El poder, la historia y el presente

 

I

La pregunta decisiva a hacerse en política es acerca del lugar real del poder. Quién lo tiene, dónde lo tiene y cómo lo ejerce, deberían ser los interrogantes decisivos a responder. Comencemos. En la Argentina 2021 el poder político lo ejerce el peronismo. Su base territorial decisiva es el Conurbano; sus titulares reales tienen su sede en el Instituto Patria; sus socios: los barones feudales, los capangas de las provincias pobres con mandatarios ricos. Capítulo decisivo es el de los sindicatos estatales que objetivamente cumplen en el ámbito público las mismas faenas que cumple Moyano en el ámbito privado, es decir la extorsión, el apriete y las más diversas y taimadas prácticas corporativas. Podríamos agregar al combo, empresarios habituados al subsidio, a los mercados cautivos. Este dispositivo de poder se sostiene con un relato cuya flexibilidad incluye a militantes juveniles identificados con la causa nacional y popular, políticos y funcionarios corruptos, empresarios ávidos de riquezas a cualquier precio y dirigentes máximos con sede en la lejana y brumosa Patagonia. Este es el bloque real y efectivo del poder. Un poder que incluye sus grietas internas, el ejercicio de roles cuya manifestación más visible es la relación entre utilitaria y perversa sostenida por el presidente y la vicepresidente.

 

II

Todo estudio de poder es incompleto si no suma la resistencia al poder, las diversas prácticas sociales que por razones objetivas y subjetivas se oponen al actual estado de cosas. La relación entre unos y otros en tiempos normales se expresa a través de los conflictos entre oficialismo y oposición, pero en tiempos de borrascas esta relación adquiere o adquirió en nuestros pagos el rasgo de «grieta», una denominación si se quiere suave para designar un nivel de conflictos cada vez más irreductibles y cuya resolución amenaza con exceder el arbitraje de las elecciones en tanto su dinámica emocional (y en política lo emocional suele ser muy importante) conduce más que a una alternancia electoral a la derrota efectiva del otro. No es por supuesto el terreno ideal para transitar la democracia, pero ante una situación si se quiere dramática nada se gana con desconocerla. ¿Cómo se resolverá en la Argentina este antagonismo? No lo sé. Las contradicciones políticas irreductibles suelen incluir ganadores y perdedores, pero la historia nos enseña que también suelen abrir espacio a alternativas superadoras o regresivas. La disputa entre conservadores e izquierdistas en Alemania la «superó» Hitler. Es un ejemplo extremo, pero importa tenerlo presente aunque más no sea a modo de especulación y advertencia.

 

III

Se dice que en sus momentos críticos las naciones recurren a sus reservas morales y políticas más dignas o eficaces. Los ejemplos abundan: Churchill en Inglaterra, De Gaulle en Francia, Roosevelt en Estados Unidos. Los ejemplos pueden que nos satisfagan, pero la historia también nos demuestra que las crisis se superan con protagonistas no tan satisfactorios para nuestra mirada occidental y atlántica. Stalin, Mussolini, Franco, Mao, también dieron una respuesta a las crisis en las que les tocó intervenir. Y no siempre las crisis las afrontan titulares efectivos del poder que a su manera saben interpretar su tiempo histórico. En su formidable «Historia de la revolución rusa», León Trotsky describe con tonos irónicos y sombríos la mediocridad, el parasitismo y la alienación del zar Nicolás Romanov, quien mientras se forjaba el clima de la revolución que habría de derrocarlo y luego a ejecutarlo junto con toda su familia, en su diario anotaba preocupaciones sobre sus rutinas de monarca ocioso e impotente. Algo parecido podría decirse de Carlos I, Luis XVI y, por qué no, y más allá de diferencias objetivas, Kerenski. Una sociedad crispada por sus contradicciones, al borde de la disolución es un escenario formidable para investigar, pero siniestro para vivir.

 

IV

Por lo pronto, conviene saber que la historia no es portadora de algo así como un «espíritu objetivo» que se despliega a lo largo del tiempo con objetivos precisos. La historia no incluye un relato que nos conduce fatalmente al infierno o al paraíso. Por lo tanto, quienes la padecemos diariamente estamos obligados a dar respuestas atendiendo a nuestros intereses, convicciones, pero sabiendo de antemano que nuestra información es incompleta y que la causa más bella o más horrible no registra ninguna garantía de efectividad. La historia real no es como aquellas películas norteamericanas en las que necesariamente había un desenlace feliz. A la historia la elaboran los historiadores cuando los hechos se transformaron en pasado, pero nosotros estamos condenados a actuar en tiempo presente. La democracia incluye entre otras virtudes el esfuerzo por hacer previsible la relación entre presente y futuro. Pero cuando las contradicciones desbordan las instituciones, la previsibilidad se pierde y el destino de las sociedades suele parecerse al salto al vacío o a la pesadilla.

 

V

No sé cómo juzgarán las generaciones futuras estos tiempos. Se dice que cuando al dirigente comunista chino, Chou Enlai, le preguntaron sobre su evaluación de la revolución francesa estimó que no estaba en condiciones de hacerla porque consideraba que doscientos años era poco tiempo para animarse a dar una opinión fundada. Un obispo o cardenal del Vaticano tal vez opinaría en términos parecidos porque su mirada del tiempo no es muy diferente a la del líder comunista. Pero sin caer en estos excesos venerables, convengamos que como le gustaría decir a Anatole France: en la vida podemos y debemos dudar, pero en política cotidiana estamos obligados a actuar como si no dudáramos. ¿Complicado? Por supuesto. Y el que dice que no lo es, miente o ignora. Yo no renuncio a mis dudas, desconfío de mis certezas pero no puedo eludir los reproches. Sobre todo en estos tiempos de inclemencias, miedos y desolación. No le reprocho a este gobierno que se proponga proteger a la gente, le reprocho que con sus decisiones está dejando a la gente a la intemperie; no le reprocho sus medidas de seguridad, sino su incapacidad para garantizar la seguridad; no le reprocho sus proclamas de asegurar el orden, le reprocho que con sus decisiones solo está en condiciones de alentar el desorden; no le reprocho los cierres, le reprocho que el cierre sea su exclusiva estrategia; no le reprocho que nos priven de libertades en nombre del Covid y de la emergencia, le reprocho que se aprovechen del Covid y la emergencia para gestionar la libertad de los delincuentes kirchneristas con José López a la cabeza; no le reprocho que declame luchar contra el Covid, le reprocho que lo haga mal; no le reprocho sus simpatías por la nacionalidad de alguna vacuna, le reprocho su impericia para obtenerlas y le reprocho que las pocas obtenidas hayan tenido como destinatarios privilegiados a sus incondicionales; no le reprocho el gobierno, le reprocho el desgobierno; no le reprocho al gobierno y a sus seguidores que se digan progresistas, le reprocho que en nombre del progresismo y de sus valores saquen al ejército a la calle y cierren las escuelas; no le reprocho que sean progresistas, conservadores, monárquicos o populistas, les reprocho que sean impiadosos, impotentes e insensibles.

 

Noticia de: El Litoral (www.ellitoral.com) [Link:https://www.ellitoral.com/index.php/id_um/293509-el-poder-la-historia-y-el-presente-cronica-politica-opinion.html?fbclid=IwAR1TjYD8b7Q7yO_orBim0dfRoalo0m07hwyVVMAWOX5eePoutcpcF3ZWvn4]

 

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