejas, pero lo que no se puede hacer es política y mucho menos pensar el futuro.

Yo no sé si Kirchner para hacer lo que está haciendo reniega del peronismo o se afirma con más fuerza que nunca a ciertos valores de su partido; pero lo que sé es que sus gestos y sus actos tienen un tono y una dirección que comparto y que, por lo tanto, sería un tonto o algo peor, si en nombre de añejas disputas ideológicas desconociera las novedades de la realidad.

No me corresponde a mí andar con el «peronómetro» para saber hasta dónde Kirchner es leal o no a las enseñanzas de sus jefes ideológicos, pero sí me animo a vaticinar que es muy probable que las principales resistencias contra el actual presidente provienen del peronismo, sus expresiones autoritarias, patoteras, corruptas y fascistas que -prejuicios al margen- me parece que todavía siguen siendo fuertes aunque, como diría el tango, muchos de ellos están políticamente más cerca del arpa que de la guitarra.

Algunos de los opositores reprochan que lo que se ha hecho en este mes es apenas simbólico, que no alcanza, que no toca las cuestiones de fondo o que es más una puesta en escena que un programa consistente de acción política. Me permito discrepar con estos puntos de vista. Lo que se ha hecho en un mes es lo que puede hacer un gobierno valiente que ha subido con la debilidad que conocemos y está dispuesto a recuperar la autoridad. Por supuesto que las batallas más importantes aún hay que darlas, pero sería un error creer que lo que se ha hecho es simple retórica o maquillaje.

Desde la derecha y desde la izquierda se le cuestiona simultáneamente que abre demasiados frentes y que no se dedica a hacer las cosas importantes. Altamira y Rico; Patti y Echegaray; López Murphy y Barrionuevo coinciden en criticar lo mismo. Incluso se ha llegado a decir que meterse con el PAMI, la Corte Suprema de Justicia, las privatizaciones de Aerolíneas y los peajes son fuegos de artificio que no provocan ningún costo porque «cualquiera estaba de acuerdo con esos cambios».

Los razonamientos de algunos políticos y economistas no dejan de ser sorprendentes. «Cualquiera» criticaba lo que se estaba haciendo en el PAMI o en la Corte Suprema de Justicia, pero en los hechos nadie había sido capaz de ponerle el cascabel al gato. «Cualquiera» denuncia hoy los negociados de las privatizaciones de Aerolíneas y hasta un talibán neoliberal como Avila admite que los beneficios fueron algo excesivos, pero hasta que Kirchner salió a hablar, la mayoría de ellos no había dicho nada y, en más de un caso, apoyaron con bombos y platillos el chiquero que ahora se intenta limpiar.

Durante dos años el gobierno de la Alianza no fue capaz de vertebrar una sola política capaz de cuestionar la hegemonía neoliberal. A Chacho Alvarez el único gesto transgresor que se le ocurrió fue el de tomarse un taxi para llegar a la Casa Rosada; el máximo gesto de atrevimiento de De la Rúa fue no usar el Tango, acto del que después se arrepintió para ser coherente con su personalidad.

¿Pueden compararse esas inofensivas piruetas éticas de la Alianza con la embestida contra la Corte o el PAMI o la decisión de exigirle a los capitales golondrina que se queden 180 días en la Argentina? Claro que era escandaloso lo de la Corte y el PAMI, pero lo que estos críticos se olvidan de señalar es que más escandaloso fue que nadie en todos estos años se había animado a abrir la boca.

En ese sentido, algunas actitudes no dejan de ser patéticas y grotescas. Resulta que ahora los mismos que durante trece años no dijeron una sola palabra de lo que fue el asalto contra la Corte Suprema de Justicia para transformarla en un apéndice de la mafia menemista, son los mismos que se rasgan las vestiduras advirtiendo contra la posible manipulación de la justicia. íCuriosa cultura jurídica la de estos señores, que consintieron una Corte de Justicia bananera y tercermundista, pero cuando alguien habla de cambiarla, reclaman garantías y procedimientos dignos de Dinamarca o Suiza para defender los privilegios de Nazareno, O’Connors, Vázquez, Fayt o Belluscio!

En política hay gestos y gestos como hay símbolos y símbolos. No es lo mismo el gesto de tomarse un taxi para llegar a la Casa Rosada, que el gesto de discutir las privatizaciones. En un caso se trata de un acto correcto pero políticamente inofensivo, el otro puede ser el punto de partida de una orientación que cuestione privilegios y desnude negociados.

Una cosa es hablar en contra de la corrupción y los corruptos y otra muy distinta es acompañar ese discurso con actos. Nadie puede acusarlo a Alfonsín de corrupto, pero justo es decir que hizo poco y nada para combatir a los corruptos. Sin ir más lejos, nunca lo vi a Alfonsín tan afligido y preocupado como cuando Menem estaba preso. La angustia de ese hombre por lo que le había pasado a su comadre del Pacto de Olivos era conmovedora, tan conmovedora como el fallo de la Corte dejándolo en libertad para satisfacción de Menem y tranquilidad de Alfonsín.

A mí no me gusta que Kirchner designe a la esposa de un ministro para que lo controle, como no me gusta su apoyo a un gobernante de dudosas credenciales democráticas como Insfrán; no me gusta que su preferido en Tierra del Fuego sea Manfredotti pero, nobleza obliga, debo admitir que me produjo un íntimo regocijo saber que Kirchner recibía en la Casa Rosada a los familiares de las chicas asesinadas en Santiago del Estero, mientras dejaba deambulando por los pasillos de la Rosada a ese viejo carcamán y camandulero que se llama Juárez y que desde hace cincuenta años domina a la provincia como si fuera un feudo.

El futuro inmediato dirá si los próximos actos de Kirchner se corresponderán con sus gestos iniciales. Claro que es necesario demoler la Corte menemista, pero para constituir una Corte independiente; claro que es necesario terminar con los acomodos y los ilícitos del PAMI, pero para que funcione y preste servicios a los jubilados y no para acomodar a nuevos amigos y nuevos ladrones; claro que es necesario instalar un nuevo discurso a favor de la transparencia política y la decencia pública, pero además es necesario avanzar en esa dirección a través de medidas concretas, algunas de las cuales se están implementando y otras esperemos que empiecen a ponerse en práctica. Hoy como ayer, poco sabemos del futuro, pero por lo menos ahora atisbamos su resplandor.

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