Elecciones en Perú

16 de abril 2001

Según los números, a los comicios los ganó Alejandro Toledo; según la sensación política, el triunfador de la jornada es Alan García. Después están los contrastes. Nacido en la sierra, Toledo se familiarizó desde chico con el rostro descarnado de la pobreza y hoy es el candidato del establishment económico; Alan García proviene de una familia acomodada y de un partido tradicional, pero su nombre le pone los pelos de punta a los operadores del mercado, que no olvidan al ex mandatario que en los ’80 intentó nacionalizar la banca y poner límites a los intereses de la deuda externa.

El domingo 20 de mayo las urnas despejarán la incógnita y los peruanos sabrán el nombre de su presidente. A tono con los tiempos que corren, los dos candidatos compiten para demostrar quién es más moderado. Toledo se preocupa por probarle a los peruanos que no es un reaccionario; Alan García se esfuerza por convencer a los mercados de que no es un izquierdista rabioso, decidido a desconocer los compromisos internacionales y a transformar al Perú en un soviet incaico.

El pueblo y los mercados

Fieles al dogma actual que recomienda que tan importante como ganar el voto del pueblo es conquistarse la buena voluntad de los operadores económicos, los dos candidatos tratan de probar que están preocupados por la justicia social, pero que no son loquitos.

Toledo llama a la concertación; García convoca a la unidad nacional. Uno asegura que sus colaboradores son muy bien vistos por el FMI y el Banco Mundial; el otro no vacila en ofrecerle la cartera de Economía a Hernando de Soto, un economista capaz de acusar a Alvaro Alsogaray de populista irresponsable. A su manera los dos saben que el Perú hoy exhibe índices sociales pavorosos: cuarenta por ciento de su población está por debajo de la línea de pobreza y el setenta por ciento sin empleo estable.

Si los números electorales fueran la única variable de análisis político, queda claro que Toledo dispondría de más chances que García. Lo que ocurre es que la política no siempre respeta las cifras y en ciertas ocasiones produce resultados que rompen con las lógicas cerradas.

En principio, la gran novedad de los comicios no fue el previsible primer puesto de Toledo, sino la performance de Alan García. Recordemos que el dirigente del Apra dejó el gobierno, en 1990, por la puerta de servicio. El balance era de terror: inflación descomunal, crecimiento de la deuda externa, empeoramiento acelerado de las condiciones sociales y una guerrilla que amenazaba las bases mismas del Estado.

Durante diez años Alan García fue un cadáver político resucitado de vez en cuando como un cuco por Fujimori, para demostrar lo que le podía pasar al Perú si no le hacían caso. Durante diez años su nombre fue meneado por los profetas del neoliberalismo para demostrar la suerte que corren quienes se proponen remar contra la corriente.

Lecciones de la historia

Se sabe que la política no agradece nada y Fujimori no fue la excepción. En la campaña electoral de 1990, el japonesito insignificante no tenía ni para empezar frente a la deslumbrante candidatura de Vargas Llosa. Gracias a las buenas gestiones de Alan García y los generosos soles donados a los promotores de su candidatura, Fujimori fue creciendo hasta llegar a ser el presidente de los peruanos.

García creía que su enemigo principal era Vargas Llosa y ordenó a sus seguidores que votaran por Fujimori. Cuando se dio cuenta del error ya era tarde, entre otras cosas porque ya había abandonado el Perú perseguido por la policía de Montesinos.

En homenaje a la memoria hay que recordar que en la primera vuelta el ganador fue Vargas Llosa; pero al otro día de los comicios el autor de «La ciudad y los perros» sabía que el verdadero triunfador era el japonesito. En sus memorias, Vargas Llosa recuerda que al principio su candidatura era vetada por la Iglesia Católica, porque a los curas no les gustaba nada el agnosticismo del escritor. Pero cuando Fujimori ingresó a la segunda vuelta, los curas se dieron cuenta de que esa candidatura estaba bancada por los grupos evangélicos y pentecostales. Fue así como los obispos pidieron reunirse con Vargas Llosa, el ateo, mientras los curitas en la misa ponderaban sus virtudes literarias. Como se podrá apreciar, el realismo mágico en América latina no es un invento de García Márquez.

A la segunda vuelta, Fujimori la ganó de punta a punta. Y mientras Vargas Llosa regresaba a Europa a continuar con su destino literario, el nuevo presidente se convertía en el paladín del neoliberalismo y de la lucha contra el terrorismo. Cada vez que algún opositor lo criticaba, Alberto Fujimori recordaba el gobierno de Alan García transformado por sus operadores en el sinónimo del mal.

Fujimori gobernó durante diez años y durante diez años Alan García vivió en el exilio. Confiscados sus bienes personales, con pedido de captura y con su apellido manoseado como una piltrafa, Alan García era apenas un recuerdo de mal gusto, al que sólo se mencionaba para saber lo que no se debe hacer cuando se es presidente.

Su derrota arrastró al Apra, el partido político que en algún momento fue el más prestigiado de América latina. José Figueres, Rómulo Betancourt, los socialistas chilenos, los colorados uruguayos y lo radicales argentinos siempre manifestaron su admiración por ese partido, fundado por uno de los caudillos políticos latinoamericanos más talentosos del siglo veinte: Víctor Raúl Haya de la Torre.

Las cosas cambian

Sin partido político y con su prestigio arrojado a una alcantarilla, Alan García regresó al Perú y en pocos meses recuperó el capital dilapidado. Que las mudanzas de la fortuna giren con tanta energía es algo que dice más acerca de las condiciones de desesperanza del electorado que de la calidad de los dirigentes políticos.

Hoy García es un presidenciable con fuertes chances y, además, dispone de un partido político que intenta recuperar las tradiciones fundadas por Raúl Haya de la Torre y Luis Alberto Sánchez. A modo de comentario marginal, no deja de llamar la atención que hoy el Apra asuste a burgueses, cuando en realidad fue siempre un partido moderado y reformista, que así como luchó contra las dictaduras bananeras, apoyó la gesta de Sandino y enarboló los ideales de la reforma universitaria, siempre se presentó como una alternativa al comunismo. Las polémicas entre Haya de la Torre y Juan Carlos Mariátegui, el fundador del comunismo peruano, son significativas y ejemplares, ya que no sólo revelan el nivel intelectual de los dirigentes de aquellos tiempos y la calidad de los debates, sino también la profundidad del giro a la derecha de las últimas décadas.

La historia de Toledo también está marcada por los contrastes. De la pobreza extrema a los estudios de posgrado en Estados Unidos y Europa, lo suyo intenta presentarse como una demostración concreta de que las sociedades liberales son las únicas que aseguran este tipo de movilidad social.

La afirmación podría refutarse diciendo que lo suyo es la excepción que confirma la regla, o que el cholo desarrapado de las sierras pudo estudiar gracias a la vigencia del raquítico Estado de bienestar que en algún momento funcionó en el Perú. Pero convengamos en que algo de verdad hay en el argumento que reivindica la voluntad individual, en el marco de una sociedad decidida a premiar a los más emprendedores.

La hora gloriosa de Toledo llegó en los últimos meses de Fujimori. Mientras el japonesito se preocupaba por descalificar a los candidatos oficiales de la oposición, Toledo fue creciendo a los ojos de la opinión pública. Cuando Montesinos se dio cuenta del peligro ya era tarde.

Su carrera política fue fulminante. En pocos meses ganó elecciones, soportó fraudes y campañas de difamación y estuvo a la cabeza de las movilizaciones contra el régimen mafioso de Fujimori y Montesinos. Hoy, con un indisimulable tono de reproche, Toledo dice que «pareciera que el cholo sirvió para movilizar contra la dictadura, pero ahora ya no sirve para gobernar».

Final abierto

Tal como se desarrollaban los hechos, estas elecciones eran una formalidad, un requisito protocolar puesto en escena para que Toledo, con aires de muchachito ganador, pasara y recogiera los laureles. Sin embargo, la historia se empeñó una vez más en brindar su propia lección. Mientras la candidata conservadora Lourdes Flores se empecinaba en probar que Toledo era una especie de sátiro corrompido, organizador de fiestas negras y embarazador de mujeres solteras a las que luego no les reconocía los hijos, Alan García recorría tranquilo los barrios de Lima, El Callao, Trujillo y Arequipa, seduciendo al electorado con su carisma y sus discursos sugestivos.

Da la impresión de que en el Perú los «tapados» o los terceros en discordia son los que siempre se llevan las mieles de la victoria. En 1990 el desconocido era Fujimori; en el 2000 el desconocido se llamó Toledo, y un año después la gran revelación es Alan García. El 20 de mayo se sabrá si la constante se repite.

La noticia frívola de estos comicios la dan las mujeres. Gane Toledo o García, la primera dama de Perú será una extranjera. La de Toledo es europea y dicen que es tan brillante como talentosa; la de García es argentina y aseguran que es lo más parecido a Hillary Clinton que se pueda encontrar en las soledades latinoamericanas. Para consumo nuestro, conviene saber que la esposa de García, además de argentina es cordobesa, lo cual, conociendo los antecedentes del caso, no deja de ser una noticia inquietante.

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