¿Un gobierno que merece ser apoyado?

Este gobierno merece ser apoyado. No es perfecto ni está integrado por santos, pero yo desde hace rato descreo de la perfección y de la sinceridad evangélica de los que se hacen los santos. Este gobierno merece ser apoyado porque básicamente pretende hacer las cosas bien con un mínimo de decencia y sensibilidad social; merece ser apoyado porque es débil y hay muchos interesados en transformar la debilidad en agonía y muerte súbita y merece ser apoyado porque si se consolida, a todos nos va a ir mejor pero si fracasa, el futuro que nos aguarda no se lo deseo ni siquiera a mi enemigo.

Yo sé que es más cómodo y más prestigioso militar en la contra y además decir a cada rato que se está en contra; sé que es menos comprometido posar de independiente que ser independiente en serio y denunciar lo que está mal, pero también sé que hace falta coraje intelectual para decir con el mismo tono de voz lo que se está haciendo bien a pesar de los recelos, las dudas y los miedos; sé que es más cómodo y disculpable equivocarse criticando que equivocarse apoyando, pero también sé el precio que hemos tenido que pagar por dejarnos arrastrar por esas tentaciones cuidadosamente promovidas por quienes son los responsables de muchas de nuestras desgracias.

Claro que es más fácil arrojar proyectiles contra el muñeco que ser el muñeco; que es más fácil jugar para la tribuna que jugar en serio. Ser un periodista opositor y disidente en una dictadura implica jugarse la libertad o la vida en cada gesto o en cada palabra que se diga y escriba; ser opositor en una democracia es necesario y válido, porque no hay democracia sin crítica y sin aceptación de otros puntos de vista, pero convengamos que así como están los oficialistas que militan en ese bando por los beneficios y privilegios que reciben, también están los opositores que posan de valientes cuando en realidad saben que no están comprometiendo nada.

Como dice Unamuno, «perdonen que les hable de mí mismo pero es el ser humano que tengo más a mano». Muchas veces, gente de buena voluntad me ha parado en la calle para felicitarme por alguna nota o para ponderar mi supuesta valentía por decir ciertas cosas. En todos los casos, he aceptado con un poco de incomodidad el reconocimiento, pero lo que he rechazado es el elogio acerca de la valentía. Que nadie se llame a engaño: gracias a Dios en los tiempos que corren se pueden escribir frases muy duras contra los gobernantes o contra quien sea, sin que ello implique un riesgo físico.

Soy periodista pero no nací periodista y alguna vez milité en política y aunque mantengo frescos los recuerdos de años en los que decir una palabra de más podía costar la vida. Hoy también hace falta el coraje, pero es de otro tipo, es un coraje intelectual, existencial si se quiere y que exige para realizarse no de la fuerza física sino de la certeza de que se está actuando de acuerdo a las propias convicciones o que se está tratando que las palabras estén a la altura de los hechos; se trata en definitiva de ser responsable, es decir, ser capaz de responder por lo que uno escribe, aceptando incluso el error.

Digamos que en democracia ser opositor u oficialista no define en sí mismo nada, porque lo que define en todos los casos son los contenidos, los valores en juego, los ideales y proyectos comprometidos. El opositor de hoy puede ser el oficialista de mañana o a la inversa. Y así como existe el oportunismo de los eternos oficialistas, también existe el oportunismo de los profesionales de la oposición.

Yo he aprendido que si un gobierno se equivoca, hay que decir que se equivoca, pero si un gobierno está haciendo las cosas bien hay que decir que las está haciendo bien sin ponerse colorado. Yo puedo tener muchas dudas sobre el futuro de este gobierno, dudas que seguramente en la intimidad deben agobiar a Kirchner y a sus principales colaboradores, pero si observo ciertas orientaciones y tendencias que intentan expresar los puntos de vista del pensamiento progresista de la Argentina no puedo menos que apoyarlo como corresponde apoyar en la democracia, es decir, sin extender cheques en blanco y sin renunciar a la capacidad de pensar.

Seguramente, a este gobierno hay muchas críticas para hacerle ahora y en el futuro, pero reconozcamos sus aciertos, su esfuerzo por tratar de expresar la voluntad popular, su intención de representar a todos aquellos que en la última década nunca estuvieron representados y su esfuerzo por privilegiar la política como vocación transformadora, independizándola de las relaciones carnales o el sometimiento servil a los poderosos.

Todos tenemos dudas y desconfianzas. No venimos de un pasado glorioso y estimulante y, por lo tanto, hasta nos asiste el derecho a ser recelosos. No se trata de renunciar al ejercicio de la crítica, lo que importa es ejercerla en una escala más efectiva, es decir, trabajando para remover las causas y los efectos de una realidad económica, social y política deplorable.

Los años me han enseñado a desconfiar de los fuegos de artificio de los que mandan, de sus retóricas vacías y demagógicas, pero también he aprendido a distinguir, entre tanta hojarasca, los brotes verdes o las flores que se esfuerzan por salir a la luz.

Confieso que en política me he equivocado muchas veces, pero reconozco que algunas veces he acertado. Por ejemplo, nunca creí en el nacionalismo patriotero de los militares cuando ocuparon las Malvinas. Nunca -ni siquiera en sus mejores momentos- le creí a Menem; siempre me pareció un payaso siniestro, un clown macabro y corrupto que expresaba lo peor de la Argentina.

Me equivoqué con De la Rúa; a decir verdad nunca me pareció un gran estadista y jamás esperé milagros, incluso en esta misma columna a fines de 1999 dije que la ventaja de votarlo a De la Rúa consistía en que uno podía hacerlo sin necesidad de apasionarse, pero admito que jamás esperé un fiasco tan grande, una mediocridad tan perfecta, una obsesión tan enfermiza por hacer lo contrario de lo que había prometido y una incapacidad tan rayana con el idiotismo para entender al país.

Creo que con Kirchner muchos de los sueños de la Alianza se recuperan en otra dimensión o en otra clave. Haberlo derrotado a Menem, haberlo denunciado como lo que era: un payaso cobarde me pareció fantástico. Me hubiera gustado en la intimidad que esa tarea la realizara Alfonsín, por ejemplo, pero lamentablemente este señor no hizo otra cosa que capitular ante el menemismo en todas las ocasiones.

Kirchner viene del mismo partido que Menem y deberá gobernar con muchos de los hombres que acompañaron a Menem. Esto representa un problema y sería torpe desconocerlo, pero también sería ingenuo creer que los procesos son puros y que en la Argentina se pueden realizar transformaciones creyendo que no va a haber resistencias.

Hay un rasgo político que comparten Menem y Kirchner: los dos llegan al poder sabiendo que no tienen otra alternativa que hacer lo que están haciendo. Si a Menem se le hubiera ocurrido aplicar sus recetas populistas no hubiera durado en el poder tres semanas. Y si a Kirchner se le hubiese ocurrido hacer lo mismo que Menem o De la Rúa, no hubiera durado diez días.

La otra enseñanza que deja la experiencia kirchnerista es que en democracia el poder vale y bien empleado puede producir realidades impensables. En efecto, hace seis meses el estado de ánimo que predominaba entre los argentinos era la depresión y la ansiedad, la peor de las combinaciones según los psicólogos. Muchos argentinos de buena fe suponían que el regreso de la «Comadreja de Anillaco» podía ser una solución; otros deliraban sobre los supuestos méritos de las asambleas barriales y la gran mayoría pensaba que el futuro era peor que el presente, recordando tal vez aquella frase de Castelli: «Si lo ves al futuro dile que no venga».

En pocas semanas, Kirchner dio vuelta la taba. Lo hizo con gestos plebeyos y esforzándose por poner punto final a esa idea sembrada durante los tiempos de Menem y De la Rúa de que el gobierno está para servir a los poderosos y legislar en contra de los débiles. De manera tímida e inevitablemente contradictoria, empezamos a salir de la hegemonía moral y económica del neoliberalismo para ingresar en otra etapa cuyas líneas apenas están trazadas en la arena de los acontecimientos. El futuro dirá, en todo caso, hasta dónde estas líneas pueden transformarse en un nuevo edificio o concluir borradas por la inclemencia de los vientos.

Hasta ahora sabemos lo que Kirchner no quiere, pero no sabemos muy bien qué es lo que quiere en términos de proyecto histórico. La respuesta que suelen dar sus voceros a favor de un capitalismo nacional adaptado a las actuales condiciones de la globalización puede ser acertada, aunque no faltan los que la acusan de demasiado general. Al respecto, lo que creo que un poco de imprecisión nunca es negativo, por el contrario los buenos liderazgos se constituyen sobre la base de esta ambigüedad que permite ampliar los niveles de convocatoria, garantizar cierta libertad de movimientos y convivir sin demasiados conflictos con la inevitable dosis de incertidumbre que genera la política. Como diría Bartolomé Mitre: «En política siempre es preferible decir un poco menos de lo que se sabe».

Ni regreso al cuarenta y cinco ni retorno a lo setenta, este gobierno puede tener un poco de todo eso, pero sus dirigentes dan la impresión que saben que para hacer un buen gobierno es necesario una buena dosis de inspiración y un toque deseable de suerte ya que, como diría Maquiavelo, «de esa señora desconocemos muchas cosas, pero sabemos que existe y que como toda mujer ama a los valientes y a los osados».

Por último, creo que la reflexión sería incompleta si no rendimos un modesto homenaje a una de las figuras clave de este proceso que se inició con Duhalde y continúa desde su propia perspectiva con Kirchner: me refiero a Roberto Lavagna. Algunos dirán que en el país de los ciegos el tuerto es rey; al respecto, yo respondo con una frase del padre Castellani: «En el país de los ciegos tratemos de no matar al único tuerto».

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