24 de marzo: imágenes y conclusiones posibles

«Se puede soportar todo el dolor si se lo pone en una historia o se cuenta una historia de él.» (Isak Dinesen)

Hay muchos caminos para aproximarse a la verdad; podemos acercarnos a ella desde el dolor, desde los afectos, desde la memoria o desde las ciencias sociales. Hoy prefiero hablar desde mi experiencia, porque creo que allí sobreviven rastros, huellas que nos permiten reconstruir aquellos años.

Postulo que las consecuencias del 24 de marzo ya estaban prefiguradas. Recuerdo que el 23 por la tarde caminaba por bulevar en dirección a la facultad de Derecho y me parecía estar recorriendo una ciudad en ruinas. No eran más de las cinco de la tarde, pero en el aire el tono era crepuscular, como si la noche se estuviera anticipando. Recuerdo que la gente se retiraba como apresurada a sus casas y ese retiro, ese repliegue, se producía en un silencio que abrumaba.

Recuerdo que la facultad de Derecho parecía un territorio devastado, con sus galerías desiertas, sus aulas vacías y en el bar, en el ruidoso bar de la facultad, sólo una mesa con cuatro o cinco estudiantes, como expresando el testimonio de quienes se resisten a abandonar el territorio. Recuerdo a un amigo que me decía que el golpe de Estado era una buena noticia porque derribaba la fachada democrática.

Recuerdo la tapa de un diario porteño: «Es inminente el final, todo está dicho»; recuerdo el sermón de un obispo que proponía el camino de la redención nacional a través de la sangre; recuerdo haber leído las declaraciones de un grupo de empresarios pidiendo la llegada de los militares; recuerdo los rostros innobles y mafiosos de los burócratas sindicales.

El martes 23 de marzo el golpe de Estado se respiraba en el aire, estaba en la calle, se dibujaba en el rostro de la gente; era inevitable y trágico como un destino. El gobierno de Isabel Perón ejercía el principio de legitimidad política pero estaba erosionado por el desprestigio. Con esas manos frágiles e histéricas, Isabel había firmado el decreto que sacó a los militares de los cuarteles en enero de 1975; esas manos, bueno es saberlo, estaban manchadas con la sangre derramada por los sicarios de las Tres A.

Alguna vez deberemos preguntarnos qué nos pasó para que hayamos permitido que Isabel Perón, Lastiri y López Rega decidieran el destino de los argentinos; alguna vez habría que preguntarse quiénes o quién autorizaron que la democracia se enlodara con estos personajes.

Esa madrugada a las seis o seis y media de la mañana los militares ingresaron a mi casa sin aviso previo, sin pedir permiso y sin preocuparse por los buenos modales. El militar que dirigía el allanamiento era un oficial joven que parecía estar muy asustado. El otro militar, un suboficial de apellido Sarmiento, se encargaba de hacer el trabajo sucio, es decir, de insultarnos. Era un hombre de ojos oscuros, mirada acerada e inefable bigote militar. Hablaba con odio y miraba con odio.

Sólo en un momento se sobresaltó y se sintió como desbordado por la situación; fue cuando ingresó a mi dormitorio y vio la inmensa biblioteca con libros que cubrían las paredes. Su desconcierto pronto se transformó en un estado de alerta, como si, de pronto, se hubiera encontrado con los enemigos que estaba buscando. Se acercó a los libros como agazapado, el fusil adelante, el casco hasta las orejas y, sin decir palabras, pero con una fría, reconcentrada y resentida determinación empezó a derribar los libros de la estantería con el caño del fusil. Durante dos o tres minutos se dedicó a cumplir con esa patriótica tarea.

Al rato, cuando todos los libros estaban desparramados por el suelo, se sacó el casco, con un pañuelo se secó el sudor y, por primera vez en la mañana, sonrió como orgulloso por los servicios patrióticos prestados. Por esas curiosas paradojas del destino, este energúmeno se llamaba Sarmiento.

En un camión del Ejército nos trasladaron hasta la Guardia de Infantería Reforzada. Recuerdo haber mirado desde el camión, desde el hueco que dejaba la lona en una de las esquinas, una ciudad fantasmal. Recuerdo que en la GIR los militares comentaban el partido que jugaba la selección no sé si con Checoslovaquia o Polonia; recuerdo a un oficial que nos tomó los datos y se enojó cuando le dije que subversivo se escribía con «v» corta.

Recuerdo a algunos presos; recuerdo las infames humillaciones que perpetraron los policías contra el intendente Campagnolo. Esa noche pude escuchar a Videla: la voz marcial, impostada, el inevitable tono de arenga castrense, esa inflexión seca, descarnada que lo distinguía; como música de fondo, las inefables y cursis marchas militares.

Como en los cuentos policiales, creo que en estas imágenes es posible encontrar las claves. Postulo que el golpe de Estado no fue un rayo caído desde un cielo estrellado. Como el huevo de la serpiente, el golpe creció entibiado por una sociedad habituada a las soluciones castrenses, por un sistema político que había legitimado la intervención de los militares, por una burguesía ávida de ganancias a cualquier precio, por una Iglesia que todavía no había saldado cuentas con la democracia, por una izquierda enceguecida.

Hay que decir que los militares no aplicaron nada de lo que ya habían hecho en otras circunstancias. En todo caso, lo que hicieron ahora fue dar una macabra vuelta de tuerca a lo que ya sabían y a lo que, a juzgar por el entusiasmo que pusieron, les gustaba hacer.

Hay que decir, también, que fracasaron en toda la línea o en casi todo lo que se propusieron. Hablaron de modernizar al país y lo dejaron más atrasado que nunca; hablaron de defender la soberanía nacional e hipotecaron a generaciones de argentinos con una deuda externa injusta; dijeron hacer lo que hacían en nombre de Occidente y Occidente los terminó derrotando en las aguas del Pacífico sur; hablaron en nombre de Cristo y nadie practicó la impiedad e infligió tanto dolor como ellos.

Si por algo se los recuerda, si en algo fueron originales, fue en el modo de tramitar la muerte. Sólo ellos fueron capaces de la originalidad siniestra de los detenidos desaparecidos, de los centros de detención clandestina, del robo y secuestro de niños, de la rapiña de los botines de guerra.

Imposible excluir del análisis la responsabilidad de una izquierda armada que con sus operativos criminales brindó los argumentos para que los militares salieran a la calle. No es verdad que era necesario dar el golpe para terminar con una guerrilla ya derrotada por sus delirios, sus errores y su impiedad. Al golpe lo dieron para aniquilar a una sociedad civil que se había desarrollado en las últimas décadas. Había que terminar con los sindicatos, con los centros de estudiantes, con las vecinales, con la participación de los ciudadanos en la vida pública. El golpe de Estado representó un brutal retorno al universo privado, a la soledad del universo privado.

El golpe estaba inscripto en la historia, en la dureza de las cosas, en la lógica del poder. Videla y Martínez de Hoz fueron la expresión de esa lógica. Pero a los militares no los derrotó la movilización popular; fueron derrotados por sus errores, sus salvajes disputas internas, esa obsesión maniática por los conflictos fronterizos, su repulsivo instinto de muerte.

Sin embargo, en el silencio de esos años, en ese silencio nacido del miedo, de la indiferencia o la complicidad, hubo voces que pronunciaron el nombre de los asesinos. Esas voces fueron voces de madres, voces de mujeres que, en nombre del instinto o del amor, salieron a la calle con los pañuelos blancos a la cabeza a denunciar la tragedia.

A esas voces los militares, pero no sólo los militares, las calificaron de locas. Un poder enfermo de muerte y una sociedad agobiada por el miedo y por las culpas calificaban de locas a las únicas que expresaron un signo vital de salud. A ellas, en primer lugar, en nombre de las más grandes virtudes de los hombres: el honor y el coraje, debemos reconocerles lo que hicieron. Ellas hablaron cuando nadie hablaba; ellas gritaron cuando nadie gritaba; ellas pelearon cuando nadie peleaba. Las virtudes de la democracia conquistada se las debemos a ellas; las asignaturas pendientes también se las debemos a ellas.

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