Bush y el imperio

«Llamo política a la actividad lúcida cuyo objeto es la institución de una sociedad autónoma». Cornelius Castoriadis

La reunión en Mar del Plata se justifica porque participa Bush. Si a Bush se le hubiera ocurrido no venir la Cumbre, ésta se transformaría en una inocente lomita; nadie se interesaría por lo que allí ocurre, la izquierda perdería motivos para excitarse y los cantantes populares perderían un fuente de trabajo.

Con Bush incluido, nada autoriza a pensar que de la reunión de Mar del Plata salga algo importante, ni siquiera el Alca. Estados Unidos no logrará imponer su punto de vista, pero tampoco lograrán imponer los suyos los países del tradicional patio trasero, si es que estos países tienen algún punto de vista propio, cosa que dudo.

Tomando cierta higiénica distancia de los hechos, habría que preguntarse para qué sirven estas reuniones tan costosas, tan promocionadas y tan ineficaces. En principio, pareciera que las más interesadas en promover estas cumbres son las burocracias internacionales que responden a una lógica propia y de alguna manera deben justificar los jugosos sueldos que ganan. También estimula la vanidad de los presidentes sacarse una foto el último día con la ilusión de que por ese camino ingresan a la historia grande.

Pero quienes más se divierten durante estas jornadas suele ser ese heterogéneo espectro de izquierdistas de diversos pelajes, ecologistas, populistas y místicos arrebatados, quienes aprovechan las circunstancias para hacer un poco de gimnasia revolucionaria, tomarse una cerveza entre marcha y marcha y tranquilizar su conciencia antiimperialista al módico precio de pagar el boleto del ómnibus que los traslada.

Estas manifestaciones suelen ser muy divertidas, muy excitantes, pero, claro está, son absolutamente ineficaces desde el punto de vista político. Si en la Cumbre los que se benefician son las burocracias bien rentadas, en estas anticumbres también hay burocracias que obtienen pingües beneficios, en tanto estas reuniones brindan tribunas a políticos escasos de platea propia y a burócratas sindicales para quienes resulta un buen negocio posar de antinorteamericanos. También les reporta buenos dividendos a músicos, cantores y baladistas, que desde hace años se ganan muy bien la vida posando de izquierdistas en los festivales y cobrando por derecha en las ventanillas.

A estos beneficiarios se suma ahora Diego Maradona con su troupe de sponsors, empresarios y agencias de publicidad, que han descubierto no sólo el filón comercial de un Maradona supuestamente izquierdista. Además han incorporado a la fiesta la presencia de Fidel Castro, transformado en una suerte de dinosaurio, reliquia sobreviviente del anterior diluvio e ícono de una izquierda que hace rato ha dejado de ser la vanguardia y que sólo cobra cierta importancia ruidosa en estas algaradas, ya que a la hora de transformar conciencias, organizar instituciones capaces de promover el cambio y ganar el consenso de los sectores populares que dice querer representar, ha revelado una asombrosa ineptitud.

Digamos que, en realidad, con estas cumbres y anticumbres estamos presenciando un fenómeno típico de las sociedades de consumo, en donde resulta más importante la puesta en escena que los resultados. Esto vale tanto para los que sesionan en la Cumbre, como para los que se agitan en la anticumbre. Está claro que a derecha o a izquierda las cosas importantes, las que realmente interesan, no se resuelven en estos ámbitos, sino en espacios más discretos, lejos de los periodistas y de la euforia de los manifestantes.

Retornando a la Cumbre, digamos que la Argentina, por ejemplo, se sentiría muy satisfecha si lograra que Bush gestionase ante el FMI un acuerdo más o menos ventajoso. Este parece ser el objetivo más importante de Kirchner y, a decir verdad, no está mal que se lo proponga. Al respecto, se sabe que hoy para Estados Unidos el principal problema en América latina se llama Chávez.

Lo que Kirchner presiente es que antes de enojarse con nosotros el imperio tiene que terminar de digerir lo que sucede en Venezuela, en Colombia o en Bolivia. En ese sentido, y atendiendo a las actuales condiciones internacionales, incluida la guerra en Irak, no es una estrategia descabellada tratar de obtener algunos módicas ventajas a la sombra del imperio y aprovechando sus visibles contradicciones.

En estos temas el realismo de Kirchner es descarnado. El presidente argentino suele recurrir a una florida retórica para atacar a determinados enemigos ubicados en lo que genéricamente se llama el neoliberalismo, pero siempre ha sido muy prudente, excesivamente prudente si se quiere, en atacar a Bush. En este sentido Kirchner se parece mucho a Perón, quien en los discursos desde el balcón arengaba a los descamisados y a los grasitas contra el imperialismo yanqui, sin que ello le impidiese al otro día firmar las actas de Chapultapec, el tratado de Río de Janeiro, recibir con sonrisa zalamera y obsequiosa al hermano del presidente norteamericano o entregar la Patagonia a la voracidad de las empresas petroleras norteamericanas, como lo denunciara en su momento Arturo Frondizi en su libro -ese incómodo libro-, que se llamó «Política y petróleo».

A estas habilidades se las suele calificar como realismo político, doble discurso o picardía populista. Para el caso, da más o menos lo mismo. Lo que Kirchner sabe es que no se puede desconocer al mundo y mucho menos al imperio. Bush podrá estar muy desprestigiado -en realidad hoy es uno de los presidentes más desprestigiados de la historia de los Estados Unidos-, pero el imperio es mucho más que Bush o, para decirlo de otro modo, Bush pasa pero los Estados Unidos quedan y ningún gobierno en el mundo puede hacer política en serio ignorando al imperio. En todo caso, lo que debe discutirse es cómo se establece esa relación y cómo se defiende el interés nacional en ese contexto.

A estas elementales verdades de política práctica, Kirchner las conoce al pie de la letra. Da la impresión de que el presidente argentino entiende que en estas condiciones es más interesante llevarse bien con Bush que mal. Ni por las tapas se le ocurriría a Kirchner hacerle un desplante a su colega de la Casa Blanca. Y está bien que así sea.

Las manifestaciones de repudio contra su presencia, los actos y los festivales organizados para condenar al presidente del imperio son episodios absolutamente integrados a la estrategia principal. Algunos méritos Bush ha hecho para ser condenado, pero, no está de más saber que el último en enterarse de esas repulsas, el último en saber que ocurrió algo durante su estadía en Mar del Plata, será el propio Bush y, conociendo el paño, no creo que el corso organizado para repudiar su llegada lo aflija demasiado, le haga perder el sueño o le genere algún conflicto espiritual con los telepredicadores que lo asesoran y le aseguran que el plan de Dios para la Tierra es el mismo que el que marca el rumbo de los Estados Unidos.

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