López Obrador y la justicia mexicana

El desafuero al alcalde de la ciudad de México, Manuel López Obrador, puede llegar a transformarse en su más eficaz recurso de publicidad política. No sería la primera vez que una maniobra destinada a dejar fuera de carrera a un candidato produce un efecto inverso. Los 150.000 manifestantes que se concentraron para repudiar la decisión de los diputados del PAN y el PRI demuestran -por ahora- que López Obrador ha logrado transformar el obstáculo en una ventaja.

Las elecciones de México se celebran en junio del año que viene. Falta mucho para los comicios, pero desde hace tiempo el número puesto es López Obrador. Es precisamente esa popularidad lo que ha obligado a los veteranos tiburones de la política mexicana, duchos en fraudes, corruptelas y otras lindezas, a maniobrar para impedir que el candidato del PRD llegue a la presidencia de la nación.

La decisión de AMLO (a López Obrador se lo conoce popularmente a través de estas siglas) de desconocer un fallo judicial que prohibía construir un camino de acceso a un hospital, fue el pretexto para iniciar la acción el desafuero. Si el objetivo se cumpliera y AMLO fuera procesado, no podría ser candidato a presidente porque la Constitución nacional así lo establece.

Más allá de la cuestión judicial, no deja de ser una ironía o un acto de supremo cinismo político que a un dirigente político con expectativas reales de ser presidente se lo descalifique por un delito que, de verificarse, para el más elemental sentido común apenas es una falta. En México el fraude electoral ha sido las variantes más conocidas de las últimas décadas; el cartel de la droga es uno de los más poderosos de América latina; la relación en el Estado entre mafia y política es una de las constantes, por lo que resulta por lo menos grotesco que ante semejantes antecedentes delictivos impunes, un intendente no pueda presentarse como candidato a presidente por una infracción menor.

López Obrador no es un santo y está muy lejos de serlo. Ningún político lo es y, mucho menos, si además es mexicano y por añadidura con antecedentes políticos en el PRI. Sus simpatizantes aseguran que es un político inteligente y sensible a las demandas populares; sus críticos de derecha o de izquierda afirman que es un demagogo irresponsable y corrupto que se ha valido del asistencialismo para conquistar el favor popular.

El subcomandante Marcos desde su puesto de combate ha repudiado públicamente la maniobra del PRI y el PAN, pero no se ha privado de señalar diferencias con AMLO; sus críticos más benevolentes dicen que es una mezcla de Chávez y Lula, a los que hay que sumarle todas las mañas y vicios adquiridos durante su militancia en el PRI.

Hace años se decía que México era una dictadura bananera como cualquier otra, aunque suavizada por la corrupción. México apoyaba a todas las guerrillas de latinoamérica y daba refugio a todos los perseguidos pero en el orden interno sus funcionarios no vacilaban en reprimir con dureza cualquier tipo de disidencia.

En los años duros, México nunca rompió relaciones con Fidel Castro. El dictador cubano pagó ese favor desalentando cualquier intento de organizar una guerrilla en suelo azteca. La política exterior de México, liberal y progresista, se contrastaba con el régimen interno que sin abandonar la ficción democrática ejecutaba sin contemplaciones a sus disidentes.

La muerte del periodista Buendía, la represión a los estudiantes en 1968, la explotación y humillación de los aborígenes en el interior, el gangsterismo de su vieja guardia sindical, son una fiel exposición de esa política que mientras pinta murales con Marx y Zapata en su casa de gobierno, organiza los lazos visibles e invisibles de la dependencia con Estados Unidos, todo ello acompañado -por supuesto- de una florida retórica antigringa.

Los escándalos de los tiempos de Salinas Gortari todavía siguen siendo objeto de estudio; los asesinatos de políticos y periodistas disidentes se siguen recordando; los negociados de los principales caciques del oficialismo siguen siendo motivo de asombro, y con todos estos antecedentes resulta que ahora a los señores de la justicia mexicana se les ocurre desaforar a un candidato porque asfaltó una calle que permitía el acceso a un hospital.

Ya en su momento Cuauhtémoc Cárdenas fue objeto de un escandaloso fraude electoral, hoy reconocido hasta por los propios escribas del PRI. El hijo del mítico Lázaro Cárdenas fue siempre considerado un político decente, talentoso y previsible. Sin embargo, esas cualidades no alcanzaron para impedir que el hampa político maniobre y lo deje fuera de carrera.

López Obrador también se inició en el PRI. Nació en 1953 en el estado de Tabasco y ya fue víctima del fraude en 1994, cuando las urnas dieron como ganador a Roberto Madrazo, mientras todas las encuestas señalaban que López Obrador ganaba por una marcada diferencia.

Licenciado en Ciencias Políticas en la UNAM, AMLO como Cárdenas entendió en cierto momento que si quería tener un futuro político debía abrirse de la estructura mafiosa de un partido que en nombre de la vieja revolución de Villa, Zapata y Calles gobernó a México como un feudo mafioso. El PRI hizo lo imposible para que el PRD no ganara la presidencia. Tanto se preocuparon por impedir que crezca una alternativa a su izquierda que finalmente perdieron el gobierno en manos de la derecha, es decir del PAN, liderado por el empresario de la Coca Cola, Fox.

Hoy el PAN y el PRI han unido fuerzas para derrotar a López Obrador. El desafuero es una de sus típicas maniobras, pero los analistas entienden que en el futuro inmediato habrá otras, sin descontar el crimen político, un recurso que en México nunca hay que desconocer porque su historia es en muchos aspectos la historia de los asesinatos de los políticos rivales. ¿Exageración? Los nombres de Madero, Villa, Zapata, Carranza, Obregón no son casualidades o hechos ocurridos en un lejano pasado.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *