Un rasgo distintivo de los gobiernos corruptos consiste en negar la corrupción postulando que todos son corruptos. El objetivo es instalar en la sociedad la idea de que sinvergüenzas somos todos, un argumento que opera como coartada o excusa para disimular las propias miserias. Como en la mentalidad del hombre común persiste el prejuicio de que todo político por definición es un ladrón, estas estrategias gubernamentales suelen ser eficaces, por más que el precio a pagar sea la pérdida de credibilidad en el sistema.
El ministro Fernández en estos días no ha hecho nada diferente a lo que nos tenían acostumbrados los operadores menemistas. Fue al Congreso convocado por los diputados para explicar tres temas: lo que pasó con la manipulación del Indec, qué está ocurriendo con los maestros en Santa Cruz y quiénes fueron los que se propusieron coimear a la empresa Skanska.>
Fernández como ministro político del presidente no dio ninguna respuesta a estos interrogantes. Por el contrario, lo que hizo fue levantar la apuesta y denunciar que Telerman y, de alguna manera Lavagna, también son corruptos, uno por extender facturas truchas y el otro por ordenar un pago supuestamente indebido a la empresa Grecco.>
En jerga futbolera la conducta del ministro apuntó a embarrar la cancha. Fue como si hubiera dicho; nosotros tenemos problemas, pero no somos los únicos, ni siquiera los principales. Su actitud desde el punto de vista institucional desmerece su investidura en tanto que transforma a un ministro en un puntero agresivo del oficialismo, pero también lo desmerece en términos morales, ya que ese comportamiento suele ser el recurso preferido de cuenteros, estafadores y malandrinos de diversa estofa.>
Recuerdo que hace unos años Lilita Carrió se preguntaba en una conferencia de prensa en Santa Fe: «Qué grado de decadencia habremos sufrido los argentinos para que los Fernández sean los principales operadores políticos del poder». En efecto, habría que pensar la distancia intelectual y ética que hay, por ejemplo, entre Joaquín V. González y el señor Fernández como para apreciar la sabiduría de aquella letra de tango que hablaba de «la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser».>
Está claro que el estilo político de Fernández es funcional a una estrategia de poder cuyo principal protagonista es el señor presidente. La agresividad gratuita y a veces histérica, la exhibición obscena de los dispositivos de poder, el rechazo a toda instancia de control, el desprecio cuando no el resentimiento a los periodistas, el miedo a confrontar ideas o a aceptar críticas, son rasgos típicos del presidente, pero para ser más preciso, del estilo político de conducción del señor Kirchner.>
La tendencia casi compulsiva de recurrir a las armas más sucias e innobles de la política para destruir a los adversarios, es una marca de fábrica visible en el orillo de la tapicería oficial. Hoy la víctima es Telerman, como hace dos años fue Olivera, ambos blancos de una campaña que se ha hecho extensiva a jueces, periodistas, empresarios y dirigentes sociales y religiosos y cuyo rasgo distintivo es ser sucia, es decir, infame.>
Intelectuales o propagandistas del gobierno suelen justificar estos actos diciendo que así es como se gobierna a estas sociedades, es decir, con prepotencia y mano dura a los disidentes y corruptelas y lisonjas a los sometidos. A quienes así hablan les recuerdo que argumentos parecidos han empleado los dictadores de todos los tiempos. Asimismo señalo que la Argentina debe ser liberada de la injusticia, pero también de la corrupción, porque no hay sociedad justa con un sistema político corrupto.>
La aclaración es pertinente porque no ignoro que en este gobierno hay voluntades decididas a hacer las cosas bien, pero esas intenciones corren el riesgo de ahogarse en un clima en donde lo que parece dominar es el cinismo político. Siempre he dicho que Kirchner no me provoca el asco moral que me provocaba Menem, pero si bien es cierto que el actual gobierno no es lo mismo que el menemismo, también es verdad que algunos de sus funcionarios hacen prodigiosos esfuerzos por imitarlo.>
Nadie pretende que la política sea el territorio de los ángeles, pero tampoco puede ser un chiquero, un burdel o una cloaca. Se sabe que el poder siempre se sostuvo gracias a la intriga o la fuerza y que todo sistema político reproduce hábitos corruptos. El conocimiento de esta verdad no autoriza, como creen algunos, a ser un ladrón o un gángster, porque nadie debe olvidar que toda política que merece ese nombre se sustenta en valores cuyo ejercicio práctico es lo que distingue a una banda mafiosa de un sistema republicano.>
La corrupción en más de un caso ha resultado funcional a los sistemas políticos, pero lo que diferencia a un orden jurídico de un régimen mafioso es que en uno existen controles y esos controles funcionan, mientras que en el otro la única fuerza dominante es la del poder. «No me preocupa la corrupción, me preocupa la impunidad» decía Lisandro de la Torre.>
Puede que en nombre del realismo se acepte la corrupción o ciertas violencias indebidas del poder, pero también en nombre del realismo, de un realismo tal vez más trascendente, menos esclavo del costado sórdido de la realidad, es necesario resistir a esas tendencias que expresan lo peor de una sociedad y del corazón de los hombres. Que yo admita la existencia del vicio o del pecado no significa que lo justifique o sea su cómplice. Los gobiernos pueden ser dominados por la tentación de robar, pero los ciudadanos y las instituciones están obligados a resistir esas pulsiones, porque si no lo hacen el contrato moral de la sociedad se rompe y en su lugar, en el escenario de una sociedad desmoralizada o corrompida, lo que se impone es la ley de la selva, ley cuyo principio básico es el predominio del más fuerte, que -dicho sea de paso- liberado de todo control suele ser el más feroz y el más injusto.>
Lo ocurrido con la empresa Skanska demuestra cómo funcionan ciertos principios éticos en espacios que no son precisamente ámbitos de contemplación y espiritualidad. Es muy probable que los empresarios de Skanska hayan mordido el anzuelo o hayan cedido a la tentación de arreglar una licitación poniendo plata por debajo de la mesa. En la Argentina, pero no sólo en la Argentina, las obras públicas suelen ser un excelente pretexto para juntar fondos para la corona y para el bolsillo de los que se benefician con la corona. Esta práctica se evita con controles, pero en nuestro país esto se hace muy difícil cuando la controladora es la esposa del controlado, cuando la señora De Vido controla al señor De Vido.>
En el caso de Skanska los trámites se manejaron de otra manera. Cuando los directivos de la empresa tuvieron conocimiento de que la filial argentina podía estar comprometida en negocios turbios, intervinieron la filial e iniciaron una auditoría cuya conclusión fue la cesantía de siete ejecutivos. Previo a ello, la empresa reconoció las irregularidades cometidas y se puso al día en materias de impuestos y otras yerbas.>
Alguien dirá que los empresarios de Skanska son unos hipócritas, que por un lado alientan a sus ejecutivos para que paguen coimas y, después, cuando los descubren, proceden a lincharlos. No estoy tan seguro de que sea así, pero admitiendo incluso que fuera así, reconozcamos que sigue siendo moralmente valioso admitir la falta cometida y sancionar a quienes fueron descubiertos con las manos en la masa.>
Ojalá los gobiernos, y muy en particular el gobierno argentino, se manejara con el piso ético de Skanska, pero admitamos de todos modos que no deja de ser alarmante que la moral media de una empresa extranjera sea más alta que la moral media de un gobierno que dice representar los mejores ideales del pueblo argentino