El presidente Gustavo Noboa no se puede quejar de la suerte. Sin mayores ambiciones políticas, este catedrático universitario fue convocado por Jamil Mahuad para acompañarlo en la fórmula. Cuando en enero de este año la crisis obligó a la dolarización de la economía, una movilización popular impulsada por la poderosa Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador (Conaie) y respaldada por los coroneles del Ejército precipitó la renuncia de Mahuad, dejando a este pulcro docente de Guayaquil al frente de la presidencia de la Nación.
En realidad, quienes respaldaron a Noboa fueron los integrantes del poderoso establishment económico internacional interesado en que el país siga gobernado por manos previsibles y no por militares mesiánicos en alianza con indígenas populistas, como se insinuó en las jornadas de enero que concluyeron con la presidencia de Mahuad.
Una imposición de la realidad
Para los grupos económicos poderosos la dolarización de la economía no es una alternativa a elegir, sino una imposición de los hechos sobre la cual no queda demasiado margen para discutir. Dolarizar para ellos significa liquidar la inflación, poner fin a la especulación monetaria y ganar la confianza de los inversionistas.
Por lo tanto, a partir de esta semana los ecuatorianos abandonarán el sucre, una moneda de la que usaron y abusaron durante 116 años, y de aquí en más todas las transacciones comerciales, desde la compra de vinchas hasta la venta de paquetes accionarios, se harán en dólares. Por esos curiosos gambitos de la política, la decisión que en su momento le costó el gobierno a Mahuad hoy asegura la popularidad de la administración de Noboa; una popularidad acotada, discutida, pero con el suficiente nivel de acuerdos como para gobernar sin grandes incidentes hasta que se pruebe que efectivamente la dolarización de la economía no sólo tranquiliza a los acreedores internacionales y a los operadores económicos internos, sino que también beneficia al conjunto de la población.
La situación social de Ecuador no es buena, pero aunque sea a modo de consuelo importa saber que desde hace años el país vive encerrado en una crisis que afecta al conjunto del sistema productivo y pone en jaque a sus deterioradas instituciones y a su desprestigiada clase política. Con doce millones y medio de habitantes, Ecuador tuvo la fortuna de sortear las experiencias guerrilleras y las bandas del narcotráfico que asolaron a los países vecinos. Sin embargo, la disponibilidad de esa «ventaja» no le facilitó la resolución de las enormes contradicciones regionales entre la sierra y la costa expresadas en los dos polos de desarrollo, Quito y Guayaquil. O los tremendos problemas étnicos en un país donde los indígenas son sistemáticamente excluidos de los niveles de decisión política pese a constituir más de la mitad de la población.
En los últimos años el país no se privó de nada. Desde un presidente delirante y mesiánico como Bucaram -debidamente asesorado por nuestro Domingo Cavallo- a una guerra fronteriza con el Perú, cuya consecuencia más importante fue probar que algunos militares y funcionarios argentinos pudieron aprovecharla para realizar muy buenos negocios.
Ecuador hoy es el principal exportador de banana del mundo, pero además exporta alrededor de 150.000 barriles de petróleo, flores, camarones, café y cacao. Ninguna de estas ventajas naturales impidió el progresivo hundimiento del país en la pobreza. Hoy carece de divisas y ha dejado de pagar los servicios de la deuda. En el orden interno, la desocupación asciende al diecisiete por ciento, y el setenta por ciento de la población vive en la pobreza absoluta.
La clase dirigente dice que la responsabilidad de lo que ocurre la tienen la excesiva regulación estatal y la creciente corrupción política. La lectura de la oposición no es la misma. La Conaie atribuye los males de la Nación a la insensibilidad e ineficiencia de una clase dominante más interesada en enriquecerse sin límites que en preocuparse por el destino del país.
Comparar a Ecuador con la Argentina nos permitiría disponer de una idea aproximada de su capacidad económica. Mientras el PBI anual de la Argentina roza los 300.000 millones de dólares, el de Ecuador apenas llega a los 17.000. Desde el punto de vista del ingreso per cápita las diferencias también son decisivas: la Argentina está en los 8.000 dólares anuales y Ecuador apenas llega a los 1.300.
En esas condiciones límite, la dolarización se presenta como una salida razonable que permitiría recuperar la seguridad en las transacciones mediante una moneda creíble. A favor de esta propuesta están la lógica misma de la economía capitalista globalizada, el respaldo de los organismos financieros internacionales y la incapacidad de la oposición para presentar otro proyecto alternativo que no sea la retórica nacionalista.
Entre la resistencia y la resignación
Por lo pronto, la poderosa Conaie, dirigida por Antonio Vargas -el héroe de las jornadas que concluyeron con la presidencia de Mahuad- ha manifestado su oposición a la dolarización y convoca a un referéndum para que sea el pueblo quien decida sobre cuestiones económicas tan delicadas. La oposición incluye también los proyectos de privatización de las empresas de servicios eléctricos y productoras de petróleo.
De todas maneras, la dolarización ya se está llevando a cabo y es probable que para el 9 de marzo del año que viene se termine de recoger el último sucre. En principio la sociedad parece haber aceptado con cierta resignación la iniciativa presidencial. Hasta la fecha los únicos inconvenientes que se presentan tienen que ver con el fraccionamiento de la moneda, en un país en donde la economía de puestos callejeros y menudeo es casi una industria nacional.
Por lo pronto, el establishment interno y externo está satisfecho y respalda lo que se ha hecho. El futuro inmediato dirá hasta dónde este proyecto contribuye a ordenar la economía y tranquilizar a una población que desde hace años tiene buenas razones para desconfiar de los gobernantes. Lo que está ocurriendo en Ecuador puede ser un operativo de ensayo para practicar luego en otros países, incluida la Argentina.
Si bien algo parecido se ha hecho en Panamá, éste sería el primer país con una estructura social más o menos compleja en donde se dolariza la economía. Hasta la fecha, semejantes operaciones estaban reservadas para los llamados paraísos fiscales o naciones económicamente quebradas y políticamente sometidas.
Lo ocurrido en Ecuador puede ser el punto de partida de una estrategia en favor de la dolarización de la economía en toda América latina. Según se mire, estaríamos ante una vuelta de tuerca más de la globalización alrededor del imperio o el último intento de ordenar la economía de acuerdo con una lógica coincidente con las expectativas del establishment, pero que suele ser rechazada por las clases populares.