Argentina mirada desde lejos

No recuerdo quién decía que los viajes por el mundo eran el mejor antídoto contra el nacionalismo estrecho, necio, telúrico. Conocer otras experiencias; observar las costumbres, logros y miserias de otros pueblos; mirar la propia patria desde la lejanía, permite otro tipo de conocimiento, más amplio, más totalizador, más completo en definitiva.

El nacionalismo es en más de un caso un producto de la ignorancia, la explicación insignificante de quien supone que su región, su comarca o su territorio es el centro del mundo y que fuera de esos límites no hay nada que valga la pena conocer.

El nacionalismo es el recurso de los débiles, de los inseguros y de los necios; el último refugio de los sinvergüenzas al decir de Johnson, la ideología de quienes se espantan por las novedades o de quienes están satisfechos con un orden cerrado, plagado de vicios y privilegios y acuden al nacionalismo para defender el atraso, la barbarie y la injusticia.

El nacionalismo así entendido se transforma paradójicamente en el principal enemigo de la nación, en el recurso retórico que le niega a un pueblo la posibilidad de crecer, de abrirse al mundo, de aprender de otras experiencias para enriquecerse y construir su posible identidad a través de ese proceso que se propone apropiarse de lo mejor que construyen otros pueblos.

No estoy diciendo nada nuevo; la historia argentina abunda en ejemplos de grandes viajeros que desde la distancia, a veces desde la nostalgia o desde el destierro pensaron, sufrieron y se desvelaron por su patria. Los ejemplos de Sarmiento y Alberdi son aleccionadores, pero no son los únicos. En todos los casos, esa mirada externa, la mirada de un viajero o un desterrado que ama a su patria e intenta encontrar las claves que la expliquen, está presente en nuestra literatura y constituye una de nuestras más lúcidas tradiciones políticas.

Mirar a la Argentina desde el extranjero es una buena terapia contra nuestro necio orgullo nacional, contra esa tendencia a creernos el centro del mundo. La distancia permite apreciar nuestros mejores valores, aquellos principios y hábitos que se relacionan con la inteligencia, la lucidez y el esfuerzo, y que en la Argentina están presentes a pesar de los malos gobiernos, la basura mediática y el atraso cultural.

No se viaja por el mundo para renegar de lo nuestro, sino para afirmarlo en lo que realmente vale, colocarlo en su verdadero lugar y enriquecerlo con otras perspectivas. Nunca me gustó y hasta me pareció una manifestación vulgar y de mal gusto andar coreando por el extranjero «Argentina, Argentina», con la pasión primaria de un hincha de fútbol.

El sentimentalismo es el enemigo del verdadero sentimiento. Los sentimientos para ser auténticos deben ser recatados y sobrios, íntimos y discretos, lo demás es expansión instintiva, frivolidad y cursilería, patrioterismo barato, cualunquismo cultural, el nacionalismo de los tontos que capitulan ante la primera dificultad.

Me gusta viajar por el mundo y en más de un caso nunca me he sentido más cerca de la Argentina que a miles de kilómetros de distancia. No sé si los viajes me han ayudado a entender lo que sucede con nosotros, pero de lo que estoy seguro es que la lejanía con la patria me ha permitido mirarla desde otro lugar y apreciarla desde otra perspectiva, más profunda, más intensa.

A un amigo francés le decía que en todos los casos siempre me siento un argentino caminando por París o, para ser más preciso, un santafesino mirando otros rincones del mundo. Puedo admirar las pinturas de Delacroix o la belleza imponente de Versalles o Las Meninas de Velázquez; puedo envidiar los buenos sueldos de los franceses o la calidad de vida lograda por los españoles, pero en todo momento sé que mi destino se llama Argentina y mi realidad inmediata es Santa Fe.

De Europa me importa su calidad de vida, sus niveles de integración social, la consistencia de su sistema político. No se me ocurriría ni podría pensar mi vida en Europa, pero sí me importa saber cómo hacer para que aquellos logros sociales y culturales puedan desarrollarse en la Argentina. De España no me interesa la zarzuela o la manzanilla, lo que me importa es indagar cómo fue posible que un país que hasta hace treinta años era más atrasado que la Argentina, en la actualidad haya adquirido un nivel de vida que yo deseo para todos nuestros compatriotas. De Francia no me importa su pastis o su couscous, lo que me importa es la solidez de sus instituciones, la consistencia de sus políticas sociales.

La lejanía también nos permite otro tipo de conocimiento. Los diarios de Europa no hablan demasiado de la Argentina, y en más de un caso ni siquiera se ocupan de ese país situado en el extremo sur del planisferio. Cuando salimos en los diarios es por algún escándalo relacionado con la corrupción y el narcotráfico o alguna manifestación de fanatismo de un sacerdote castrense asustado porque se reparten preservativos o por ciertas especulaciones relacionadas con el canje de la deuda.

En el extranjero todos los días leo los diarios. No voy a decir que la Argentina no existe, pero sí puedo decir que existe poco o existe muy por debajo de nuestras expectativas o nuestro ego nacional. En un diario catalán leí acerca de las elecciones en Santiago del Estero; en un noticiero de la televisión de San Sebastián se refirieron al contrabando de drogas en Ezeiza; en el periódico local de Granada hablaban de un cura energúmeno y lo trataban con esas palabras; en París me enteré que el gobierno nacional estaba satisfecho con la negociación de la deuda externa; en Madrid volví a saber del contrabando de drogas y el tema de Cromagnon estaba tratado en dos o tres renglones.

En la calle, de la Argentina se sabe poco y nada. El personaje más popular parece seguir siendo Maradona. En los ambientes más cultos se habla de algunos escritores y, por supuesto, de Jorge Luis Borges. Dos o tres españoles, dos o tres franceses coincidieron en relacionar a la Argentina con la corrupción. La calificación no me gustó y estuve tentado a responder con el consabido: «y por casa cómo andamos». Pero lo cierto es que más que enojarme o fastidiarme por esas calificaciones, lo que corresponde es preguntarse por qué personas sencillas que no tienen ningún interés en agraviarme relacionan a mi país con la corrupción.

Sin embargo, la noticia más importante, y la más dolorosa, la recibí la última semana, cuando ya estaba regresando. Un amigo santafesino, alguien con el que me encontré de casualidad en Madrid me transmitió la noticia: Luis González, mi amigo Luis González había muerto. Con los años uno se acostumbra a relacionarse con estas noticias, pero la muerte, y la muerte sorpresiva de un amigo, siempre sorprende y conmueve.

Con Luis González nos conocíamos desde hacía por lo menos treinta y cinco años, desde nuestros inolvidables, y cada vez más lejanos, años de estudiantes. Por supuesto que hemos discutido muchas veces y que más de una vez la discusión subió de tono, pero más allá de esas pequeñeces, pequeñeces que ponen en evidencia nuestros grandes defectos, siempre existió una relación de afecto y respeto.

La noticia de la muerte de Luis clausuró el viaje; a partir de ese momento y hasta que subí al avión lo más importante fue recordarlo, evocar los momentos vividos, recuperar el tono de su voz, su particular sentido del humor, el sonido de su risa, la señales intransferibles de su presencia en el mundo, los múltiples instantes en que estuvimos juntos.

La muerte, la muerte de un amigo, es siempre un empobrecimiento, una mutilación de nuestra propia historia. Hay una persona, una vida, un conjunto de anécdotas y de momentos, de pequeñas y grandes proezas, que nunca más se volverán a repetir. La muerte separa para siempre y la única eternidad que sobrevive es la de los instantes compartidos. Ese rostro, esa voz, esa manera de pensar, de percibir el mundo y de expresarlo, nunca más volverán a repetirse.

Luis era un tipo generoso, inteligente y honrado. La mejor herencia que le deja a sus hijos es su testimonio público, esa manera apasionada, obstinada y valiente de asumir la política y la pasión por lo público, su decencia insobornable.

Estuve con Luis unos días antes de viajar a Europa. Nos encontramos en calle San Martín y caminamos juntos hasta Mendoza, hablamos de tomar un café, aunque no recuerdo por qué no fue posible. Nos separamos en esa esquina. Ni él ni yo sabíamos que nos estábamos separando para siempre, que esa era la última vez que íbamos a estar juntos.

Cierro los ojos y evoco su figura, su manera de caminar, sus hombros algo caídos. Se fue caminando por calle San Martín. Nunca más volveremos a tomar un café en algunos de los bares del centro, nunca más las caminatas por la peatonal, nunca más las charlas en los pasillos de la facultad de Derecho, nunca más las discusiones acerca del destino de nuestra patria o de nuestra ciudad, nunca más las cenas en algún comedor de la costanera, nunca más los encuentros en calle 9 de Julio…

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