Los límites políticos y morales del poder

Desde la derecha a la izquierda, desde los conservadores a los progresistas, todos se juntaron para expresar su desacuerdo contra ciertas políticas del gobierno. Kirchner los acusó de saboteadores, anacrónicos y algo peor y, como suele ocurrir en estos casos, no faltó el peronista que invocara a la Unión Democrática como si lo sucedido hace sesenta años pudiera reproducirse de la misma manera y con los mismos actores.

Puede que la oposición esté débil, fragmentada, impotente, pero el hecho de que se hayan unido los que antes ni siquiera se saludaban no es mérito de la oposición, es mérito de Kirchner. Lozano y López Murphy no se juntaron porque descubrieron que se amaban, se juntaron porque Kirchner no les dejó otra alternativa.

La sabiduría política aconseja dividir para reinar. El presidente está haciendo exactamente lo contrario. Hoy pareciera que por estos errores no pagará ningún costo, sin embargo, los que tenemos unos años sabemos que la fama y la gloria son amantes inconstantes y que los errores que no se pagan hoy se terminan pagando mañana con intereses incluidos.

Nada bueno le espera a una nación dividida, cerrada en antagonismos irreductibles. Los argentinos hemos probado esa medicina y lo único que quedó en claro es que sus efectos fueron dañinos para todos y, muy en particular, para los más débiles. En nombre de una causa que todavía no ha terminado de explicitar ni de poner en práctica, Kirchner intenta repetir lo que en su momento, en mejores condiciones y con muchas más posibilidades históricas a favor, terminó saliendo mal.

Una nación es un proyecto ideal compartido. Dividirla entre elegidos y traidores, héroes y villanos, buenos y malos es lo peor que nos puede pasar. Cuando esto ocurre toda la dirigencia es responsable, pero está claro que la principal responsabilidad la tiene el que gobierna. El conflicto no siempre es malo en política, lo que es malo es el conflicto innecesario y, lo que es peor aun, la visión política de quien supone que para imponer su punto de vista es imprescindible destruir al adversario.

A Kirchner no hay que reprocharle que ejerza la autoridad, lo que hay que reprocharle es su tentación autoritaria; no hay que criticarlo porque construya espacios de poder, hay que criticarlo cuando el ejercicio del poder se transforma en un absoluto. Es más, no lo criticaría por el trato que dispensa a sus adversarios, lo criticaría por las humillaciones y agravios que les inflige a sus amigos.

Lo que Kirchner le hizo a Duhalde puede llegar a explicarse políticamente pero, hay un toque de impiedad, un regodeo en la humillación del adversario, una manera brutal de disputar el poder que me resultan chocantes y me inclinan a pensar que eso no se le hace a quien en algún momento lo sacó prácticamente de la nada para hacerlo presidente.

Se dirá que en política todo está permitido, pero yo no tengo por qué aceptar ese axioma o disculpar a quien pisa la cabeza del que ayer le juró amistad eterna. ¿Un análisis moralista? Tal vez; hasta tanto alguien me demuestre que la moral no tiene nada que ver con la política o que ciertos comportamientos que en cualquier relación social merecerían ser calificados de «canallas», por el hecho de hacerse en nombre de la política se transforman en virtuosos.

La autoridad y el poder son atributos necesarios para hacer política; no obstante, en sociedades democráticas estos valores no pueden construirse a cualquier precio. A Kirchner se le reconocen condiciones para ejercer el poder, pero lo que ahora se le reclama es que aprenda a ejercer el poder en el marco de una sociedad y un sistema democrático.

Lo que distingue a Hitler de Willy Brandt, o a Francisco Franco de Felipe González, es decir, a un dictador de un demócrata, no es que uno disponga de poder y el otro no. Lo que los distingue es que mientras uno pretende el poder absoluto y eterno, el otro sabe que ese poder estará siempre condicionado por la ley; y que no es eterno, que dura un mandato, a lo sumo dos, y que está bien que así sea.

Lo que distingue a un demócrata de un dictador en términos humanos es que un demócrata tiene adversarios y no enemigos, le importa contar votos en vez de cortar cabezas; el demócrata distingue en la sociedad al ciudadano, el dictador asimila la sociedad al rebaño.

En las últimas semanas pareciera que el gobierno intenta reflotar en la Argentina la falsa dicotomía entre los que luchan por la justicia social y los que defienden la libertad. Kirchner se atribuye ser el abanderado de una causa justa y popular, considera que quien se opone a beneficios tan evidentes es un enemigo y que las banderas de la libertad disimulan privilegios de los eternos enemigos del pueblo argentino.

Aunque los argumentos que sostiene esta contradicción no son originales, pareciera que siguen siendo eficaces. Puede que en nombre de la libertad alguien defienda un interés egoísta, del mismo modo que detrás de las banderas de la justicia social suelen alinearse muchos a quienes lo único que les importa es su propio y exclusivo beneficio.

Pero el problema real no es el conflicto entre justicia y libertad, el problema lo expresan aquellos políticos que de un lado o del otro plantean un antagonismo irreductible en donde debiera existir una complementación necesaria. Se sabe que no hay libertad sin justicia y que no hay justicia sin libertad. Un gobierno que pretenda ser popular, justo y humanista debe atender ambas exigencias y atenderlas en el marco de una sociedad integrada, sin partir a la sociedad por la mitad, porque una sociedad partida por la mitad -vale la pena recordarlo- es la antesala de la guerra civil.

Kirchner no lo dice pero lo sugiere: reclama más poder y si es posible todo el poder para hacer lo que propone. Su modelo político no es teórico ni lo sacó de los libros, su modelo político es territorial y se llama Santa Cruz, y todos sus esfuerzos se orientan a reproducir en la Argentina lo mismo que hizo en Santa Cruz y que le dio tan buenos resultados.

Hay que admitir que en los primeros meses de su presidencia algunas concesiones hizo a la democracia, pero da la impresión de que desde las elecciones de octubre a la fecha el hombre hace lo único que sabe hacer: concentrar poder y aplastar a sus adversarios. A los hombres grandes las victorias los vuelven generosos, a los miserables los hacen rapaces y egoístas. Kirchner sabrá qué lugar le corresponde en la historia pero, en principio daría la impresión de que la victoria no pone en evidencia sus mejores virtudes sino exactamente lo contrario.

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