El 24 de marzo de 1976

«La necrofilia no es el amor a la muerte, sino a lo muerto, a todo lo que no está vivo.» Erich Fromm.

Nunca olvidaré la madrugada del 24 de marzo de 1976. El ejército ingresó a mi casa a las seis de la mañana. Los hombres estaban armados hasta los dientes; los gestos, prepotentes; el lenguaje, histérico. Buscaban armas; sólo encontraron libros. Recuerdo un suboficial de apellido Sarmiento -vaya la ironía-, los bigotes encrespados; el vocabulario tosco, soez; la mirada, vidriosa, cargada de odio y resentimiento. Recuerdo que los libros en sus manos parecían objetos sucios; recuerdo los títulos de algunos de esos libros: poemas de Pound y Rilke, estudios de filosofía de Marx y Adorno, novelas de Rulfo y Onetti, textos de teatro de O’Neil y Sartre, una lámina de Beardsley.

Todos fueron a dar a una bolsa, arrojados al suelo como si fueran basura, excrementos o algo peor. Repito: era el 24 de marzo de 1976, los militares argentinos llegaban al poder y se me ocurre que en esa pequeña escena doméstica estaba contenido todo el programa cultural y político de los militares.

Esa madrugada fuimos trasladados a la Guardia de Infantería Reforzada. En la calle todo parecía estar muy tranquilo. La radio pasaba marchas militares y proclamas patrióticas. De vez en cuando, la información castrense se interrumpía para dar detalles sobre el partido de fútbol que la selección nacional jugaba en Europa. Muchos argentinos -se me ocurre- estaban interesados en ese idiota partido de fútbol.

El camión militar ingresó por J. J. Paso. Los detenidos fuimos sometidos a sucesivas humillaciones. Gritos prepotentes, órdenes brutales, acompañados por el ruido de las armas, los golpes de las botas en el piso, las voces de mando. Ese día, el intendente Campagnolo fue brutalmente torturado; dos dirigentes sindicales fueron pateados hasta dejarlos sangrando en el suelo. Repito una vez más: era el 24 de marzo y los militares se estaban haciendo cargo del poder.

Desde la ventana del GIR, miraba el horizonte de la ciudad, los campanarios de las iglesias, los edificios de los ministerios, las arboledas del parque Sur, la franja del río hundido en la bruma de la mañana, y un baldío, que todavía está; en ese baldío, los muchachos jugaban al fútbol. Pensé que para ellos era más importante el resultado de ese picado que lo que estaba pasando en la Argentina.

Al golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 se lo vio venir, y diría que nunca un golpe de Estado fue tan evidente. El gobierno de Isabel estaba derrotado desde su nacimiento, desde que a Perón se le ocurrió dejarnos como legado a su mujercita, conquistada en un cabaret de Panamá. Los esfuerzos de esa mujer inservible, tonta y corrompida para adular a los militares, concediéndoles todo lo que pedían, no habían dado resultado. El problema no eran Isabel y los fascistas que la rodeaban; el problema eran los restos de un Estado de derecho que había que derrumbar para asumir el control absoluto del poder.

El golpe de Estado no cayó del cielo, los que lo prohijaron no fueron marcianos o monstruos. Los militares fueron el instrumento, pero ellos nada habrían podido hacer si no hubiesen contado con la adhesión de grupos económicos, dirigentes políticos y el consentimiento expectante y pasivo de una importante mayoría social.

El 24 de marzo no fue una imposición de una minoría a una mayoría. El peronismo se había ocupado de encerrar a la Argentina en un círculo de muerte, en una situación trágica. Isabel era indefendible, pero lo que venía iba a ser mucho peor. Todas los atropellos, abusos, crímenes y perversiones que distinguieron a la dictadura militar ya estaban prefigurados por el gobierno peronista de Isabel Perón. Las Tres A, los sicarios sindicales, los secuestros y asesinatos de disidentes conformaban el paisaje político dibujado con mano crispada por el peronismo en el poder. La ordalía de sangre y muerte se inició el 20 de junio de 1973 en Ezeiza. No fue una pelea entre la derecha y la izquierda. Fue una pelea interna del peronismo, donde un sector se llamaba Montoneros y el otro podía ser el de los caciques sindicales o los mercenarios y psicópatas dirigidos por López Rega, el secretario privado de Perón, su hombre de confianza.

En marzo de 1976, no sólo se cambia un gobierno por la vía de un golpe de Estado. Lo que se modifica brutalmente es una cultura política, y lo que se resuelve por vía autoritaria es la adaptación del país a los ajustes económicos que se estaban produciendo en el orden internacional. Digamos que el 24 de marzo se dan cita, a la misma hora y en el mismo lugar, la crisis política interna con la transformación del orden económico internacional en clave neoliberal.

Se dice que los militares discutieron internamente si mataban firmando o sin firmar. Se votó matar sin poner la firma. Sus hombres más inteligentes hasta el día de hoy se arrepienten de haber dado ese paso. ¿Era posible asesinar firmando? No era posible, no lo habrían podido hacer. Ellos también, desde su lógica de muerte, estaban acorralados por un dilema trágico.

Hasta más o menos 1981, los militares hicieron lo que se les dio la gana: asesinaron, secuestraron, violaron mujeres, robaron niños, levantaron campos de concentración y le dieron a Martínez de Hoz el Ministerio de Economía. Las dificultades que se les presentaban no provenían ni de la resistencia popular ni de los partidos políticos, sino de sus propias rencillas internas, de sus disputas salvajes por cuotas de poder, de sus obsesiones nacionalistas que estuvieron a punto de llevarnos a una guerra con Chile.

La mayoría de la sociedad apoyó el golpe y disfrutó de la plata dulce . «Por algo será», fue el fundamento filosófico que logró elaborar esa clase media argentina atemorizada por la violencia y fascinada por los mundiales de fútbol, y los viajes a Brasil.

Los dirigentes políticos prefirieron hacer silencio, mirar para el otro lado o colaborar con los militares. Todos los partidos, todos sin excepción, tuvieron colaboracionistas. El homenaje a la memoria debe incluir este dato. En la evocación hay que incorporar al Partido Comunista que en un arrebato de originalidad extraordinaria apoyó a la dictadura de Videla y teorizó acerca de los militares progresistas encabezados por Videla, Viola y Vaquero contra los militares duros. No conformes con ello, los comunistas hacían lobbies en los foros internacionales para impedir o debilitar la condena a la dictadura militar. Los comunistas argentinos dicen que se autocriticaron: ahora estamos todos más tranquilos.

Empresarios, Iglesia, todos los factores de poder en su momento cerraron filas detrás de la dictadura. Es cierto: muchas de esas adhesiones eran tácticas y oportunistas. ¿Por qué la apoyaron o callaron? Porque tenían miedo. Y a ese miedo es necesario tenerlo en cuenta, porque el miedo era algo más que un sentimiento íntimo y privado. La dictadura transformó al miedo en un formidable dispositivo de dominación. Hoy es fácil condenarlos, pero admitamos que, cuando el miedo se instala, cuando existe la creencia de que una palabra de más puede representar la muerte o la tortura, es muy difícil pretender que todos se comporten como héroes. La sociedad argentina no fue una excepción. Esto no significa disculpar ni consentir nada; se trata simplemente de explicar lo que ocurrió.

No todos tuvieron miedo. Hubo hombres y mujeres con coraje. Hubo hombres que supieron decir que no; mujeres que se pusieron un pañuelo en la cabeza y salieron a la calle a denunciar a los asesinos. Esos hombres fueron acusados de subversivos; de la mujeres dijeron que eran locas. íQué enferma debe de haber estado la Argentina para acusar de locas a las únicas que expresaban una señal de salud, de esperanza, de vida!

Las disputas internas, la incapacidad de los militares para hallar una salida política consensuada, fueron marcando para mediados de 1981 un punto de inflexión. Para esa fecha, la faena contra los subversivos estaba cumplida. ¿Cómo continuar en el poder si el objetivo que los había legitimado estaba logrado? Atrapados por las leyes implacables del poder, los generales pensaron en eternizarse en él o creyeron que aún había misiones patrióticas que cumplir. Fue entonces que se les ocurrió lo de las Malvinas. Habituados a matar impunemente, a cometer todo tipo de tropelías y no rendir cuentas, creyeron que lo mismo que hacían adentro podían hacerlo afuera. El negocio parecía redondo: ocupar las Malvinas los vestía de patriotas sin pagar un peso. Nuestros sabios militares creyeron que los ingleses no iban a hacer nada y que, si intentaban protestar, los diplomáticos yanquis los iban a obligar a callarse.

A los resultados todos los conocemos. Margaret Thatcher organizó su campaña electoral con la consigna de recuperar las Malvinas; Estados Unidos, después de algunos cabildeos, se puso del lado de Inglaterra y todas las naciones desarrolladas cerraron filas en contra de la dictadura que había llegado al poder para defender los valores del mundo occidental y cristiano. Un anticomunista católico y conservador como Costa Méndez terminó viajando a La Habana para solicitar el apoyo de Fidel Castro.

Una mayoría de argentinos apoyó con lágrimas en los ojos la gesta malvinera. Donaron joyas, plata y chocolatines. Los generales se quedaron con las joyas, gastaron el dinero y, por supuesto, se comieron los chocolatines. El 14 de junio, el ejército argentino no sólo se rindió, sino que dejó de inspirar miedo. De pronto, la sociedad argentina descubrió que los que habían exhibido un coraje bizarro con estudiantes, trabajadores y adolescentes, a la hora de pelear no supieron hacer otra cosa que rendirse.

Han pasado casi treinta años de aquellas jornadas que se iniciaron el 24 de marzo de 1976. La memoria importa, pero importa en función del futuro. Una memoria obsesionada con el pasado, enclaustrada en las imágenes de un pasado, no sirve, es una memoria enferma, es una memoria sin imaginación.

El domingo pasado, en la puerta de LT10, la radio de la Universidad Nacional del Litoral, fue colocado un ataúd con restos mortales y una carta amenazante contra el juez federal que está investigando a presuntos criminales. El símbolo de la muerte una vez más se instaló en un espacio público. Los que realizaron esa tarea siguen aferrados a la idea de la muerte; hieden a muerte, sus rostros están marcadas por el tono espectral de la muerte, no pueden apartarse de ella, tampoco saben hacer otra cosa que hablar de la muerte, que convivir con la muerte. Los autores de ese gesto no han leído a Freud, no conocen los textos de Reich o Marcuse, pero son tanáticos perfectos. Toda sociedad incluye en su seno a estos monstruos de rostros comunes y vidas vulgares. El problema es esforzarse para que estas sanguijuelas ávidas de sangre retornen al poder o sean convocadas para reiniciar su rito de dolor y muerte.

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