Si un historiador en el futuro quisiera indagar acerca de estos tiempos, hallaría en la semana transcurrida los hechos y acontecimientos que al decir de Sarmiento “desgarran las entrañas de un noble pueblo”. No fueron diez días que conmovieron al mundo; apenas cinco, pero de una intensidad tal que más que conmovernos pusieron en evidencia nuestros vicios, lacras y, por qué no, virtudes.
El lunes arrancó a toda orquesta. La sesión parlamentaria suspendida el jueves anterior se reiniciaba con los protagonistas advertidos de lo que podía o no podía pasar en los dos escenarios: el parlamento y la calle. La ley previsional fue el tema. Una ley controvertida, antipática para cualquier gobierno que pretenda ordenar un poco el sistema previsional, pero que –importa decirlo- está lejos de ser un saqueo a los bolsillos de los jubilados. Una ley que, dicho sea de paso, ya había sido aprobada por los senadores. Es más, todo el debate de la ley giraba alrededor de la aplicación de una fórmula que hasta el día de hoy los economistas no logran encontrar las palabras adecuadas para explicarla.
Insisto, una ley controvertida, pero nada más; apenas un detalle respecto, por ejemplo, a un debate acerca de la jubilación por reparto o jubilación privada. Sin embargo, la oposición peronista sobreactuó los hechos al nivel de la tragedia. Nada nuevo bajo el sol. Algo parecido hicieron en su momento con el caso Maldonado o cuando se suicidó un pobre hombre de 92 años en Mar del Plata y los gremios llamaron a una huelga general contra el régimen de Macri que “estaba asesinando a nuestros abuelos”.
Sentimentalismo de baja estofa, sensiblería ramplona, golpes bajos, oportunismos rastreros, todo puesto al servicio de estrategias de poder reñidas con el estado de derecho. Guiones que Alberto Migré y Nené Cascallar hubieran rechazado por cursis, se presentaba ahora como paradigmas de la cultura nacional y popular. La sobreactuación incluía en este caso la denominada movilización popular: cincuenta mil personas que representan algo más del uno por ciento de la población atribuyéndose las virtudes sagradas del “pueblo”. En el camino, artículos constitucionales al estilo: “el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes”, hechos un bollo y arrojados a la cloaca.
Lo notable de esta bizarra puesta en escena en nombre de la defensa de los jubilados es el “deslizamiento” a temas que ponen en juego los fundamentos de una república democrática y sus consecuencias: el ejercicio legítimo de la violencia y el dilema acerca de si las leyes se sancionan en el parlamento o en la calle.
En esta faena el peronismo y el troskismo marcharon como tiernos tortolitos tomados de la mano, aunque invocando razones diferentes. Para el peronismo se trataba más que de frenar un proyecto de ley, poner en jaque al gobierno: ayer Maldonado, hoy los jubilados; , mañana pude ser Papá Noel o el Gauchito Gil, en todos los casos lo que importaba era crear las condiciones para destituir a un gobierno considerado intruso.
Un sector del peronismo, que no piensa exactamente como los K, se sumó alegremente a esta conspiración, porque llegado el momento su filiación ideológica, sus pulsiones autoritarias, sus mitos y leyendas los empujan a favor de la
desestabilización del régimen gorila. No lo pueden impedir…es más fuerte que ellos mismos, no serían peronistas si así no se comportaran.
Los únicos peronistas que no se sumaron a la conspiración fueron los que se sometieron a la presión de los gobernadores. Así lo expresaron y así se justificaron, sin disimular en el tono de sus palabras el enorme sentimiento de culpa que los embargaba. Levantaron la mano a favor de la reforma previsional porque “estaba apretados” de hecho y de palabra, con lo que se demuestra que el apriete parece ser el único lenguaje que los peronistas respetan de sus adversarios .
Para las diversas fracciones del izquierdismo todo es más sencillo porque una de las virtudes distintivas del troskismo es simplificar el marxismo y la lucha de clases hasta la alucinación, el delirio, la provocación o, como le gustaba decir a Lenín, el infantilismo. Según este marxismo de manual, cada conflicto puede ser la chispa que incendie las praderas del capitalismo y la antesala efectiva de la revolución social. Y lo que debe hacer un revolucionario es tensar las contradicciones hasta las últimas consecuencias.
También para el troskismo, la política y, su expresión exclusiva, la lucha de clases, se juega y se define en la calle. A las instituciones burguesas se las debe destruir por represoras y alienantes, `pero mientras tanto conviene manipularlas exigiendo de ellas todas las garantías sin hacerse de ninguno de los deberes. Ellos en nombre de la revolución pueden quemar, saquear y agredir porque la causa que defienden es tan pura y justa que todo está justificado, pero un tincazo en la oreja por parte de un policía justifica una presentación en las Naciones Unidas contra la represión salvaje y en defensa de los derechos humanos. Lo más interesante de todo es que si la utopía que defienden se hiciera realidad arrasarían con todos las libertades burguesas e impondrían el orden revolucionario sobre una montaña de cadáveres como efectivamente lo hicieron Lenin, Trosky y Stalin cuando tomaron el poder en Rusia. O Mao en China, Fidel Castro en Cuba y Pol Pot en Camboya.
La estrategia del lunes dispuso de sus propios recursos trágicos. No buscan un muerto porque son malvados sino porque son lógicos. Si el sistema capitalista es el horror, se impone probar que ese horror se manifiesta en actos: reprimir, encarcelar, matar. Si los burgueses no lo hacen por escrúpulos humanitarios, lo que se impone es forzarlos a hacerlo. “Cuanto peor mejor”, sigue siendo una consigna operativa del troskismo y un muerto o varios muertos serían las consecuencias previsibles porque, como ya se sabe, “el modelo solo cierra con represión”. Y si no cierra, hay que obligarlo a que lo haga.
El peronismo, por su parte, decidido a desestabilizar, en algunos casos porque es lo que mejor sabe hacer y en otros casos porque simplemente sus jefes están luchando por su libertad, ya que si el régimen “gorila” de Macri se llegara a afirmar el destino de ellos es la cárcel, no por sus ideas políticas sino por sus pulsiones delictivas; no por luchadores sociales, sino por ladrones.
Troskistas y peronistas se hicieron cargo de la conducción de las movilizaciones de este lunes. La intención no era expresar el rechazo a una ley, algo legítimamente justo, sino de instrumentar el bloqueo a la actividad parlamentaria. En definitiva, para el peronismo se trataba de torcerle el brazo a Macri. Y a partir de allí crear las condiciones para que el helicóptero, algo así como el ángel exterminador, cumpla con su misión histórica.
Para el troskismo el parlamento es una barricada o una trinchera desde donde se deben denunciar al capitalismo. Así lo escriben y así lo creen. Para la mentalidad rapaz del peronismo, de lo que se trata no es de derribar un orden burgués (faltaría más),
sino al gobierno “gorila” que pretende poner en discusión la doctrina nacional y sus infalibles veinte verdades. El peronismo supone que lo que le salió bien con Afonsín y De la Rúa, le saldrá bien con Macri. Supone que la “resistencia” que desestabilizó a Frondizi y a Illía, podrá desestabilizar a Cambiemos.
Se dirá que con el pasado hay diferencias históricas, diferencias de contexto o diferencias de protagonismo. Es verdad. Pero en el universo mítico, romántico e irracional en el cual se mueve el peronismo esas diferencias “racionales” no existen o no importan.
El peronismo y el troskismo articularon la calle con el parlamento con un objetivo único: derrotar un gobierno y un orden político. Había que cobrase la humillante derrota electoral de octubre probando que la única ley que vale es la ley de la calle. Hubo once mociones del peronismo para suspender las sesiones. No era un trámite leguleyo; se trataba de obtener una victoria en el campo del poder, condenar al oficialismo a la impotencia, lo que significaba condenarlo a dejar de ser.
Todo lo que sucedió en la calle, los desbordes, los ataques a la policía, los destrozos y saqueos estuvo planificado. Que en esas pasiones lanzadas al vacío se mezclen resentimientos, odios y pulsiones no quita que todo estuvo precedido por una inteligencia destinada a obtener resultados objetivos. No hubo infiltrados ni desbordes espontáneos. Si la expresión callejera se manifestó como caótica y violenta fue porque así se quiso que fuera.
Cualquiera que alguna vez haya estado en una de esas manifestaciones, sabe muy bien que si sus jefes no lo quieren nadie mata una mosca. En ese contexto, todo vale. Incluso la mentira y la ruindad. La mentira de instalar en los medios supuestas víctimas que después se supo eran de otros países; la ruindad de saquear y ejercer las formas más alevosas de la violencia incluyendo la especulación de un muerto o varios muertos. En esta ordalía, los jubilados quedaron archivados en el olvido. Las consignas eran contra Macri o a favor de Cristina. Lo demás, papelitos de colores o cuentos barrocos y góticos para consumo ligero de la gilada.
Lo de Julio Bazán fue algo más que la agresión cobarde y miserable contra un hombre solo y mayor. Fue también la agresión al periodismo, incluído el toque exquisito de agredir a lo que ellos mismos calificaron con los dulces términos de “Viejo de mierda” y “Viejo puto”. Notable. En una marcha convocada a favor de los jubilados, sus supuestos defensores golpeaban e insultaban a un hombre de más de setenta años reprochándole su condición de viejo.
Los argumentos infames de Leopoldo Moreau justificando la agresión a Bazán no fueron un error o el producto de un enojo circunstancial . Moreau cree en lo que dice, pero sobre todo el kirchnerismo considera que las palabras del diputado expresan muy bien lo que ellos piensan y creen. Al respecto no hay nada que reprocharles: es lo que escriben y repiten desde hace años.
Mientras el destino de la república parecía jugarse en la calle, algunos fallos judiciales imponían su propio escenario y su propia lectura del poder. Decisiones como las de ratificar la prisión preventiva contra “La que te dije”, la detención de Carlos Kirchner y Cristóbal López, la denegación de libertad a Boudou, las declaraciones del contador de los Kirchner involucrando a su jefa, confirman que a contramano de las fantasías fascistas e izquierdistas de los callejeros, las instituciones imponían sus reglas de juego.
En síntesis: en la semana transcurrida el kirchnerismo, y de alguna manera el peronismo, fue derrotado en toda la línea. Perdió en el Congreso y perdió en la calle.
Tampoco pudo impedir que la justicia hiciera su trabajo y que algunos de los representantes del régimen cleptocrático se incorporen a las unidades básicas de Ezeiza y Marcos Paz.
Todo el andamiaje del populismo cruje y hace agua. El naufragio incluye a la mafia de los intendentes peronistas del Conurbano. La epopeya del compañero Mario Secco, intendente de Ensenada, se perfecciona con las declaraciones de un destacado diputado peronista, integrante del Consejo de la Magistratura, apoyando al autor del asalto a la legislatura bonaerense con el peregrino argumento de que a los líderes populares no los juzgan los jueces sino el pueblo. No lo conozco al diputado Tailhade, pero sí estoy en condiciones de decir que a través de una frase de deficiente sintaxis el compañero nos brindó una clase magistral de peronismo.