Galimberti

Para lo que quiere decir, el libro es demasiado extenso. Diría que es más extenso que profundo y más chismoso que informativo. Le falta la percepción del testigo, al estilo de los textos de Miguel Bonasso, el vuelo literario de Alvaro Yunque o Manuel Gálvez y la densidad teórica que logran los buenos historiadores.

No obstante, el que quiera saber algo de un señor llamado Rodolfo Galimberti es probable que encuentre en el libro escrito por Marcelo Larraquy y Roberto Caballero los datos y los chismes que anda buscando.

Uno puede preguntarse si Galimberti justifica un libro de seiscientas páginas. En principio, diría que no; pero como en democracia todos tenemos derecho a escribir lo que se nos dé la gana y en la extensión que consideremos conveniente, descartamos esta objeción y hasta respetamos el deseo de los autores de escribir un best seller para tratar de conquistar al público con un tema que consideran taquillero.

Si dejamos de lado las cuestiones publicitarias, podemos admitir que Galimberti merece ser tenido en cuenta, aunque más no sea porque -hasta ahora- sólo en las películas y novelas de espionaje o de acción uno se enteraba de personajes que se iniciaban en la guerrilla y terminaban trabajando para la CIA o a las órdenes del empresario que había secuestrado.

Digamos que Galimberti ejerce una suerte de fascinación del mal. Los que lo conocieron coinciden en describirlo con los colores de lo pintoresco: simpático, irreverente, atrevido, «desfachatado» y corajudo. De allí a considerarlo el representante de una generación revolucionaria, media un gran trecho.

Creo que no hace falta abundar en ejemplos para demostrar las diferencias entre Galimberti y otros dirigentes o militantes de los sesenta que dieron sus vidas por una causa que consideraban justa. Y que, en el caso de los sobrevivientes, hoy tratan de ser coherentes con los ideales que defendieron en su juventud.

Sin embargo, lo interesante no es detenerse en registrar las diferencias obvias, sino las coincidencias, que no siempre están a la vista. Lo que importa de Galimberti como objeto de estudio son los hilos invisibles que tejen un itinerario que es personal pero que expresa, en sus contradicciones y perversiones, algunos aspectos que estuvieron presentes en la generación del sesenta o, por lo menos, en ciertos sectores de esa generación.

Entre la tentación de presentarlo como exponente típico o la de reducirlo a una experiencia personal, existe la posibilidad de una síntesis que, sin desconocer las referencias que configuran un itinerario biográfico exclusivo, incluya el contexto histórico y el marco ideológico en el que esa expresión se hizo posible.

Foto de un fascista

Relacionar al Che Guevara con Galimberti sería un despropósito, pero no sería descabellado ubicarlo como su exacta contrapartida. De Galimberti podría decirse que es un Che Guevara de derecha, no por lo que es ahora sino por lo que fue siempre. Para ser más preciso, diría que habría que pensarlo como un Che Guevara «peronizado». La distancia entre uno y otro es la que existe entre el idealista y el mercenario, entre un fascista y un socialista o entre un seguidor de Carlos Marx y un hijo ideológico de José Antonio Primo de Rivera.

La relación de Galimberti con la violencia estuvo planteada desde la adolescencia. Conoció el reformatorio a los 16 años por haber apuñalado a un militante de la juventud comunista. ¿Anécdota o testimonio de una rigurosa coherencia?

El culto a la violencia, la redención a través de la muerte, el amor a las armas y las referencias ideológicas a los mitos de la derecha dan como resultado a un fascista en toda la línea. Si a ello le agregamos la fascinación por frecuentar los ambientes de las clases altas, y en particular, a las familias patricias relacionadas con militares nacionalistas, obtenemos la fotografía casi lineal de un fascista.

No obstante, la historia política de Galimberti se da en el interior del peronismo. No deja de sorprender que, en los momentos en que la lucha social estaba en su punto más alto y en que hasta los hijos de los gorilas «más peludos» se hacían peronistas, el general Perón decidiera nombrarlo titular de la rama juvenil.

Hasta ese momento, Galimberti era un oscuro militante de una oscura agrupación neofascista llamada JAEN, en la que se alistaban, entre otros, Carlos Grosso, «Chacho» Alvarez y… Luis Spinetta. ¿Cómo se explica, entonces, el nombramiento? Sin duda, su relación con Diego Muñiz Barreto, un multimillonario volcado a la conspiración nacionalista, permitió el contacto con Perón. Lo demás, lo hicieron su talento y su simpatía y, tal vez, la convicción por parte de Perón de que el jovencito peinado a la gomina era impermeable a cualquier tentación izquierdista.

La metamorfosis

Después vino la defenestración del cargo a raíz de su propuesta de creación de milicias populares, de su militancia en Montoneros en la célebre Columna Norte, de los años de clandestinidad, el exilio, las conspiraciones en el exterior, las relaciones con la OLP, el regreso a la Argentina y la reconciliación con Jorge Born, Susana Giménez y algunos de los célebres torturadores de aquellos tiempos.

El muchacho fue cambiando con los años. Sin embargo, si se presta atención a su recorrido, se observará que ciertas creencias son permanentes y que, en algunos temas centrales, sigue pensando lo mismo. Es verdad que pasó por muchos lados, pero lo que nunca dejó de ser es antiliberal y anticomunista, incluso hasta en los tiempos en que pasaba largas temporadas en Cuba.

En ciertas cuestiones, Galimberti no se equivocó nunca. Su odio hacia los judíos, comunistas, masones y liberales responde a una convicción íntima. Su simpatía por los carapintadas es proporcional a su aversión hacia Raúl Alfonsín. El culto a la violencia es otra de sus creencias profundas. Galimberti se cuenta entre quienes creen que la experiencia más alta que puede vivir un hombre es la de la guerra. Más cercano a los héroes de Jean Larteguy que a los militantes sesentistas, Galimberti entiende que entre torturadores y guerrilleros hay una complicidad básica que los diferencia del resto de los mortales: los últimos no están en condiciones de vivir y disfrutar de esas intensas emociones.

Los códigos de la guerra

Sus argumentos se apoyan en un punto central: en la Argentina hubo una guerra. En ese punto, coincide con militares y torturadores. Lo que en realidad fue una cacería, para Galimberti y los militares es una guerra. El argumento es importante porque, desde ese lugar, todo parece estar justificado, incluso las secretas y mutuas admiraciones entre combatientes de uno y otro lado.

Algunas contradicciones sufren sus razonamientos, puesto que, cuando decide ir a pelear a Medio Oriente, se justifica diciendo que quiere participar de una «guerra en serio», como aceptando que lo que había sucedido en la Argentina no había sido más que una desigual lucha de aparatos.

Hoy, Galimberti explica con su inevitable toque de cinismo su pasaje a la CIA en nombre de la integración a la democracia y al éxito. Quien creyó en los valores absolutos de la guerra supone que a la hora de la paz todo vale, incluso el sometimiento al enemigo. Porque lo que hay que decir al respecto es que Galimberti no es un integrado, sino un vencido. ƒl, además, siente que lo derrotaron, y a la hora en que decide sentar cabeza, lo hace en donde, por ideología y práctica social, acepta y respeta: las clases altas, los servicios de inteligencia y las corrientes fascistas del ejército y la Iglesia.

¿Capitulación o coherencia? Si prestamos atención a los detalles, vamos a observar que no hay demasiadas contradicciones entre el adolescente que apuñalaba a izquierdistas, leía a Primo de Rivera, se deslumbraba con las armas y las motos de altas cilindradas, contraía matrimonios con chicas de las clases altas, y luego se transformaba en un sirviente de los mismos a quienes había considerado sus enemigos.

Guerrero hasta el fin, lo suyo puede pensarse como la conducta previsible de un soldado vencido. No es un traidor, es un derrotado. No es un renegado, es alguien que finalmente reconoce que con sus enemigos tenía más puntos en común que los que estaba dispuesto a aceptar en su juventud.

También hay otro costado: el del exitoso que justifica sus decisiones en nombre de cierta viveza criolla, el de aquél que entiende al mundo como un conflicto permanente entre «giles» y «vivos». En esa contradicción, él se asigna un lugar que no está al lado de los atormentados héroes de Larteguy, sino de los personajes livianos y frívolos de Jorge Asís.

Un peronista

El otro dato fuerte que constituye su identidad es su adhesión al peronismo. Guste o no, Galimberti es peronista. ƒsa es una de sus creencias más fuertes y coherentes. No todos los peronistas se portan -o se portaron- como él. Sin embargo, su ejemplo no es el único. Hay en el peronismo elementos culturales suficientes como para entender que lo suyo es algo más que una patología personal.

Claro que sería injusto identificar a Montoneros con Galimberti, pero más aún lo sería el hecho de decir que no tiene nada que ver. A la hora de una evaluación histórica serena, habrá que interpretar el fenómeno de Montoneros con todos sus matices. Ni demonios ni ángeles; sin embargo, convengamos en que alguna explicación deberán dar sobre sus relaciones con Massera y sus conexiones con los servicios de inteligencia desde sus orígenes. En esos costados oscuros creció Galimberti, pero hay buenos motivos para suponer que no fue el único, y ni siquiera el peor.

En realidad, a Galimberti habría que pensarlo como la imagen exasperada, la torva caricatura de una generación que, con mayor o menor sinceridad, se identificó con el peronismo. Su presunta capitulación ante el enemigo no es diferente de la que practicó el menemismo con el establishment económico. En ese sentido, Menem es tan exitoso como Galimberti, y ambos son representativos de una genuina tradición peronista que inevitablemente debía concluir donde lo hizo.

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