Las claves de la democracia

Para gobernar bien en un sistema democrático moderno hacen falta dos cosas: mucha iniciativa política y el apoyo de la sociedad. Creo que es innecesario aclarar que ambos términos están conectados. La iniciativa sin el apoyo de la sociedad termina agotándose o consolidando una maquinaria de poder despojada de toda consideración democrática y ética. El apoyo social sin iniciativas tiene patas cortas y tarde o temprano se disuelve; De la Rúa algo sabe al respecto.

Es que la democracia no es como dice Abraham Lincoln, el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. La frase es bonita, pegajosa, popular, está dicha por un gran hombre en una gran circunstancia, pero tiene el pequeño defecto de no ser verdadera.

La democracia en este mundo hay que entenderla como una relación tensa, compleja y difícil entre dos centros de poder: el voto popular y los grupos titulares del establishment económico. No hay democracia sin la existencia de esta relación y estos actores.

El voto popular es importante, pero no es ni por cerca lo único que decide; los grupos económicos en este mundo suelen ser decisivos, pero en una democracia que funcione, su expansión está contenida por el voto popular. Un orden político sin voto popular y con grupos económicos existe, pero no es democrático; ese mismo orden con el voto popular y sin grupos económicos directamente no existe.

El tema es más complejo y admite diversas mediaciones, pero básicamente hay que entender que el voto popular remite a la democracia política y su lógica gira alrededor de la relación mayorías-minorías, mientras que los grupos económicos responden a la lógica de hierro del capitalismo cuya clave no es voto sino la ganancia.

Hacer funcionar esta relación despareja y desigual es el gran milagro de la democracia. Que los grupos económicos entiendan que en nombre de sus beneficios no pueden hacer lo que se les da la gana, y que los ciudadanos comprendan que en este mundo que nos toca vivir el voto decide pero hasta un cierto límite, es también otro de los grandes secretos del funcionamiento de las sociedades modernas.

Si esto es así, queda claro que un presidente popular es aquel que apoyándose en el voto negocia con los grupos económicos para satisfacer la demanda de sus representados sin ahogar al capitalismo. La relación es fácil explicarla pero muy difícil realizarla. No siempre las expectativas populares pueden satisfacerse, no siempre una mayoría puede hacer lo que quiere en materia política pero no hay liderazgo político que merezca ese nombre si no pugna por satisfacer al máximo las aspiraciones populares, sabiendo de antemano que siempre habrá límites y resistencias.

Un establishment económico serio decidido a funcionar dentro de un orden democrático se preocupa por ser leal a su lógica de crecimiento, pero también sabe que su límite es el pueblo, sin el cual puede haber capitalismo pero sin democracia.

Hipólito Yrigoyen fue el primer presidente que entendió que la fuente decisiva de su poder era el voto popular. Hasta ese momento, la legitimidad del poder lo daba la fortuna, el linaje o la pertenencia a lo que se conoció como «el régimen». La diferencia que impone Yrigoyen es que el voto popular es también una relación de poder que permite tomar decisiones. La novedad que Yrigoyen incorpora a la política criolla es que el voto vale, que el apoyo popular es un dispositivo de poder y que las únicas variables de decisión no son las que provienen de la riqueza o el abolengo.

A los conservadores les costó sangre, sudor y lágrimas aceptar esa variante. Cuando finalmente admitieron que en el campo de la democracia el radicalismo yrigoyenista era imbatible, no se les ocurrió nada mejor que recurrir al golpe de Estado para saldar una diferencia que no podían resolver dentro de la democracia.

El golpe del 6 de setiembre de 1930 fue la confesión, descarada y cínica, de los grupos económicos tradicionales, de que sus intereses no se podían defender en democracia. Como una fracción importante de esa clase dirigente todavía guardaba ciertos escrúpulos democráticos, la solución al dilema fue el fraude patriótico, es decir, la mascarada electoral para alardear de una legitimidad vacía de contenido.

El peronismo hizo del recurso popular su máxima estrategia política. Cometió el error de hacerlo al margen, en contra y violando la institucionalidad política. Los peronistas refutan este argumento diciendo que entonces la única posibilidad para hacer lo que se hizo era salirse de la legitimidad liberal. El resultado fue una creciente conflictividad social, un desarrollo inusitado de las estructuras corporativas y el golpe de Estado del 16 de setiembre de 1955.

Después de 1955, los intentos de democracia y modernización fracasaron por la incapacidad de los grupos dirigentes para construir una legitimidad propia. Las proscripciones y los golpes de Estado fueron la constante y su desenlace trágico fue la dictadura militar de 1976.

Recién en 1983 se reconstituye el sistema político. Alfonsín expresó uno de los intentos más audaces a favor de una democracia representativa moderna. Sus límites se los puso el establishment y sus propios errores. No obstante, los esfuerzos realizados para consolidar instituciones y hábitos democráticos fueron admirables.

Los años menemistas se caracterizaron por la subordinación del voto popular a la estrategia de los grandes grupos económicos. Las relaciones carnales y los cantos de amor al mercado, expresaron esta ilusión de suponer que otorgando todo el poder a los grupos económicos los problemas del país se arreglaban solos.

La democracia fue concebida como una instancia formal encargada de legitimar pasivamente lo que se hacía en las esferas del establishment. Para ello, fue necesario corromper a las instituciones y hacer la vista gorda a la escandalosa corrupción menemista. La relación entre democracia y establishment, relación que definimos como tensa y conflictiva, desapareció y el menemismo fue el responsable de realizar esa faena. Es por eso que el agradecimiento que ese establishment tiene con Menem es infinito.

Kirchner es en ese sentido una vuelta de página a la década corrupta. Sus gestos, declaraciones e iniciativas demuestran que la gente se ha transformado otra vez en pueblo. Kirchner no pretende salirse del sistema, pretende hacerlo funcionar como corresponde; no pretende liquidar al establishment, pretende que el establishment no liquide al pueblo.

El camino emprendido por el flamante presidente es el correcto, pero las batallas más importantes aún están por darse. El futuro dirá hasta dónde su desafío se corresponde con un liderazgo democrático previsible, audaz y renovador.

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