Carlos y Camila

Parecían perseguidos por la mala suerte pero finalmente se casaron. La muerte del Papa Juan Pablo II fue tal vez la última ironía de una relación signada por los escándalos y los chismes. Enrique VIII seguramente no hubiera suspendido la boda para asistir al velorio del Papa, pero los tiempos cambiaron y, por lo tanto, es de esperar que Camila no corra la misma suerte que Ana Bolena.

También la reina Isabel II no estuvo del todo conforme con la boda. Por lo pronto decidió no asistir al casamiento civil; su marido por supuesto también estuvo ausente, pero eso no es ninguna noticia porque el pobre Felipe siempre hace lo que le dice su mujer. Para eso estudió, para eso se casó y para eso luce el título de príncipe de Gales.

En la ceremonia religiosa celebrada en la capilla de San Jorge, Isabel se hizo presente aunque los periodistas la notaron fría y distante. Los que no estamos habituados a seguir los pasos de la reina tenemos derecho a preguntarnos cuándo Isabel estuvo alguna vez tibia y próxima.

Es verdad que Isabel no le dirigió la palabra a Camila, pero no le deben haber molestado los comentarios de algunos cronistas preocupados en destacar que Camila se parece más a Isabel que a Diana y que en realidad Carlos se ha casado con una mujer que se parece más a una madre que a una esposa.

La ceremonia civil, con ser modesta y discreta, tuvo sin embargo lo suyo. El día de la boda los novios después de treinta y cinco años de romance decidieron dormir en camas y casas separadas: Camila en su residencia de Clarence House y Carlos en su casa de campo de Highgrove.

Ella estaba muy elegante con su vestido blanco y su tocado; él muy regio con su jacquet y su chaleco gris. Los testigos de la boda civil fueron el hijo mayor de Carlos, Guillermo y el hijo de Camila, Tom. Para que nadie se sienta excluido de la ceremonia, también estuvo presente el ex marido de Camila, el brigadier Andrew Parker Bowles. Al otro hijo de Carlos, Enrique, no se lo vio por las inmediaciones, aunque se rumoreó que el padre había logrado convencerlo de que no era prudente que se aparezca por el casamiento con su uniforme de soldado nazi.

La ceremonia religiosa en el palacio de Windsor fue mucho más concurrida. Atenta al nuevo escenario, Camila cambió de vestuario y esta vez apareció ante los fotógrafos con un traje de gasa de estilo medieval y un abrigo azul y dorado. Los expertos en temas reales aseguraron que Camila estaba mucho más elegante que Diana en 1981. Agregaron, además, que era mucho más sobria y sabía lucir con más soltura la ropa diseñada por Robinson Valentine y Philip Treacy dos feroces caudillos de la moda londinense.

Los comentarios favorables a Camila fueron matizados por algunas malidicencias de la prensa amarilla. Uno de sus cronistas más venales llegó a describir a Camila, flamante duquesa de Cornualles y condesa de Chester, como «más fea que una lechuza y más mala que un rootwailler».

Para bendecir este casamiento el obispo de Canterbury debió maniobrar y recurrir a toda su astucia anglicana, ya que sus colegas religiosos no querían saber nada con casar a una pareja divorciada. Es probable que Williams les haya recordado a sus colegas que la iglesia que integran se constituyó gracias a un divorcio.

Concluido el trámite religioso los presentes entonaron la célebre canción «Good save the queen». Pero no terminaron allí los contratiempos. Cuando salieron a la puerta del palacio a saludar al pueblo, una manifestación de gays los recibió con la consigna: «Si ustedes se casaron dos veces, por qué a nosotros no nos dejan casar ni siquiera una vez».

Pasado el mal trago todos se dedicaron a disfrutar de la fiesta. El principal salón del palacio estaba adornado con 35.000 geranios traídos de Escocia. A los postres, todos los presentes saborearon los riquísimos pasteles preparados por doña Etta Richardson, una mujer que se ha hecho famosa por dos cosas: porque le cocina a Carlos desde que era niño y porque nadie en el mundo sabe el contenido de sus recetas.

Como broche de oro, y atendiendo que ese día se corría el Gran Nacional de Aintreen, que lo ganó el finísimo pura sangre Hedgehunter, la reina Isabel tuvo la brillante ocurrencia de comparar a su hijo con el caballo, destacando su fuerza y su espíritu competitivo. Lo que se dice, toda una amantísima madre inglesa.

Si de Camila y Carlos hubiera dependido el casamiento no habría sido necesario. Pero el que presionó para que la boda se celebre fue el severo y estricto padre de Camila, el comandante Bruce Shand, muy fastidiado con la condición de concubina de la hija. Según se dice en los mentideros, en algún momento Camila cayó llorando en los brazos de su padre y le pidió, deshecha en lágrimas, que haga algo porque estaba cansada de ser despreciada por la reina y toda la nobleza. Don Bruce habló con Carlos y ya se sabe que cuando a Carlos le ordenan algo el hombre siempre obedece.

Se sabe que Carlos y Camila se conocieron a principio de los años setenta en un partido de polo, como no podía ser de otra manera. A él no se le conocían aventuras anteriores, pero ella ya se había ocupado de trabajar por los dos. El flechazo fue fulminante, pero más rápida que la flecha fue ella. En efecto, a la media hora de conocerse Camila le dijo a Carlos que su bisabuela había sido amante de su tatarabuelo. La insinuación era bastante directa, pero parece que Carlos se dio cuenta dos o tres días más tarde.

Camila pertenece a la rica clase terrateniente inglesa, una clase que posee poder, tradición y encanto, pero carece de títulos nobiliarios; esa falta de pergaminos auguraba un final desgraciado a la pareja. El dilema se resolvió con sabiduría anglicana: Camila le presentó a Carlos a la señorita Diana Spencer y ella se casó con Parker Bowles, amigo de Carlos y muy hábil para cazar zorros y jugar al polo. Don Parker, un marino que por sus antecedentes en alta mar muy bien podría ser jefe de la flota de Bolivia, parece que en su momento fue un fogoso amante de la princesa Ana, hermana de Carlos.

No terminan allí las intimidades: Carlos es padrino de Tom. Durante algunos años Camila y Diana fueron muy amigas. Cuando Diana anunció que un matrimonio de tres le resultaba agotador, los cronistas se percataron que Diana había decidido dejar de ser la tonta de la película y transformarse en la glamorosa lady Di.

Apenas iniciado el romance los novios definieron para siempre compartir los gustos: las acuarelas, la jardinería y un programa de radio que los conmovía hasta las fibras, «The Goons» es decir, «Los idiotas».

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