Kirchner y el posperonismo

Se dice que Kirchner sonrió y habló con un tono de voz que no era alto ni estridente, pero lo suficientemente claro como para que todos lo entiendan. «Con usted siempre nos estamos desencontrando; usted se está acercando al justicialismo justamente en el momento en que yo me estoy empezando a ir». Su ministro Torcuato Di Tella lo escuchó y esta vez no fue capaz de improvisar una de sus punzantes respuestas.

Con las frases ingeniosas nunca se sabe hasta dónde son verdaderas y hasta dónde son simplemente ingeniosas. Concretamente, con Kirchner no se sabe muy bien si en realidad lo que hace lo aparta del peronismo o si efectivamente lo suyo es una inteligente lección de peronismo. El dice que se está yendo del justicialismo, pero los que conocemos el paño sabemos muy bien que para un peronista de raza una cosa es irse del justicialismo o el «pejotismo», como le gusta decir a Kirchner, y otra muy distinta es renunciar a la identidad peronista.

Para todo peronista setentista el Partido Justicialista era apenas una invención jurídica, una desechable y hasta despreciable herramienta política usada por Juan Domingo para negociar con Lanusse; la verdad del peronismo no estaba en el partido sino en el movimiento, en esa tumultuosa, expansiva y desbordante ola popular llamada peronismo y que expresaba la verdad del pueblo contra la mentira del régimen «gorila».

Toda esta mitología puede discutirse y cuestionarse, pero lo que no puede desconocerse es la realidad efectiva de estos valores simbólicos. Cientos de miles de militantes se formaron alrededor de esos imaginarios y participaron de los rituales de esta suerte de «misa» peronista en la que abundan las liturgias, los santorales, los estados de éxtasis, las excomuniones, las absoluciones y los sacerdotes encargados de oficiar la misa para mantener viva la fe.

Por lo tanto, para muchos peronistas, Kirchner no se está alejando de los ideales de la causa, sino recuperándolos luego de años de herejía menemista. El argumento desde el punto de vista racional es vulnerable, pero desde el punto de vista mítico no lo es, y como en el peronismo la mitología tiene una inusual vigencia, poco importa que las racionales teorías políticas lo contradigan.

Kirchner tiene buenos fundamentos para suponer que su estilo de construir el poder político, su desapego a la tradicional simbología, su convicción de que con su gobierno se inicia una nueva etapa política en la Argentina, y su particular retórica discursiva tendiente a conquistar a la sociedad librando enfrentamientos contra los representantes más repudiables y execrables de la cultura menemista, es una manera genuina de ser peronista.

La omisión a los símbolos partidarios clásicos, con sus ruidosos bombos, la insoportable «marchita» y la mención ritualística de los nombres sagrados de Perón y Evita, marcan una diferencia con el pasado, pero esa diferencia le permite acumular poder y ganar las simpatías de sectores a los cuales hoy ese folclore no le dice nada y, en más de un caso, los fastidia.

Esa capacidad transgresora para negar o aguar el propio pasado sin dejar de pertenecer a él; esa audacia impávida para reivindicar consignas y banderas que en otros tiempos hubieran sido patrimonio exclusivo de otros partidos; ese talento para conquistar con gestos vulgares la buena voluntad de la gente; esa extraña capacidad para intuir las tendencias de la sociedad e identificarse con ellas con una naturalidad que sobrecoge; reconoce un auténtico origen peronista.

Por ejemplo, en estos días Kirchner anunció que se autolimitaría para la elección de las futuras vacantes en la Corte Suprema; le solicitó la renuncia a un funcionario comprometido en la defensa de un conocido torturador del proceso; insistió en la necesidad de depurar el Pami; habló con los piqueteros; conversó con el sector más intransigente de las Madres de Plaza de Mayo y, su ministro de Educación, Daniel Filmus, participó en un acto de homenaje a la Reforma Universitaria. Para que ningún sector político se sienta excluido también rindió honores a los militares y civiles fusilados por la Revolución Libertadora en junio de 1956, un gesto que conquistó el reconocimiento de los viejos peronistas que no olvidan lo ocurrido en los basurales de León Suárez o la suerte corrida por los generales Tanco, Valle o Cogorno.

Muchas de estas decisiones de Kirchner parecen cuestionar las mejores tradiciones peronistas. Después de todo el primer manipulador de la Corte Suprema y el que más consintió y alimentó la existencia de burócratas sindicales corruptos y semianalfabetos al estilo Luis Barrionuevo, fue Juan Domingo Perón.

Un peronista y un antiperonista de los años cincuenta jamás hubieran creído que un ministro de Educación de signo peronista le rendiría homenaje a la Reforma Universitaria. Recordemos que el ministro de Educación favorito de Perón se llamó Juan Carlos Ivanissevich, y no olvidemos que durante su primer gobierno los reformistas estaban fuera de la ley y algunos de su principales dirigentes fueron apaleados y torturados por la policía peronista organizada por el coronel Filomeno Velasco y el torturador Cipriano Lombilla.

Para bien o para mal, los años no han transcurrido en vano, y la Argentina del 2003 no tiene nada que ver con el país dividido entre peronistas y antiperonistas de principios de los años cincuenta. Hoy Kirchner habla con el socialista Hermes Binner y le hace algunos guiños como para poner nerviosos a los peronistas santafesinos, cuando en los buenos tiempos de Perón los socialistas estaban casi fuera de la ley y fueron las hordas de desclasados debidamente soliviantadas por el líder las que incendiaron la Casa del Pueblo y vejaron a Alfredo Palacios.

¿Entonces Kirchner no tiene nada que ver con el peronismo? Insisto en la necesidad de una respuesta matizada. Digamos en principio que si el peronismo como cultura política y liderazgo siempre se distinguió por su «monstruosa» capacidad para adaptarse al tiempo presente, no se le puede exigir a un buen dirigente peronista que se comporte con las pautas y valores de hace cincuenta años.

Si en vida de Perón el peronismo fue clerical y anticlerical; estatista y liberal; antiyanqui y amigo de Estados Unidos; militarista y antimilitarista; fascista y socialista; dictatorial y democrático; amigo de los Montoneros y creador de las Tres A, ¿por qué en la actualidad no puede continuar con sus asombrosos cambios? ¿O acaso nos hemos olvidado que en menos de una década el peronismo mayoritariamente giró de un liderazgo corrupto, neoliberal y mafioso como el de Carlos Menem a uno ortodoxo y conservador como el de Duhalde, para instalarse ahora en esta versión «progresista» de Kirchner?.

Queda claro que el peronismo pudo realizar todas estas hazañas de travestismo político porque la oposición no fue capaz de hacer lo que le correspondía. En un país normal, una excrecencia como Menem debería haber sido derrotada por la oposición. Lo previsible hubiera sido que Alfonsín o De la Rúa, por ejemplo, sean los sepultureros políticos del dirigente más corrupto de nuestra historia. Sin embargo, lo que hicieron uno y otro fue capitular vergonzosamente, por lo que, el honor de haber higienizado al país, barriendo la basura menemista, le corresponden a Duhalde y Kirchner dirigentes que, si no estoy mal informado, militan en el peronismo.

Kirchner no será «pejotista», pero lo que hace no está reñido con cierta cultura peronista. A su manera lo suyo puede ser entendido como una suerte de posperonismo, una suerte de peronismo funcional a la ola moderadamente nacionalista y democrática que se viene.

Habrá que ver si lo que anuncia lo cumple, y habrá que preguntarse hasta dónde los tradicionales soportes del peronismo tradicional condicionarán su perspectiva futura. Especulaciones al margen, la secreta vitalidad del peronismo reside precisamente en esa capacidad de negarse a sí mismo, sin por ello dejar de ser lo que siempre fue.

Y para concluir con una última vuelta de tuerca, digamos que el proceso es tan rico y complejo que no sería nada raro que así como Duhalde fue el encargado de liquidar al menemismo, Kirchner sea el responsable de terminar con el peronismo agotando todas sus posibilidades y fundando hacia el futuro una nueva cultura política que, tributaria del pasado, será cualitativamente diferente a las que mantuvieron larga y tortuosa vigencia durante el atormentado siglo veinte.

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