Liberales, populistas y piqueteros

Juan Bautista Alberdi decía que a los liberales argentinos les gustaba más el poder que la libertad. Gino Germani, por su parte, sostenía que el rasgo distintivo de los supuestos liberales criollos era su incapacidad casi congénita para hacerse cargo de sus propios errores. Según el fundador de la sociología científica la amnesia parecía ser el estado natural de nuestros economistas liberales.

Basta prestar atención a las declaraciones de los señores de Fiel o Cema para corroborar que las reflexiones de Alberdi y Germani mantienen rigurosa actualidad. Producida la catástrofe económica que eyectó a De la Rúa por los techos de las Casa Rosada, a estos caballeros no se les ocurrió nada mejor que responsabilizar al Estado por lo sucedido, como si el Estado fuera una institución neutra o como si la economía hubiera estado dirigida durante toda la década del noventa por políticas estatistas.

La otra variante consistió en acusar a los políticos. Ya se sabe que no hay mentira más descarada que una verdad a medias, ya que el desprestigio de los políticos se originó en el sometimiento incondicional de muchos de ellos al poder económico dominante, sometimiento que en algunos casos fue ideológico, pero que en la mayoría estuvo estimulado por una formidable estrategia de corrupción.

Foster Dulles decía que ningún mandatario latinoamericano resistía un cañonazo de un millón de dólares. Cuarenta años después bien podría decirse que a más de un político argentino se le hizo imposible resistir un bombardeo de esa naturaleza. También podría agregarse, a juzgar por los hechos, que la misma tentación no resisten ni los políticos ni los empresarios norteamericanos.

El economista Julio Nudler, en un reciente trabajo, recuerda que provocado el derrumbe económico, los gurúes del liberalismo argentino pronosticaban un dólar de por lo menos diez pesos y una inflación que superaría los tres dígitos. Gracias a Dios, o a quien sea, nada de eso fue confirmado por la realidad.

Fue entonces que inventaron la palabra «veranito» para justificar el control de las variables económicas realizado por el ministro Lavagna. Según sus sesudos estudios, la Argentina pronto se hundiría en el caos, ya que no volverían lo depósitos del sistema financiero y a la indisciplina de los actores económicos se sumaría la indisciplina callejera. Todo, por supuesto, se resolvería el día que ellos recuperen el poder y procedan con mano firme a satisfacer las exigencias del FMI, pagando si es necesario con reservas.

Lo cierto es que el «veranito» ya se está transformando en «largo y ardiente verano» y las pestes anunciadas no han llegado. Es más, confirmando la teoría de la amnesia, los mismos que decían que el país no podía crecer, ahora dicen que todo esto se debe a los buenos precios de los productos argentinos en el mercado mundial y que si ellos controlaran las palancas de la economía el crecimiento sería más alto y sostenido. Claro está que los señores no se privan de anunciar para el mediano plazo grandes tragedias bajo la forma de cuellos de botella y otras excentricidades pictóricas y etílicas parecidas.

Pero si el liberalismo ha demostrado su fracaso, no quiere decir que la alternativa sea el populismo con sus secuelas de demagogia, corrupción, irresponsabilidad, despilfarro de recursos y pésimas sobreactuaciones. No es fácil ponerse de acuerdo sobre la identidad del populismo, ya que en América latina ha asumido distintos rostros, pero sí es fácil distinguir las prácticas populistas de los políticos criollos mayoritariamente alineados en el peronismo.

En realidad, lo que sobrevive del populismo argentino son sus vicios, ya que sus escasas virtudes han sido trituradas por la ola neoliberal. Más que un proyecto de Estado populista, lo que hay son conductas y hábitos populistas orientados a retener el poder político a cualquier precio.

La gran habilidad del populismo criollo ha sido siempre el de presentarse como la respuesta posible y realista a situaciones límites. Su llegada a las clases populares le ha permitido ofrecerse como garantía de control social ante los poderes constituidos. Desde Perón hasta la fecha, pasando por Isabel y Menem y siguiendo por Kirchner, el populismo se las ha ingeniado para ser la garantía del orden.

Su versatilidad política, la capacidad para transitar desde el liberalismo más salvaje al estatismo más asfixiante se explica a partir de entender que el populismo -y su versión criolla, el peronismo- no es un partido con un programa político o una ideología convencional, sino que es un monstruoso dispositivo de poder apuntalado por una crasa mitología en la que fascistas, liberales, nacionalistas y socialistas suelen darse la mano, aunque en más de una ocasión se enfrenten y produzcan feroces ajustes de cuentas internas.

Es por ello que el peronismo ha sido el responsable de los momentos más altos de felicidad del pueblo argentino y el autor de sus tragedias más memorables. Su visión de la Argentina se parece al amor del rufián por su prostituta: si la suerte lo acompaña hay fiestas y regalos, pero si los tiempos anuncian escasez y hambre, hay biaba y prepotencia. Nada de ello sería posible si la prostituta no estuviera secretamente enamorada de su chulo.

Si Kirchner ha despertado expectativas favorables en los últimos meses ha sido porque en el plano discursivo se apartó un tanto del espeso folclore peronista. Digamos que por lo menos ha tenido la delicadeza de no atiborrarnos con la «marchita», las estampitas del «hada rubia» y la jeta fascinerosa de los caciques sindicales ya no merodean por las inmediaciones de la Casa Rosada. Como le gustaba decir a don Jorge Luis Borges: «El infierno es un lugar lleno de peronistas y la imposibilidad de tomar un taxi para salir disparando»

Esta semana el desafío más fuerte ha provenido de la maldita policía y de los piqueteros. Sin duda que Béliz se ha transformado en el funcionario del gobierno más decidido a poner límite a lo que Rodolfo Walsh calificó hace más de cuarenta años como «mafia con uniforme». En su momento, esa tarea la intentó realizar con singular atrevimiento Eduardo Duhalde, pero fiel a su estilo le terminó entregando la posta a Ruckauf con los resultados conocidos.

El actual gobierno hoy sabe que o termina con la policía mafiosa o la policía mafiosa termina con él. Los compromisos y los pactos con la mafia nunca funcionan o funcionan hasta que el más inescrupuloso decide romperlos a su favor.

La otra preocupación del gobierno es la de los piqueteros. Raúl Castells el otro día anunció que iba a tomar la Casa Rosada. En realidad a Castells no habría que tomarlo en serio, ya que ningún revolucionario que se precie anuncia como si estuviera en el programa de de Marcelo Tinelli que está decidido a conquistar el poder.

Lenín, que algo sabía de estos temas, mantuvo en riguroso secreto el operativo de la toma del Palacio de Invierno en San Petersburgo. Como Lenín era un revolucionario en serio y no un simple revoltoso cuya exclusiva habilidad reside en mangar planes sociales, nunca dijo que iba a tomar el Palacio de Invierno porque directamente lo tomó y, para bien o para mal, dio inicio a la famosa revolución rusa de 1917.

Pero si Castells es una caricatura algo grotesca de un revolucionario. DïElía ofreciendo tiros y cadenazos a los que atacan al gobierno despierta genuinas preocupaciones, ya que no se sabe si pretende ser la SS de Kirchner o la versión mazorquera del oficialismo. En cualquiera de los casos, ni Castells ni D’Elía están en condiciones de proponer otra cosa que seguir negociando planes sociales.

El gobierno sabrá cómo resolver la contradicción entre autoridad política y protesta social. El tema no es sencillo y reclama prudencia y habilidad negociadora. De todos modos, sería deseable que hasta tanto la desocupación se reduzca a través del crecimiento económico y el pleno empleo, los planes sociales sirvan para alentar la cultura del trabajo.

Hay muchas y buenas razones para exigir que cada plan social esté acompañado de una prestación laboral, pero yo diría que la más efectiva a mediano plazo es la que considera que no se puede seguir estimulando la cultura de la desocupación y el arribismo.

Todos hablan de que en algún momento vendrán las inversiones y empezará a crecer el empleo. ¿Alguien se puso a pensar que en las actuales condiciones una supuesta inyección de inversiones tampoco integraría a los actuales desocupados? ¿O alguien supone que si una empresa de alta tecnología se instala en esta ciudad, por ejemplo, le puede dar trabajo a los desocupados? semianalfabetos y que no trabajan desde hace años? ¿Y alguien cree en serio que Castells o alguno de sus compadres tengan ganas de trabajar?

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