Las miserias del poder

Las miserias del poder

«…tienen que votarlo a Agustín Rossi, si no, después, las cosas no se las pidan al presidente Kirchner, pídanselas a otros… ¿Está claro?»- Carlos Alberto Reutemann

Con la delicadeza, el señorío y la sensibilidad que lo distinguen; sutil como un florentino, elíptico como un jesuita, sugerente como un discípulo de Henry James, el senador Carlos Alberto Reutemann les ha dicho a los vecinos de Santa Fe que, si quieren algo de Buenos Aires, hay que votarlo al señor Agustín Rossi. Ni al más imaginativo publicista de campaña se le hubiera ocurrido diseñar una frase tan bien cincelada, tan elocuente, tan expresiva de la verdadera y descarnada visión del poder que tiene nuestro reconocido «filósofo de Guadalupe» y, por supuesto, de su exquisita y refinada cultura republicana, cincelada en las consultas frecuentes de John Locke, Stuart Mill y Max Weber.

Desde los tiempos de Pedro González, es decir, desde la época en que el intendente de Villa Gobernador Gálvez advirtió a sus compañeros que había que mantener la ley de Lemas porque, si no, el destino de todos los peronistas, desde Reutemann para abajo, iba a ser la prisión, no se conocían declaraciones tan precisas, tan reveladoras de lo que el peronismo y los peronistas piensan del poder y de las instituciones.

Ironías al margen, lo que Reutemann acaba de hacer o decir puede catalogarse como una flagrante extorsión al electorado, porque se supone que una provincia no mendiga recursos al poder nacional, sino que reclama lo que le pertenece. Lo que Reutemann declaró podría ser calificado como una burrada política, si sólo creyéramos que sus palabras nacen de su proverbial ignorancia cívica. Pero como en términos de ejercicio exclusivo del poder Reutemann está íntimamente de acuerdo con lo que dice, hay que concluir pensando que sus palabras están más cerca del sinceramiento que del error.

Se sabe que la política tiene como objetivo el poder; pero también se sabe que la política democrática disputa el poder dentro de determinadas reglas del juego que son las que distinguen a la política de la guerra, la cultura de la procacidad. La diferencia entre una persona educada y un primate es el estilo, el esfuerzo por superar al animal que nos precede, la exigencia por ponernos límites, es decir, por educarnos. La política es, precisamente, una conquista de la humanidad porque nos apartó de la guerra de todos contra todos y les otorgó a las relaciones de poder un determinado estilo, un cierto señorío.

Quienes pensaron a la democracia como sistema de convivencia entendieron que el poder era indispensable para asegurar esa convivencia, y para impedir que el poder se transformara en una máquina de corromper y esclavizar se diseñó un conjunto de instituciones para ponerle límites. Así pensada, la democracia vendría a ser el ejercicio del poder con sus límites institucionales; no hay democracia sin poder, pero tampoco hay democracia sin límites y sin ciudadanos conscientes de que a esa relación entre el poder y los límites es necesario mantenerla.

Esta sencilla pero elaborada verdad política es la que Reutemann no logra entender o no quiere entender. Para su visión primaria y elemental de la vida, no sólo de la política, el que gobierna debe acumular poder y todo lo que se anteponga a esa pulsión es una molestia que se debe eliminar o reducir a su mínima expresión. Porque piensa de ese modo es que tenemos la Corte Suprema que tenemos, el Tribunal de Cuentas que tenemos y los organismos de control que tenemos.

El peronismo de Reutemann siempre ha sido opinable. Por razones de clase, de prejuicios y de opciones, Reutemann perteneció a la cultura del antiperonismo y era más fácil imaginarlo en los partidos liberales o conservadores que en el peronismo en su versión clásica. Lo que sucede es que los tiempos han cambiado y el peronismo, también. Hoy Reutemann es el principal dirigente peronista de la provincia y ese liderazgo no es impostado, sino real, tan real como la visión decisionista del poder que tiene el peronismo, con el cual Reutemann se identifica. Así pensado, el «filósofo de Guadalupe» no es alguien extraño al peronismo, sino su más cabal representante.

Visto desde otra perspectiva, lo que el senador expresa es que en estas elecciones no se vota a legisladores, sino a favor o en contra de Kirchner. Se sabe que, cualquiera sea el resultado, Rossi y Binner van a llegar al Congreso, pero lo que importa no es una banca más o menos, sino saber qué lista sacará más votos porque, si el peronismo gana en Santa Fe, la campaña para la reelección de Kirchner en el 2007 está asegurada; pero, si la que gana es la oposición, Binner será el número puesto para el cargo de gobernador de la provincia. Traducido desde otro punto de vista, podría decirse que votar por Rossi significaría apoyar a Kirchner en su costado hegemónico, autoritario, mientras que hacerlo por Binner sería fortalecer la tendencia republicana y democrática del actual gobierno.

¿Todas a favor de Binner? Más o menos. Al socialista le pasa lo que les suele ocurrir a muchos políticos en esta Argentina tan especial: sus principales adversarios están dentro del partido y esto no es un perjuicio menor; son los mismos que le hicieron perder las elecciones hace dos años cuando canjearon la provincia por una senaduría, y pueden ser los mismos que estén interesados en que vuelva a perder las elecciones hoy. La mezquindad moral y la truhanería política no suelen respetar signos partidarios.

Sin embargo, en política nunca las cosas son tan sencillas como parecen. Los peronistas llaman a votar por ellos porque dicen que así se fortalece Kirchner. Como les gusta decir a los ingleses, «yo no estaría tan seguro de que así sea». En principio, los opositores más importantes a Kirchner parecen salir del interior del peronismo. Duhalde, Menem, Sobisch, Rodríguez Saá son ejemplos a tener en cuenta. Por otro lado, cuando Kirchner estaba en apuros y no sabía qué iba a pasar en la segunda vuelta, uno de los apoyos más importantes que recibió fue el de Binner, quien expresamente viajó a Buenos Aires para decirle que lo iba a votar en esa segunda vuelta que nunca se realizó porque la «Comadreja de Anillaco» prefirió ahuecar el ala.

A favor de Binner puede decirse que es previsible y siempre ha estado en los lugares en los que debe estar un socialista reformista. Del peronismo no puede decirse lo mismo. La diferencia entre Rossi y Rubeo, por ejemplo, es que Rubeo siempre estuvo con Menem, mientras que Rossi sólo estuvo con Menem en los buenos tiempos. La otra diferencia es que Rubeo es un peligro pleno, mientras que Rossi representa sólo una hipótesis de peligrosidad.

Uno de los caballitos de batalla del oficialismo provincial en estos comicios es que Binner será un opositor a Kirchner. Que yo sepa, Binner no es peronista, no es funcionario del peronismo y, mucho menos, socio del peronismo, por lo que no le queda otra alternativa que ser opositor desde el punto de vista del juego democrático. En todo caso, lo que se debe discutir es la calidad de esa oposición. No lo veo al dirigente socialista transformado en un opositor salvaje, pero sí es posible que en algún momento pueda ser capaz de ponerles límites a ciertos excesos hegemónicos del oficialismo nacional. ¿Está mal que así sea? Si se tiene una visión absolutista del poder está mal; pero, si la visión del poder es democrática, no sólo está muy bien, sino que, además, es necesario que así sea, si es verdad que creemos en una república democrática donde el que gana gobierna y el que pierde controla.

Así y todo, creo probable que en algún momento Binner esté mas cerca de Kirchner que Reutemann. Si la retórica kirchnerista es verdadera y efectivamente ellos expresan, al decir de Bielsa, un proyecto de centro izquierda, queda claro que las alianzas son más posibles con Binner, a menos que alguien crea que Reutemann sea de centro izquierda, un abanderado de las causas progresistas y un campeón de las reformas sociales. Al respecto, estimo que se puede tener el mejor de los conceptos sobre el «filósofo de Guadalupe», pero, de allí a considerarlo progresista, hay una gran distancia, la misma que existe entre un conservador y un socialista.

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