Sábado 26 de diciembre de 2020

Una de las escasas ventajas que incluyen la jubilación y la soledad es que uno es libre de organizar los días y las horas según su propia satisfacción o necesidad. Por ejemplo, el 25 de diciembre, me levanté temprano, preparé mi desayuno, repasé las noticias políticas de los últimos días (vicio de viejo periodista) y después escribí una nota para La Nación que seguramente saldrá publicada la semana que viene. El silencio de la casa, absoluto; también el de la calle. Todo cerrado, incluso los bares que frecuento para leer y escribir. Esa soledad y ese silencio no me molesta. No soy un monje ni mucho menos, pero puedo prescindir de las multitudes y de las grandes reuniones, preferencia que, dicho sea de paso, me transforma involuntariamente en un sumiso y disciplinado ciudadano en tiempos de pandemia. Alrededor del mediodía escribí una nota para El Litoral y después me instalé en mi escritorio a leer, apenas acompañado por un vaso de gaseosa. En general aprovecho las horas de la siesta para leer. Tres o cuatro horas por día. En verano y en invierno; durante la semana y durante los fines de semana. ¿Hábito o vicio? No lo sé. Soy un lector de varios libros a la vez. Por ejemplo, ahora estoy leyendo las Memorias de Obama, la novela de Esther Freud (hija del pintor), “Retorno a Gaglow y un ensayo de Giorgio Agamben “La epidemia como política”. En estos últimos años me he habituado a leer libros digitales, pero a la hora de elegir prefiero el papel. Leo mucho por la sencilla razón de que me gusta leer, disfruto con los libros. No es obligación ni exigencia, es placer. Además, me gusta releer. Es más, releo mas de lo que leo, aunque me encanta descubrir un autor nuevo que merezca ser leído. La lectura no me aleja de la realidad. Todo lo contrario; me conecta con ella con más intensidad, con más tonos y colores, con más aperturas. Suscribo con mejores argumentos la sentencia de Borges: «No estoy orgulloso de los libros que he escrito pero sí estoy orgulloso de los libros que he leído». Mi biblioteca es el único patrimonio que preservo hasta con instinto mezquino. Diría que es el único sentimiento de propiedad que realmente me importa y que de alguna manera me domina. Lo cierto es que entre lectura y apuntes empezó a caer la tarde. Nadie me llamó por teléfono; yo no llamé a nadie. Como si estuviera en una isla. O como si estuviera en el desierto. Pero bien, como se está bien cuando uno de alguna manera eligió ese estado. ¿Soy feliz? He aquí una pregunta que nunca me la hago por tratarse de una pregunta que no tiene respuesta. Podría decir, con la cautela del caso, que vivo bien, que no vivo agobiado por las culpas o las penas y que la salud me acompaña. Como todos, tengo días mejores y peores. Pero nada extraordinario ni para un lado ni para el otro. «¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido, y sigue la escondida senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido…» escribe fray Luis de León. Me gustaría suscribir ese poema, pero con la advertencia de que no soy fraile y, además, me gustan las mujeres, un gusto con cierto sabor a imposible cuando se tiene setenta años, pero qué le vamos a hacer. A la tardecita me di una vuelta por Netflix para mirar la serie que me recomendó mi hijo “Rompan todo”. Vi dos capítulos y reservé para otro día los que quedan. Cené liviano y otra vez al escritorio. El cuarto tiene un enorme ventanal que da sobre calle San Martín o, para ser más preciso, sobre la copa de los árboles ocupados por insoportables palomas que ensucian la calle, los techos de los autos y el balcón de mi casa. Benditas palomitas de la paz, cuánto las querría si alguna vez decidieran desaparecer de mi vista. Acompañado del silencio y del sueño de las palomas reinicié la escritura de una novela que escribo desde hace casi un año y que me cuesta mucho avanzar. Cuando me quise dar cuenta eran más de las doce de la noche. El 25 de diciembre ya era pasado. Navidad o como quieran llamarla, el día transcurrió como cualquier día habitual de la semana por la sencilla razón de yo decidí que así fuera. Ese ejercicio de la libertad en soledad me gusta. No pretendo que a todos les pase lo mismo. Tampoco doy consejos sobre el buen o el mal vivir. Lo que digo es que existen muchos modos de vivir, pero lo que importa es que nosotros decidamos cual es el que más nos satisface. Alrededor de las dos de la mañana apagué la luz, siguiendo el consejo que alguna vez diera don Atahualpa Yupanqui para ponderar el sabio hábito de leer: “Apaga tarde tu lámpara”.

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