Los costos de la normalidad

Los analistas políticos se estrujan el cerebro tratando de hallar una explicación a la actual política de derechos humanos de Kirchner. Suponen que es una engañifa, una cortina de humo que disimula otras cosas, un pretexto para ganar simpatías y otras disquisiciones por el estilo. Lo que a nadie, o a muy pocos, se les ocurrió pensar es que efectivamente el presidente cree que no es posible la unidad nacional sobre la base de la impunidad.

Las experiencias que hemos vivido han sido tan desgastantes y sórdidas que a todos nos parece que defender lo obvio, es decir, señalar que los asesinos, torturadores y criminales deben estar presos, es un enunciado extraordinario que sólo se justifica si se hace en nombre de otros intereses o se milita en las filas de la IV Internacional.

Kirchner es el primer presidente desde los tiempos de Alfonsín que parece asumir el tema de los derechos humanos desde un punto de vista ético. Esto no quiere decir que sea un sacerdote o un objetor de conciencia, lo que quiere decir es que sus convicciones y su responsabilidad como estadista le exigen cumplir con esta asignatura pendiente de la democracia y la convivencia social.

Kirchner es también el primer presidente que ha enunciado un rol preciso para las fuerzas armadas. Esto no significa retornar al peronismo de 1945, pero sí dejar establecido que los militares tienen una misión nacional que cumplir desde el punto de vista de los intereses del Estado-Nación.

O sea, que el presidente no puede ser acusado de un enemigo de los militares, por lo que ahora los hombres de armas tienen la palabra para decidir si ellos quieren quedar anclados a un pasado de vergüenza y disolución o se proponen pensar en el futuro limpios de las manchas y suciedades propiciadas por camaradas ladrones, sádicos, violadores de mujeres y ladrones de niños.

El asombro o la curiosidad que despiertan algunos de los enunciados o decisiones de Kirchner son proporcionales a los grados de acostumbramiento vicioso que adquirimos luego de diez años de cultura menemista. Tan alejados estuvimos de la virtud, que los gestos normales nos suenan a proezas. Tan enajenados estamos que tiene que venir un conservador como Chirac a recordarnos que el lugar de los criminales es la cárcel.

Los más adormecidos en la cultura menemista han llegado a creer que el presidente es una especie de Fidel Castro o comandante Marcos, cuando en realidad el mandatario es nada más, y nada menos, que un peronista decidido a ser leal a ciertas tradiciones honorables.

Sobre este tema es necesario ser claros: Kirchner no es de izquierda. Desde el punto de vista político e ideológico es un mandatario que defiende la propiedad privada y el orden burgués. Su apuesta a favor del sistema lo diferencia de Menem, en que el actual presidente supone que un Estado debe reconstruir su autoridad sobre la base de decisiones y liderazgos morales convincentes; la otra diferencia básica es que entiende que el capitalismo no está reñido con la defensa nacional y que la globalización no es contradictoria con una estrategia a favor del crecimiento, la integración y la equidad social. Por último, Kirchner supone que la administración del Estado puede y debe hacerse con un mínimo de decencia.

Algunos oráculos de las fundaciones que durante la década menemista decidieron el destino de la economía nacional con los resultados conocidos, insisten en advertir que si Kirchner quiere hacer un buen gobierno debe decidirse a pagar los costos. Daría la impresión de que el gobierno también cree que para hacer política es necesario pagar costos. La diferencia entre unos y otros es la calidad de los costos y la designación de quiénes deben pagarlos.

Para los neoliberales de FIEL y CEMA, «pagar los costos» quiere decir enunciar nuevos ajustes y más despidos. Dicho con otras palabras, lo que reclaman es que el gobierno traicione las promesas electorales en nombre del sacrosanto interés del Estado que, habitualmente, coincide con el interés de sus bolsillos.

Es que hasta los neoliberales ideológicamente más alienados saben muy bien que ningún presidente puede pretender adhesiones populares significativas, proponiendo rebajas de sueldos y despidos, con la promesa de que en un futuro nunca determinado los ricos van a acumular tantas, pero tantas riquezas, que por una extraña ley física, algunas monedas se les terminarán deslizando de sus bolsillos y caerán al suelo en donde un populacho ávido de bienes materiales se encargará de recogerlo y ser feliz.

A esa imagen edulcorada de la distribución de la riqueza, los neoliberales la denominan «teoría del derrame». Claro está, que hasta tanto llegue la cascada de felicidad es necesario un orden político lo suficientemente rígido y autoritario capaz de convencer, por el camino del sable o el garrote, a los desagradecidos o inadaptados sociales que se niegan a aceptar un destino tan agradable.

Por el contrario, daría la impresión de que Kirchner está dispuesto a pagar los costos, pero sucede que éstos no son los mismos que exigen los señores de FIEL y CEMA. Los costos a pagar a los que se refiere el actual gobierno tienen que ver con el esfuerzo para retornar a la normalidad, sabiendo que esa tarea generará increíbles y feroces resistencias.

Meterse con el PAMI, o con la Corte Suprema de Justicia, o decirle a los empresarios que alguna responsabilidad tienen con el destino nacional, o recordarle a los inversores extranjeros que durante años obtuvieron ganancias superiores al término medio, sabiendo de antemano que las adquirían por el camino del negociado o, en el mejor de los casos, gracias a un orden económico responsable del saqueo nacional, significa pagar costos y basta leer Ambito Financiero o escuchar las opiniones de ciertas estrellas de la televisión, para darse cuenta de la magnitud del precio a pagar.

Digamos que Kirchner está haciendo lo que debería haber hecho Fernando de la Rúa y no lo hizo. Del presidente de la Alianza se dijo que fue un conservador que no quiso transformar la sociedad. Yo corregiría en parte la afirmación planteando que De la Rúa fue efectivamente un conservador, pero un conservador del orden menemista.

La diferencia con el actual presidente no es que De la Rúa sea de derecha y Kirchner de izquierda, sino que Kirchner, por lo pronto, no está interesado en conservar el orden menemista porque considera que para que el destino del país no sea Colombia o Nigeria, es necesario demoler los fundamentos materiales y culturales del menemismo, no para construir la patria socialista o alguna otra utopía por el estilo, sino simplemente para empezar a ser un país normal.

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