La muerte de Karol Wojtyla

Karol Wojtyla murió con dignidad porque supo vivir con dignidad. No es mucho lo que sabemos de la muerte, pero sí estamos obligados a saber algunas cuestiones elementales de la vida. Creo que Spinoza decía que «un hombre libre piensa en la muerte menos que en cualquier otra cosa y su sabiduría es una meditación no sobre la muerte sino sobre la vida».

Antes de ser Juan Pablo II, Wojtyla supo quién era y cuál era su compromiso con la vida. A ese compromiso le fue fiel hasta su muerte. ¿La muerte es la nada o es una transformación? La razón da una respuesta, la fe da otra. Para Wojtyla la muerte fue un pasaje, una transición, no porque así lo fuera efectivamente sino porque así lo creyó y así lo vivió. ¿Si cambiamos nuestra perspectiva de la muerte, podremos cambiar nuestra relación con la vida? ¿Decidimos sobre nuestra vida como mejor nos parezca, o la vida es un don que debemos honrar? A estos interrogantes Juan Pablo II les dio respuestas precisas a través de su propio testimonio.

¿Hay vida después de la muerte? Es muy difícil responder a esa pregunta. A mí me gustaría responder afirmativamente, creer como mucho creyentes que sí, que después de la muerte hay vida. Interrogado sobre el tema Carl Sagán contestó: «A veces creo que hay vida después de la muerte, a veces creo que no. En cualquiera de los dos casos la conclusión es asombrosa». Theilard de Chardín dice algo que seguramente el Papa lo comparte: «La humanidad progresa al modo de un río que sigue su propio curso. El río sigue hacia el mar, la humanidad sigue hacia algo más grande que ella». La imagen es hermosa y ojalá sea cierta.

Periodistas, políticos, intelectuales, religiosos, se preguntan hoy sobre las causas que explican el ascendiente, el prestigio de Wojtyla. Las respuestas son diversas, a veces contradictorias, pero en lo que todos están de acuerdo es en admitir que fue un hombre de convicciones, un hombre que vivió con pasión de creyente su fe y, como dijo el cardenal Bergoglio, «nunca engañó, nunca mintió».

Llaman la atención, sorprenden estos liderazgos en un mundo que descree de los liderazgos y en sus versiones mayoritarias rinde culto al becerro de oro del consumismo. Como Gandhi, como Mandela, como el Dalai Lama, Wojtyla instala en un mundo incrédulo de valores el testimonio de la fe, de la convicción, de que la vida tiene un sentido y que nuestra presencia en el mundo hace una diferencia.

Con el Papa se podía estar de acuerdo o no, pero lo que estaba fuera de discusión era la sinceridad de su propuesta y la coherencia íntima de su mensaje. En un tiempo de fragilidades ideológicas y morales, él era previsible; en un tiempo de rutinas y vulgaridades él sorprendía con sus revelaciones; en un tiempo que corre detrás de las novedades y las modas él se aferraba a las tradiciones.

Dejo a los creyentes la tarea de juzgarlo como líder religioso; a mí me importa evaluarlo como un protagonista de la historia y, si se me permite la palabra, como un líder político, si le reconocemos a la política su dimensión humanista, su preocupación por el presente y el destino del hombre y de todos los hombres, su afán por entender el mundo y transformarlo.

Sólo la clarividencia de un político dotado de facultades excepcionales pudo captar la debilidad del comunismo disimulada detrás de la fachada siniestra de la dictadura. Alguna vez Stalin con sorna preguntó sobre cuáles eran las divisiones del Papa. Wojtyla no necesitó de tanques ni de cañones ni de soldados que desfilen haciendo sonar sus botas por las ciudades ocupadas; su revolución tuvo la fuerza de la fe y la suavidad del terciopelo.

Pero lo más significativo es que él previó este desenlace, y cuando hasta sus hermanos de fe consideraban que el comunismo en Europa había venido a quedarse para siempre, él insistió en que otro mundo era posible, que Yalta no era ni sería la última respuesta a los dilemas de un mundo injusto.

Defendió la paz y no cayó en la tentación de justificar la guerra en nombre de un realismo cínico y descarnado. No sé si para los católicos fue el mejor Papa del siglo veinte ni sé si importa competir al respecto, ya que el reconocimiento a Juan Pablo II no puede poner en tela de juicio la labor humanitaria y renovadora de Juan XXIII o el ministerio lúcido y creativo de Pablo VI. Lo que sé es que la voz de Wojtyla siempre se levantó para condenar la guerra y defender la paz.

La política pacifista del Papa fue íntegra, coherente. No hay una fisura, una contradicción que permita poner en duda su vocación. Esta verdad tan elemental y tan transparente debería intentar hacerla suya George Bush y muchos de los mandatarios que desfilaron por sus exequias más motivados -me temo- por el prestigio del show que por hacerse cargo en serio de la lección que dejaba al mundo este hombre. De la presencia de Menem no digo una palabra porque estoy hablando de personas decentes y de fe y «la comadreja de Anillaco » no es ni una cosa ni la otra.

¿Fue contradictorio Juan Pablo II? Claro que lo fue. Hubo contradicciones entre la tradición y la renovación, entre el carisma y la institución, entre la autoridad y la libertad. El Papa criticó como un socialista las lastimaduras de la pobreza y los vicios del capitalismo pero sus soluciones no fueron socialistas; condenó la dictadura comunista pero su alternativa no fue reaccionaria; objetó como un liberal el atropello a los derechos humanos pero sus respuestas no fueron liberales; defendió como un conservador los fundamentos de la fe, pero su prédica religiosa no fue fundamentalista; ponderó las virtudes del diálogo, de la tolerancia, fue imaginativo y flexible para entender los diversos desafíos de la historia, pero fue intransigente y severo en materia dogmática; sancionó a Leonardo Boff pero no fue menos severo con monseñor Marcel Lefevre.

Más que contradictorio, yo diría que Juan Pablo II fue paradójico y que allí se revela con más fuerza, con más intensidad su condición de cristiano en tanto su paradoja es la paradoja del cristianismo, lo que constituye su debilidad y su fortaleza más íntima. Pretender reducir la obra de Wojtyla a una exclusiva lectura es imposible; como señala el escritor polaco Arthur Domoslawski: «Lo que dice no puede ser interpretado con una sola llave, a menos que esa llave sea el Evangelio».

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