Las alternativas de la semana

Calificar a Néstor Kirchner de fascista es una equivocación política y un error conceptual. El recurso de imputar el estigma de fascista al adversario político contribuye a la banalización del lenguaje y no ayuda a educar al pueblo. Decir que el presidente es fascista es un error que revela impotencia, falta de imaginación y caída en el lugar común, el peor de los lugares que Dios o el Diablo le reserva a los políticos mediocres.

Néstor Kirchner se equivoca muchas veces, pero de allí a decirle fascista hay una gran diferencia. Por otra parte, la teoría política enseña que la variedad de injusticia, arbitrariedad y violencia no es necesariamente la fascista. Digamos que se puede ser un hijo de mala madre sin necesidad de ser fascista, por más que todos los fascistas sean efectivamente hijos de mala madre.

El presidente se equivoca al pretender plebiscitar la elección, se equivoca cuando suma innecesariamente enemigos que en algún momento le van a dar un gran dolor de cabeza, se equivoca al transformar la interna peronista en una interna nacional. Pero sus errores hasta la fecha se compensan con sus aciertos y con su capacidad para entender el nuevo momento histórico.

Como todo presidente, a Kirchner le gusta acumular poder, no le gusta que lo contradigan o lo controlen demasiado y le gusta premiar a los leales y castigar a los disidentes. Felipe González se quedó casi quince años en el poder; Franois Mitterrand lo hizo durante más de diez años y una hazaña parecida realizó Margaret Thatcher.

Sus ambiciones de poder fueron explícitas y, en general, no se conocen políticos que no estén movilizados por esa pulsión. Como los grandes maestros del pensamiento liberal -Montesquieu, Hobbes, Locke- conocían estas debilidades, diseñaron un esquema institucional que pusiera límites a esa ambición a través de la división de poderes, la periodicidad en los mandatos, los comicios periódicos, el respeto a las minorías, la libertad civil y política, y el sometimiento a la ley.

Los grandes líderes democráticos se sometieron a estas reglas de juego. Ninguno lo hizo con entusiasmo, pero todos entendieron que no quedaba otra alternativa. Winston Churchill desbordó de odio cuando se enteró de que, después de la guerra, los ingleses le dieron las gracias por los servicios prestados y votaron a los líderes laboristas. Iracundo y prepotente como era, terminó aceptando el veredicto de las urnas. Los que no pensaron en esos términos se transformaron en dictadores y dieron nacimiento a Mussolini, Hitler, Stalin o Franco.

Néstor Kirchner no escapa a las generales de la ley. Pero, más allá de su voluntad y sus deseos, existe un sistema que funciona y que le impide ir más allá de lo que prescribe la norma. Habría que decir, además, que en sus rasgos generales este sistema ha sido respetado por el presidente, lo cual no lo exime de arrebatos autoritarios, pero hasta el momento parece ser más fuerte el sistema que su voluntad.

Néstor Kirchner no es comunista como lo califica la derecha, ni es fascista como lo califica cierta izquierda. Esto no quiere decir que sea perfecto. Es más, existen actitudes que no son tranquilizadoras. En la Argentina, la pelea interna del peronismo entre pesos pesados siempre ha concluido con un deterioro del sistema institucional.

Para colmo de males, hoy se suma a la crisis en la provincia de Buenos Aires la pelea entre los caciques de la CGT. En el peronismo, las riñas internas siempre son preocupantes; pero, si en esta danza macabra se suman los sindicatos, el panorama se pone castaño oscuro y, como en los westerns, lo aconsejable es que los vecinos se retiren, las madres recojan a los niños y las matronas bajen las persianas de sus casas, porque en la calle el silencio huele a pólvora.

Lo sucedido en la provincia de Buenos Aires preocupa por partida doble, en tanto a la cultura facciosa de los peronistas para llevar adelante sus luchas internas se suman los elementos mafiosos que están presentes en la refriega. La pelea descarnada por el poder, despojado de cualquier escrúpulo valorativo, suele ser la antesala de la violencia que termina contaminando a todo el sistema.

Solá no es más progresista que Duhalde ni Cristina está a la izquierda de Chiche. En todos los casos, lo que se disputa es el poder. Y el poder en la provincia de Buenos Aires es corrupto, mafioso y clientelista. Puede que algún protagonista sea más simpático que otro, que alguno de estos dirigentes porte intenciones progresistas más avanzadas que sus rivales. Pero, en todos los casos, el premio en disputa es un dispositivo de poder que fatalmente tiende a reproducir más de lo mismo.

Dicho con otras palabras: ciertas estructuras de poder son tan poderosas que su lógica no se alteraría aunque al frente de ellas estuviera el «Che» Guevara, Mahatma Gandhi o la madre Teresa de Calcuta. La provincia de Buenos Aires es el territorio donde el tumor de la corrupción está más desarrollado.

En una democracia seria, la alternativa al poder dominante debería ser la oposición. En la Argentina, esto no ocurre y, hasta tanto alguien demuestre lo contrario, la oposición más importante al gobierno peronista es el peronismo, lo cual no hace otra cosa que poner en evidencia la perversidad de una lógica que en la Argentina se reitera desde hace años.

Lo deseable sería que la UCR se propusiera superar al peronismo. En algún momento intentó hacerlo, pero ahora daría la impresión de que ni siquiera lo intenta. El rol de Raúl Alfonsín y Leopoldo Moreau en el centenario partido parece cumplir la función de barrer con cualquier liderazgo alternativo. Antes de ayer, fue Lilita Carrió, ayer fue Rodolfo Terragno, hoy parece ser Margarita Stolbizer.

Los mismos que llevaron al partido al 2 % de los votos son los que ahora persisten en digitar candidaturas y alentar con sus conductas la diáspora partidaria. Se podrá juzgar personalmente la actitud de los dirigentes que abandonan la UCR. Pero lo que no se puede desconocer es esta tendencia al abandono, abandono que durante un tiempo procedió a través del goteo, pero que, de continuar en esta línea, se va a transformar en torrente.

En Francia, Lionel Jospin obtuvo más del 20 % de los votos y consideró que su ciclo político había concluido; en Inglaterra, el candidato conservador casi llegó al treinta por ciento y declaró que se retiraba porque había que darle lugar a otros dirigentes. Estos ejemplos a Raúl Alfonsín y a Leopoldo Moreau no le dicen absolutamente nada.

Juan Carlos Blumberg salió nuevamente a la calle. Esta vez, no convocó a multitudes, pero, no obstante, sus reclamos son importantes. El señor Blumberg acierta y se equivoca como cualquiera, pero no está allí el problema. El problema reside en una clase dirigente que cree que es más importante mantenerse en la cresta de la ola que hacer lo que se debe hacer. Juan Carlos Blumberg puede reclamar desde su dolor, puede pretender que sus reclamos se transformen en ley; pero, de allí a que los legisladores deban hacerle caso en todo, hay una gran distancia. Pues bien, a esa distancia muchos legisladores la recorrieron en tiempo récord y, en lugar de filtrar el dolor por el tamiz de la racionalidad y la ley, se dedicaron a caer simpáticos, a sancionar cualquier disparate que despertara el apoyo rápido y fácil de la hinchada. Así nos va.

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