Juan Pablo II

Fue un hombre austero, sencillo, valiente; su fe no fue una coartada para huir del mundo sino una pasión para integrase a él. Era severo, a veces colérico, pero todos ponderaban su sentido del humor, esa risa que nacía de un cuerpo sano y un alma recta y que no se confundía ni con el cinismo ni con la hipocresía.

No recuerdo quién decía que la risa sin alegría puede llegar a ser siniestra, que el humor vale si está contenido dentro de una visión moral del mundo. La risa de Juan Pablo II era limpia, sonora, alegre, la manifestación de un hombre que sabe que la vida tiene sentido y que la alegría y el dolor pueden repartirse de manera equilibrada.

Enriqueció a la fe con su pasión y dignificó a la política con su testimonio. No soy un experto en temas teológicos, pero presumo que la presencia de Dios en su biografía fue un hecho concreto, no una abstracción, que no lo encegueció el misterio, por el contrario, le permitió reconocer con luz propia el paisaje cotidiano.

Anticomunista convencido, su rechazo al régimen totalitario no provenía de los prejuicios de la ignorancia o del egoísmo de los ricos temerosos de perder sus privilegios, sino de la experiencia vivida bajo un régimen que sacrificó las libertades en nombre de la igualdad y degradó a la igualdad en el altar de una burocracia inepta y criminal.

Antifascista, aprendió en las persecuciones y la clandestinidad a condenar a un régimen que renegaba de los hombres en nombre de la raza y renegaba de Dios en nombre del culto pagano a la muerte. En Polonia supo de la persecución a los judíos, del intento racional y delirante de exterminar a un pueblo invocando las virtudes de una raza superior. Al antisemitismo no se lo contaron, conoció su furia, su demencia, su odio visceral ensañándose sobre el cuerpo de sus amigos judíos de la infancia.

A Dios probablemente lo haya encontrado en esos lugares: en el páramo de una Polonia empobrecida y humillada; en la solidaridad de los que sufrían las consecuencias de la explotación material y espiritual; en los finos, delicados y consistentes lazos de amor que tejen los que luchan. O para decirlo con otras palabras: fue un hombre que buscó a Dios y se acercó a la gente.

Huérfano a los 21 años, Dios para él fue siempre una presencia, una revelación cotidiana, un descubrimiento que se confundió con el estupor y el asombro, el estremecimiento y el temblor, la alegría y la nostalgia, una cercanía y una lejanía al mismo tiempo, algo que nunca terminó de conocerse.

Creyó en Occidente, pero desconfió de algunas de sus soluciones. Como Solyenitsin, como Havel, como Tarkowski, mantuvo con Occidente una relación difícil y áspera. Le seducían sus luces, pero lo alarmaban sus oscuridades; lo tentaba su apuesta al progreso pero le inquietaba el salto al vacío y, sobre todo, esa indiferencia religiosa que terminaba expresándose en una indiferencia a los valores, en un culto al relativismo moral, en una idolatría al becerro de oro del consumismo.

Militó por la paz, por la integración y por los valores de la libertad y la fraternidad, pero tuvo la perspicacia o el talento de saber que también en Occidente podía anidar el huevo de la serpiente. Sus reflexión sobre los estragos de la pobreza, las concentraciones de la riqueza en pocas manos se fueron haciendo más profundas y más críticas con el paso de los años. El anticomunista llegó a admitir que en aquellos regímenes hubo ciertas gotas de verdad; el crítico de la violencia aceptó reconocer que equivocado o no, a un hombre como el Che Guevara había que reconocerle su idealismo intransigente; el jefe de la iglesia católica viajó a Cuba a defender la libertad religiosa y a condenar el embargo norteamericano.

Impugnó la deuda externa como un mecanismo de sojuzgamiento y empobrecimiento de las naciones débiles, condenó el racismo, criticó con duras palabras las políticas belicistas de las grandes potencias, apostó a favor de la paz y bregó por el entendimiento entre las religiones.

En su magisterio de veinticinco años, no hubo muchas condenas, pero abundaron los pedidos de perdón por los errores cometidos por la iglesia en el pasado. Nunca los judíos fueron tan reconocidos en su dignidad por un Papa, nunca los musulmanes encontraron en un líder católico tanta comprensión y afecto.

A los argentinos nos impidió desangrarnos en una guerra fratricida con el pueblo de Chile; en la guerra de Malvinas hizo lo imposible para tratar de transmitir un poco de sensatez y cordura al delirio criminal y fanfarrón de una dictadura cobarde y corrupta.

¿Fue un conservador? Creo que sí, pero lo fue en el estilo de Chesterton. Creía en la naturaleza humana pero más creía en la sabiduría de las tradiciones; defendía la libertad pero la diferenciaba de su opuesto, la disipación que transforma a los hombres en esclavos del pecado. Como Chesterton, pensaba que los peligros del siglo XXI no son los excesos de libertad sino la ausencia de responsabilidad, y como Chesterton, creía que todo tradicionalista es -en tiempos de crisis- un adelantado.

Hacia el interior de la iglesia defendió el celibato y prohibió el ordenamiento sacerdotal de las mujeres. No me compete a mí opinar sobre una institución a la que no pertenezco; pero estimo que sus razones habrá tenido para afianzar esa orientación, y en todo caso será tarea de los católicos decidir los cambios que consideren convenientes. Claro que no me gustaban sus amistades con el Opus Dei, pero yo no soy nadie para decirle quiénes debían ser sus amigos.

No he compartido sus puntos de vista sobre la sexualidad y la interrupción del embarazo. Creo que el sexo es un tema serio y que mucho mejor que condenarlo es tratar de comprenderlo; sí creo que la vida es sagrada y que es importante que alguien advierta que determinados temas no se pueden tomar a la ligera. De todos modos, no viene al caso reiterar lo que pienso sobre estos temas, pero sí pienso que importa saber que así como es importante que alguien hable de la necesidad del cambio y apueste al futuro, también es importante que alguien hable desde la tradición. A la sabiduría no se accede suprimiendo a las contradicciones sino integrándolas.

Alguien dijo que las personas se reconocen por sus coincidencias y sus diferencias. Es probable que así sea. En lo personal no sé si con Juan Carlos II han predominado más los acuerdos que las disidencias; lo que sí sé es que los hombres no se definen por sus diferencias sino por sus búsquedas y es allí en donde el encuentro, todo encuentro, es posible y necesario.

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