Encerronas y dilemas

«Si no se puede formar el porvenir con la ayuda de una gran batalla, es preciso dejar huellas del combate. Las verdaderas victorias sólo se consiguen a largo plazo y de cara a la noche. La lucidez es la herida más próxima al sol». René Char.

La crisis que vive la Alianza no empezó con el portazo del Chacho Alvarez y todo parece indicar que tampoco va a terminar con ese portazo. Pensándolo en términos históricos, podría decirse que los problemas de la Alianza comenzaron el día mismo de su constitución, o tal vez, desde el momento en que no supieron o no quisieron hacer otra cosa que oponerse a Menem, sin saber que para gobernar hacía falta algo más que expresar el justificado antimenemismo.

A Fernando de la Rúa se le puede reprochar su decisión de conformar un gabinete disparatado que, según se mire, pudo haberle dejado servido a Chacho el argumento para irse con bombos y platillos, o muy bien pudo haber sido una maniobra orientada a sacárselo de encima. En cualquier caso, el gobierno fue el principal perjudicado por las consecuencias de una crisis cuyos efectos pudieron haberse evitado, pero que la ceguera, la mala fe o la incapacidad no escatimaron recursos para hacer exactamente lo contrario.

Si uno se propusiese teorizar acerca de estos conflictos, podría hablar sobre la ética de la responsabilidad encarnada por De la Rúa y la ética de la convicción representada por Chacho. Mientras uno asumiría las exigencias del poder, el otro se haría cargo de los principios, decidiendo regresar al llano con las manos limpias y el corazón puro.

Sin embargo, ninguna sutileza teórica puede justificar a un presidente que demostró ser el paradigma de la irresponsabilidad, conformando un gabinete que premiaba a los sospechados y castigaba a los que se esforzaban por desempeñarse más o menos bien. Por otro lado, si bien la actitud de Alvarez pudo haber despertado inevitables corrientes de simpatías, ese sentimiento se debilitó a la hora de evaluar, en términos políticos, la corrección de un gesto que, para una amplia mayoría, se parece más a la ligereza que a una reivindicación principista.

Ciertos gestos políticos suelen ser ambiguos, a pesar de que se presenten como limpios y brillantes. Si las convicciones parecen haber determinado la conducta de Chacho, vista la realidad desde otro punto de vista, su decisión puede parecerse al oportunismo, en tanto y en cuanto Chacho no ignoraba (y así lo prueban antiguas declaraciones) quién era De la Rúa, cuáles eran sus límites y cuáles son los de la Alianza, en un país adonde todo se empecina en confabularse para que las cosas salgan siempre mal.

El divorcio entre De la Rúa y Alvarez estaba cantado y la única duda era saber cuándo se iba a consumar. Lo que nadie imaginó fue la torpeza de Fernando de la Rúa para manejar la crisis, torpeza que incluyó a sus inefables asesores, cuyos descabellados consejos en nada lo excusan, ya que un presidente también es responsable por la elección de sus asesores, Antonito y Shakira incluidos.

La miopía del presidente para resolver la crisis preocupa a todos, no tanto por el error cometido como por los futuros errores que se anuncian con un mandatario que decide ejercer la autoridad cuando hay que consultar y se pone dialoguista cuando hay que tomar decisiones.

Todo lo que hizo fue torpe, innecesario y produjo efectos exactamente inversos a los deseados. Si pretendía ejercer su autoridad, la debilitó; si se proponía un triunfo se ganó una derrota; y si lo que deseaba era el reconocimiento social, lo que hizo fue retroceder en las encuestas de manera alarmante.

De aquí en más, lo que ha ganado son nuevos opositores que reducirán su capacidad de maniobra. Para aprobar las leyes deberá lidiar no sólo con la oposición peronista y la de los partidos provinciales, sino también con los cuarenta legisladores del Frepaso que se salen de la vaina para demostrar que no están de acuerdo con el rumbo económico decidido por el gobierno.

También es muy probable que los conflictos se extiendan a la interna radical, un partido que _por tradición_ vive el internismo con pasión religiosa. El quiebre entre el centro-izquierda y el centro-derecha en el interior de la Alianza ya se está manifestando en el radicalismo, donde su militancia progresista empieza a descubrir que no estaban demasiado equivocados cuando en tiempos no tan lejanos calificaban a De la Rúa de conservador.

Lo cierto es que la situación del gobierno no puede ser más incómoda. Por más que de la boca para afuera no lo reconozcan, la Alianza, de hecho, está al borde de la ruptura. Más allá de lo que se diga, no se debe olvidar que Chacho Alvarez no regresó al llano para darle la razón a un gobierno con el que no pudo convivir cuando estaba en el poder.

Ciertas crisis políticas se distinguen porque las reacciones de los actores se justifican individualmente, pero el resultado que provocan perjudican a todos. A la renuncia de Chacho Alvarez se sumó la decisión de algunos legisladores socialistas y radicales de constituirse como bloque independiente. También este principismo podría ser aceptado, si no fuese porque a los principistas habría que preguntarles lo mismo que a Chacho Alvarez: ¿qué esperaban de De la Rúa cuando se sumaron a la Alianza?

Así como las decisiones del presidente parecen ser una suma interminable de errores, tampoco puede justificarse la decisión de los disidentes que, ante la primera dificultad, optan por dejar de jugar y, como el gordito del cuento, irse enojados con la pelota debajo del brazo.

Es verdad que De la Rúa y más de un radical nunca terminaron de entender lo que es una alianza. Personajes cono Nosiglia están convencidos de que la política es el arte de los buenos negocios, los acuerdos con los peores y el exterminio de los aliados. Para Nosiglia y sus amigos, el acuerdo con el Frepaso fue puramente instrumental y su particular sabiduría política les aconsejó hacer todo lo posible para romper la Alianza y gobernar sin necesidad de aliados molestos. Los resultados están a la vista.

Rota o debilitada la relación con el centro-izquierda, al gobierno no le queda otra alternativa que modificar sus alianzas y mejorar o sincerar sus relaciones con la derecha. En la actualidad, la derecha económica argentina, con el único que se identifica y sensibiliza hasta las lágrimas, es con Menem.

El acuerdo con el menemismo siempre estuvo rondando en el campamento de De la Rúa. El único límite que tiene para avanzar en esa dirección es la reacción que semejante cambio provocaría en el electorado de la Alianza y en el propio partido radical.

La derecha económica reconoce que De la Rúa es un buen conservador, un burgués satisfecho de misa diaria. No obstante, sus eternas dudas y escrúpulos lo hacen poco confiable para una derecha que exige iniciativas que se preocupen más por los resultados que por los medios, es decir, un perfil exactamente opuesto al que exhibe el actual presidente.

Para terminar, es necesario no perder de vista que toda esta crisis se desarrolla en el marco de una profunda y prolongada recesión económica, con una sociedad insatisfecha y golpeada por la desocupación, los magros salarios y la baja rentabilidad de las empresas.

Esta realidad podría revertirse con una decisión del gobierno encaminada a despertar en la sociedad la fe y el entusiasmo necesarios como para salir de este cuadro depresivo. Así como Alfonsín en su momento renovó su prestigio con el Plan Austral o Menem ganó credibilidad y elecciones con la Convertibilidad, este gobierno debería proponer a la sociedad una salida que provoque efectos parecidos.

Pero por el momento la preocupación de todos es pelearse y sacarse ventajas. Mientras tanto el país retrocede, la imagen de los políticos se hunde en el desprestigio y se está haciendo lo imposible para incubar en los pliegues de la democracia al temible huevo de la serpiente.

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