El ejercicio efectivo del poder

Daniel Scioli está realizando un curso acelerado de política. Por primera vez en su corta y feliz excursión por la política, al campeón deportivo le tocó sentir en carne propia los rigores del poder. Seguramente nunca leyó a Maquiavelo y es posible que si alguna vez lo leyera no lo entendería, pero la vida le ha dado, sin exigirle demasiado, la posibilidad de trajinar en los repliegues del poder y de disfrutar de sus privilegios sin pagar ningún precio por ello.

Como toda invención menemista, Scioli supuso que para hacer política alcanzaba con un mínimo de inteligencia y un exceso de astucia. Sin otro mérito intelectual que un dudoso campeonato mundial de motonáutica, ingresó por la puerta grande de la política y disfrutó de todos los beneficios sin nunca hacerse cargo de los perjuicios.

La política entendida como militancia, testimonio, lucidez y transformación siempre le fue ajena. Scioli no supo de persecuciones, de reuniones clandestinas, de exigencias intelectuales ni de sacrificios prolongados. Perdió un brazo, lo cual es siempre una desgracia, pero la pérdida no la sufrió «en la más grande ocasión que vieron los tiempos», como Cervantes, o defendiendo la patria, como José María Paz, sino practicando deportes.

Ocupó bancas, ministerios y llegó a la vicepresidencia de la Nación, repitiendo lugares comunes y traicionando en el momento oportuno. Cuando uno piensa que en la Argentina fueron vicepresidentes Salvador María del Carril, Mariano Acosta, Adolfo Alsina, Figueroa Alcorta o Carlos Pellegrini, no se puede menos que mirar con nostalgia el pasado.

Cuando uno recuerda la cantidad de militantes y dirigentes talentosos y brillantes que quedaron en el camino o fueron molidos por esta máquina de picar carne que es la política argentina, no puede menos que admitir que el destino a veces suele ser generoso en exceso con hombres que han hecho poco y nada para merecer esa generosidad.

Scioli aprendió a traicionar y a no pagar un precio por sus mudanzas. Como todo arribista pensó que todo le estaba permitido. De la política aprendió lo peor y creyó que las apresuradas lecciones vividas al lado de su jefe espiritual bastaban y sobraban para ser un hombre de éxito, el objetivo íntimo y obsesivo de todo menemista de buena cepa.

Alguna vez Bartolomé Mitre recordó que el sillón de Rivadavia no tenía dos pisos, sino una sola planta baja. Eso quería decir que las decisiones políticas del Ejecutivo las toma el presidente y no el vice. También quiere decir que el Ejecutivo no es un ámbito deliberativo y que el que manda, por lo tanto, es el presidente.

La historia está plagada de ejemplos de vicepresidentes que conspiraron e intrigaron contra su superior. Lo que no se conocen, son casos en las que esas diferencias se exhiban con tanta rapidez y tanta torpeza. No hay antecedentes que a los dos meses de estar en el poder un vice produzca en menos de una semana cuatro declaraciones oponiéndose a decisiones concretas del gobierno. Para Maquiavelo o para cualquier político de raza, semejante actitud hubiera sido considerada un acto de rebeldía o de traición. Desde esa perspectiva, la respuesta de Kirchner merecería ser cuestionada por concesiva y blanda.

Algunos estiman que la reacción de Kirchner fue muy dura o muy torpe. Quienes así razonan, olvidan que la torpeza, o algo peor, la cometió Scioli, por lo que no le dejó al presidente otra alternativa que poner las cosas en su lugar. Un lección elemental de política enseña que cierta situaciones se solucionan con medidas claras y contundentes. Concretamente, no se le puede reprochar a un primer mandatario ejercer la autoridad que le otorga la ley. En la Argentina ya tenemos experiencias de lo que significa transitar por el camino de las indecisiones.

Basta ver las reacciones de quienes le critican al presidente haber ejercido su autoridad, para verificar que efectivamente la oposición alentaba la esperanza de transformar a Scioli en su principal referente. Los que protestan por la dureza de la respuesta olvidan, o se hacen los que olvidan, los desplantes del vicepresidente.

Muchos de los que ahora se rasgan las vestiduras por la dureza de Kirchner, no se atreven a confesar en voz alta las simpatías ideológicas por Scioli. Quienes ahora protestan por una decisión fundada en el ejercicio legítimo de la autoridad, olvidan que no hace muchas semanas decían que Kirchner iba a ser una marioneta de Duhalde. Atendiendo a la sucesión de los acontecimientos, queda claro que a este presidente se le pueden reprochar varias cosas, menos que sea débil o que esté sometido a la tutela de alguien.

Por otra parte, y atendiendo a la orientación política del gobierno, a nadie le debería llamar la atención que se haya provocado este cortocircuito. Más digno de reflexión que un incidente inevitable, es el hecho de que para asegurar votos y equilibrio conservador a la fórmula que se impuso en los comicios de abril, se haya tenido que designar como vicepresidente a un típico exponente de la cosecha menemista.

Nadie ignoraba ni ignora que Kirchner y Scioli sólo tiene en común esposas bonitas, e incluso en este tema hay también diferencias: conocemos el talento político de Cristina Fernández; de Karina Rabollini sólo sabemos lo que el mundo de la farándula nos hizo conocer.

Si alguna vez se hace una reforma constitucional en serio habría que discutir la funcionalidad de la vicepresidencia. Por lo pronto, en los últimos años el vicepresidente ha sido un factor permanente de conflicto. La función institucional en sí misma es un contrasentido: por un lado el vice es el primero en la línea sucesoria y, por lo tanto, no se puede poner a un pavote en ese lugar; pero en las últimas décadas la experiencia enseña que si se coloca a un vice demasiado despierto, al otro día empiezan los problemas.

Para las campañas electorales la fórmula se diseña atendiendo la captación de votos. Si el presidente es conservador conviene que el vice sea progresista; si el presidente es de Capital Federal, se aconseja que el vice sea del interior; en todos los casos se busca una fórmula de equilibrio conformada por dos cabezas. La paradoja se produce porque la fórmula es bicéfala, pero el ejercicio concreto del poder pertenece al presidente, dejando para el vice la ingrata tarea de campanillero en las sesiones del Senado.

Queda claro que si la gestión de Kirchner no se insinuara como una ruptura con las prácticas políticas desarrolladas en los últimos trece años, este conflicto no se hubiera producido. Nosotros conocemos las diferencias provocadas por las declaraciones públicas de Scioli; ¿alguien se puso a pensar sobre las intrigas reales que se jugaron en la intimidad del poder y que nosotros ignoramos?; ¿alguien desconoce que sectores empresarios, políticos y financieros están muy molestos porque la «fiesta» que disfrutaron hasta el paroxismo en estos últimos años puede llegar a terminarse?

Si el «pecado» de Scioli se redujo a divulgar declaraciones imprudentes, no está mal que reciba un tirón de orejas por parte de Kirchner, porque en política la tontería también debe ser pagada; pero lo grave es que hay razones para creer que las declaraciones de Scioli fueron apenas la cabeza visible del iceberg, por lo que la decisión del presidente no sólo fue oportuna sino necesaria.

Por último, lo que nadie puede perder de vista es la identidad peronista de Kirchner y su concepción del ejercicio del poder. El presidente sabe que sus compañeros peronistas le pueden perdonar muchas cosas, menos que no sepa ejercer la autoridad. Un peronista puede perder el poder por muchos motivos, lo que no le está permitido, so pena de encabezar el cuadro de honor de los inútiles, es perder el poder como De la Rúa.

ralaniz@litoral.com.ar

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