Dos mentiras

Dos grandes mentiras circulan desde hace tiempo en la Argentina: que la educación es un valor estratégico y que a la pobreza hay que erradicarla. Más allá de buenas intenciones y de esfuerzos honestos, convengamos que si a la mayoría de la sociedad se le preguntara sobre la educación y la pobreza, todos responderían favorablemente. Ahora bien, en los últimos treinta años la educación ha decaído y la pobreza ha crecido ¿Cómo es posible que dos valores que la sociedad dice defender sin vacilaciones no se cumplan? A esta pregunta algunos creen que la responden acusando a los dirigentes políticos o responsabilizando a los empresarios o sindicalistas, pero a nadie se le ocurre interrogarse acerca de su propia responsabilidad en este tema.

Para no teorizar sería interesante preguntarle a la misma persona que dice estar a favor de más educación y menos pobreza, qué está dispuesto a hacer o entregar para que este objetivo se cumpla. Entonces veremos por qué todos somos víctimas de una gran mentira, de una formidable disociación entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se vive y lo que se desea, entre realidad y ficción, entre verdad y mentira.

Podríamos decir en principio que si la sociedad, los hombres concretos de carne y hueso desearían con fuerza intensa que la educación mejore y la pobreza se erradique, desde hace rato hubiéramos empezado a revertir la tendencia negativa. Alguien refutará este punto de vista observando la responsabilidad de los dirigentes y las aviesas campañas imperialistas destinadas a empobrecer a la sociedad.

Seguramente, todas estas variantes deberían ser tenidas en cuenta. Pero ello no autorizaría a desconocer la responsabilidad de los ciudadanos, es decir, de ricos a quienes no les importa que el mundo reviente si ellos siguen percibiendo su renta. También de clases medias más interesadas en el consumismo y la moda, horrorizadas por su derrumbe hacia el mundo de los pobres. Aunque muestren preocupación por construir una sociedad digna para ellos y para sus hijos. Y pobres que en muchos casos parecen estar resignados con su situación y sus débiles energías de protesta sólo se manifiestan a la hora de pedir subsidios o ayudas.

En materia de educación lo que se está haciendo con los pobres es directamente una estafa. Los esfuerzos de maestros y militantes sociales no alcanzan para corregir la tendencia de una educación cada vez más degradada. Entre las clases medias la educación suele ser vista más como un factor de status que una real capacitación intelectual, mientras la clase alta manda a sus hijos a los colegios caros y se desentiende del resto.

Sería injusto decir que todos somos responsables por igual de lo que nos sucede. En cualquier sociedad hay personas que tienen más responsabilidades que otras, que disponen de más poder que otras, que disfrutan de más privilegios que otras. Esas personas desde el punto de vista sociológico integran lo que se conoce como la clase dirigente, es decir, el conjunto de recursos humanos que aseguran con sus diversas actividades el sostenimiento y la reproducción del sistema.

Está claro, por lo tanto, que la clase dirigente no puede hacerse la distraída con lo que nos está ocurriendo. El país que tenemos ha sido modelado por ella y así como en su momento se le han reconocido sus virtudes, es justo también señalarle sus errores, sus vicios y responsabilidades. A la clase dirigente hay que observarle no sólo lo que hizo mal, sino aquello que, pudiendo haber hecho bien, lo hizo mal. El fracaso de una nación es en términos generales el fracaso de todo el pueblo, pero básicamente es el fracaso de su clase dirigente, la manifestación calamitosa de su deserción histórica.

Hace 150 años, Alberdi trataba de pensar una nación en el desierto argentino y una de las premisas que apuntalaban su razonamiento era que los responsables de nuestras desgracias eran los ricos y no los pobres. ¿Alberdi era populista? ¿Odiaba a los ricos? Nada de eso. Por el contrario, el autor de «Las Bases» no juzgaba a los pobres por su indiferencia, su apatía, su acatamiento al orden primitivo de cosas, su predisposición a dejarse seducir por el demagogo de turno, es decir, consideraba que eran víctimas de lo que un filósofo de esos tiempos hubiera llamado alienación, definida como una incapacidad cultural para tomar conciencia de la propia realidad e intereses. Pero los ricos eran responsables, para Alberdi porque, disponiendo de recursos y talentos, no habían sido capaces de hacer lo que correspondía.

Llegamos entonces a la conclusión que de estas dos grandes mentiras todos somos responsables, pero algunos son más responsables que otros. Una lectura simplificada de este diagnóstico deduciría que son los políticos los culpables de todo. Al respecto importa saber que una clase dirigente no se constituye sólo con políticos, sino también con empresarios, intelectuales, sindicalistas obreros y patronales, líderes religiosos, gerentes y funcionarios.

Una clase dirigente hay que concebirla como un sistema, un sistema con sus contradicciones, sus luchas internas, pero también sus intereses comunes. En un marco democrático ese sistema funciona y puede reproducir las condiciones de existencia porque hay una sociedad que, por un motivo u otro lo avala, lo apuntala.

La crisis se plantea cuando, como diría Lenin, los de arriba ya no pueden seguir gobernando como hasta entonces y los de abajo ya no quieren seguir siendo gobernados como hasta entonces. O para decirlo con otras palabras, cuando el sistema se manifiesta impotente para representar los intereses generales de la sociedad, cuando sus principales miembros están cada vez más preocupados en representar sus intereses personales o facciosos que el interés público. Es decir, cuando históricamente reniegan de su condición.

Y una dirigencia reniega de su condición cuando pierde de vista los objetivos que la constituyeron o, para expresarlo de una manera más elocuente, cuando los empresarios no compiten, los funcionarios no funcionan, los políticos renuncian a sus convicciones, los intelectuales no piensan o se transforman en amanuenses del poder, los sacerdotes olvidan las enseñanzas del Evangelio y sus dirigentes sindicales están más interesados en trepar en la escala social que en representar a los más humildes.

Para que una sociedad cambie su rumbo es necesario que sus ciudadanos, sus hombres más sencillos, sus dirigentes sociales más honestos expresen de una manera clara y firme sus deseos de cambio. Es importante que los hombres y mujeres de un país se unan alrededor de un mínimo de certezas, pero es importante que los hombres con capacidad de influir en los acontecimientos sepan estar a la altura de su tiempo.

El cambio desde arriba sin el apoyo de los de abajo es muy difícil de realizar. Pero creer que el cambio nacerá espontáneamente porque los de abajo lo desean, es no conocer el funcionamiento de las sociedades modernas y es desconocer los niveles de alienación de las clases populares.

No hay, no puede haber país o provincia moderna y equitativa con la pobreza que hoy exhibimos y la crisis educativa que padecemos. Las sociedades cambian porque existen movimientos subterráneos que apuntan en esa dirección, pero ningún cambio es posible si sus dirigentes no se proponen desde arriba hacer realidad el cambio. El fuego que más calienta es el que viene de abajo, como dice Martín Fierro, pero para que el fuego no se desperdicie, no se degrade en cenizas, en inútil resplandor, necesita de manos ágiles y diligentes.

ralaniz@litoral.com.ar

 



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