Alberto Gerchunoff

Escribió mucho, pero pertenece al linaje de los escritores de un solo libro. Se trata de “Los gauchos judíos”, un texto publicado por primera vez en 1910, prologado por Martiniano Leguizamón y que mereció la aprobación de personajes tan diversos y contradictorios como Leopoldo Lugones, Rubén Darío, Miguel de Unamuno, Ricardo Rojas, Manuel Gálvez y, con las reticencias del caso, Jorge Luis Borges, quien dijo de él: “Sin saberlo encarnó un tipo más antiguo: el de aquellos maestros que veían en la palabra escrita un mero sucedáneo de lo oral, no un objeto sagrado”. De Lucio V. Mansilla y Victoria Ocampo se dijo algo parecido.

La literatura, el ensayo y el periodismo fueron sus grandes pasiones. Durante casi cuarenta y dos años fue periodista de La Nación, el escritor que hizo de las notas necrológicas un género exclusivo, distinción que a su muerte heredó Manuel Mujica Lainez. Si bien La Nación fue su gran tribuna, en algún momento fue director de El Mundo y sus biógrafos aseguran que escribió en quince diarios.

Enrique Dickmann lo inició en el Partido Socialista; Roberto Payró lo presentó al diario fundado por Mitre en 1907; y a partir de 1916, Lisandro de la Torre fue su principal referente político. Nunca fue un político en el sentido convencional de la palabra, pero a lo largo de su vida siempre estuvo comprometido políticamente. Nunca renegó de su condición de judío. Jamás fue sectario y mucho menos fanático, pero siempre condenó el antisemitismo y la discriminación racial y religiosa.

Como todo autodidacto, su cultura era amplia, dispersa y consistente. Liberal en el sentido más noble de la palabra, simpatizó con la república española, y a partir de 1939 volcó su inteligencia y pasión a defender a sus paisanos judíos aniquilados en los campos de concentración.

No era fácil y mucho menos cómodo en la Argentina de principios de los años cuarenta denunciar al nazismo y solidarizarse con los judíos. No era fácil para un escritor que además de judío era antiperonista. Él lo hizo y ello le ganó el odio de los antisemitas como Hugo Wast que asimilaban la consigna “Viva la patria” con la de “Mate a un judío”. Y el recelo de aquellos a quienes sin ser nazis les resultaba indiferente el martirio judío.

Cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial y la noticia del Holocausto adquirió estado público, muchos que habían callado pusieron el grito en el cielo. A Gerchunoff ese comportamiento hipócrita y sibilino lo indignaba. La solidaridad con los judíos aniquilados en Europa para él no era un juego o una manera liviana de ejercer la corrección política.

La Nación, poco tiempo antes, intentó rendirle un homenaje por su trayectoria pública y él declinó los honores por considerar que no había tiempo para esas distracciones, cuando del otro lado del Atlántico se estaba asesinando a sus hermanos. En otro momento, lo invitaron para asistir a la proyección de una película que ponía en imágenes el horror de los campos de exterminio. También declinó la invitación, pero esa vez se permitió escribir algunas palabras para dar a conocer los motivos de su gesto: “No necesito asistir al desfile de espectros que se presentan para medir la profundidad de la bajeza nazi. Son las multitudes no judías las que tienen el deber de presenciar esas exhibiciones y estudiar las causas que condujeron a esa organización de la bestialidad y averiguar en qué grado contribuyeron con su antisemitismo activo o latente, con su indiferencia opaca o con su cuestionamiento tácito a esa prolija industria de la muerte judía”.

No me consta que Gerchunoff haya sido el primer sionista argentino, pero fue el más destacado de su tiempo. Fundador de la Sociedad Hebraica Argentina, defendió desde sus inicios la creación del Estado de Israel y en nombre de esa causa no vaciló en criticar la política exterior inglesa en Palestina. Como sus paisanos Samuel Glusberg, César Tiempo y Samuel Eichelbaum, supo expresar desde el campo intelectual los dilemas, las postergaciones y las esperanzas de la comunidad judía en la Argentina.

Quienes lo conocieron aseguran que escucharlo hablar era uno de los grandes placeres de la vida. Era ocurrente, ingenioso, chispeante, de un humor elegante y sutil. Los amigos de Oscar Wilde pensaban lo mismo. Aún hoy se comenta aquella anécdota con una princesa polaca de reconocida filiación antisemita, quien algo escandalizada le preguntó si era verdad que era judío. “Por supuesto señora -fue su respuesta- puedo ponerle las pruebas en sus manos”.

Mujica Lainez, que nunca fue generoso con los elogios, dijo que “oírlo conversar era paladear, tocar, respirar, el perfume evocador de las palabras. Tenía la pasión del vocablo justo y enhebraba las frases como collares. ¡Qué arte único para referir! ¡Qué destreza de alquimista en la dosificación del lenguaje!”.

Alberto Gerchunoff nació el 1º de enero de 1883 en una aldea del entonces imperio ruso, llamada Proskurov. Sus padres fueron Gershom Gerchunoff y Ana Korenfeld. El niño tenía seis o siete años cuando la familia llegó a la Argentina. Su destino fue Moisés Ville; luego se trasladaron a Colonia Rajil, un caserío ubicado a pocos kilómetros de Villaguay. Una tragedia enlutó a la familia en esos años. Un forajido con unas cuantas copas encima, apuñaló y mató a su padre. Del asesino nunca más se supo nada. El episodio, por supuesto, impactó en la sensibilidad del niño. No deja de ser una ironía de la vida que el padre del autor que identificará a sus paisanos con la condición de gauchos, hubiese sido asesinado por quien las crónicas de su momento calificaron de gaucho alzado.

En 1895, la familia llegó a Buenos Aires. Alberto se ganará la vida como vendedor ambulante, cadete y dependiente de almacén. Hay motivos para suponer que la pasión por la lectura se despertó en él desde muy jovencito. Seguramente, las relaciones con intelectuales de la comunidad judía porteña contribuyeron a desarrollar esa vocación por el saber.

Su simpatía, su ingenio, la nobleza de su corazón, le permitieron ganar amigos. En 1907, se casó con Teresa Kohan, con la que tendrá dos hijas. Ya para esa fecha se perfila como escritor. Pero el momento de su consagración se produjo en 1910 cuando, con motivo del Centenario, se publicó su libro “Los gauchos judíos”, un texto que al decir de sus críticos combina con rara maestría las virtudes del ensayo, la literatura y la historia. Se trata de veinticuatro capítulos -en la edición de 1936 se agregaron dos más- donde se relatan momentos, situaciones, alegrías y tragedias de los judíos en las colonias rurales. Por esos malentendidos de la historia, los nacionalistas de 1910 apoyaron con entusiasmo un libro que según ellos pondera la integración en clave de “crisol de razas” de los inmigrantes. En realidad, el libro es algo mucho más complejo que un simple canto de fe al ponderado “crisol se razas”. La concepción de la obra, las imágenes empleadas y el uso del lenguaje, le otorgan una complejidad que da lugar a diversas interpretaciones.

Borges, en algún momento, llegó a decir que Gerchunoff lo que evoca es la nostalgia por el paisaje humano de su niñez. Puede ser, pero el libro incluye otras percepciones. Es que como dijera otro de sus críticos, con ese libro los judíos adquirieron carta de ciudadanía argentina. Los judíos se hicieron gauchos sin dejar de ser judíos. Para que ello fuera posible, el autor recurrió a un lenguaje en el que deliberadamente predominan los anacronismos y las referencias a los padres del Antiguo y Nuevo Testamento.

Gerchunoff murió el 2 de marzo de 1950. Murió en la calle, a pocos metros del diario La Nación. Las señales de su muerte fueron sugestivas. Lo recogieron en la esquina de San Martín y Sarmiento y lo trasladaron al local de la Asistencia Pública, ubicada casi al lado de donde se suicidó Lisandro de la Torre once años antes. Según Borges, recién al otro día y gracias a que un comedido encontró en su bolsillo la factura de un sastre, pudieron identificar al muerto. Un amigo dijo de él: “Tenía su apostura noble y su ademán señorial; el rostro palidecido por las meditaciones y la boca sonriente a fuerza de haber conocido el padecimiento”.

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