Dos preguntas

Las buenas preguntas suelen ser más interesantes que las malas respuestas. Puede que la actitud sea algo resignada, pero siempre es mejor aceptar los límites que pretender revelar misterios indescifrables. Atendiendo a lo sucedido en estos días, dos preguntas me interesaría formular a los dioses o a quien sea. ¿Por qué la senadora Cristina Fernández de Kirchner presentó un proyecto relacionado con los decretos de necesidad y urgencia exactamente opuesto al que presentara el 25 de octubre de 2000? ¿Qué cambió de entonces a ahora para que lo que ayer era negro ahora sea blanco?

Segunda pregunta: ¿por qué algunos vecinos y ciertas autoridades de Gualeguaychú consideran que el fallo de la Corte Internacional de Justicia de La Haya es el producto evidente de la complicidad de la Justicia europea con las empresas multinacionales? ¿Qué hubiese pasado si el fallo hubiera sido favorable a la Argentina y los uruguayos lo hubiesen desconocido?

Empecemos con la primera pregunta. La señora del presidente hace bien en defender a su marido -«minas fieles de gran corazón», como dice el tango-, pero debe admitir que en política la regla de juego básica es que el oficialismo gobierna y la oposición controla. Que la señora Cristina, en su condición de opositora haya presentado un proyecto diametralmente opuesto al que ahora promueve tiene alguna explicación, pero esa explicación no terminará de conformar a la señora, porque se funda en los presupuestos básicos del más descarnado realismo.

Dicho con otras palabras: está claro que la realidad no se la percibe del mismo modo desde el llano que desde la cumbre del poder. En el 2000, la señora Cristina habrá estado fastidiada por los decretos de necesidad y urgencia redactados por Menem y por De la Rúa. Fue entonces cuando dijo que esa situación era intolerable y había que limitarla jurídicamente. Hoy ella habla desde otro lugar y, por lo tanto, defiende otra lógica de hacer política. ¿Es justo o injusto lo que hace? Que cada uno elabore la repuesta que crea conveniente, pero como lo que importa es tratar de hacer inteligible a las preguntas, alcanza por ahora con saber por qué la señora hace lo que hace, más allá de que esté bien o mal.

¿La explicación es demasiado obvia? Más o menos. Sucede que la lógica del poder es, en ciertas circunstancias, de una previsibilidad primaria. Como esta pulsión por el poder necesita justificarse, se recurre a argumentos ideológicos y a diversos ropajes culturales. Pero cuando del poder se habla es importante conocer la moraleja del rey desnudo: los buenos modales, el miedo, los prejuicios se confabulan para que la corte pondere los ricos atuendos del monarca, hasta que un niño, que no participa de todas esas convenciones, dice en voz alta que el rey está desnudo. Pues bien, a veces la trama del poder reclama de esa lógica para conocer lo que importa.

¿Y cuáles son los ropajes ideológicos que disimulan las apetencias del soberano? Decir, por ejemplo, que vivimos una situación excepcional y que, por lo tanto, se necesitan de leyes excepcionales. Ese argumento ha sido usado por todos los soberanos con ambiciones de poder. Ocurre que como queda feo decir que se ambiciona el poder por el poder mismo, lo que se dice es que se necesita más poder para salvar a la patria o para defenderla de la agresión de sus enemigos.

Es increíble la falta de imaginación de los poderosos para justificar sus actos. Desde los tiempos de Julio César se dice que el Parlamento no deja gobernar al emperador. Desde mucho antes de los romanos, los monarcas denunciaban conspiraciones de enemigos reales o imaginarios para reclamar más poderes.

Kirchner en este tema no es la excepción. Incluso en la cuestión puntual de los poderes para manejar el presupuesto tiene un ilustre antecedente. En 1933, un Parlamento de Europa votó, a pedido del primer ministro, poderes extraordinarios para manejar las partidas presupuestarias. El país se llamaba Alemania y el ministro era Adolfo Hitler.

¿Kirchner es igual a Hitler? Creo que no. La Alemania nazi no tiene nada que ver con la Argentina kirchnerista; Kirchner no es Hitler, pero ciertas justificaciones para acumular poder se parecen. Lo que le pasa a Kirchner no es diferente de lo que le ocurre a Bush, Blair o Chirac. En todos los casos se trata de presidencias imperiales que reclaman más poder, mientras que los parlamentos intentan limitarlos. Una de las constantes de los sistemas políticos republicanos es esta tensión entre presidentes que quieren menos controles y parlamentos que se resisten a delegar poderes. Visto desde la lógica de cada actor, cada uno tiene su cuota de razón, pero lo que importa es que la tensión no corte la cuerda.

Ya en 1917, Max Weber advertía sobre la decadencia de los parlamentos y la necesidad de liderazgos carismáticos. Weber pretendía diseñar un nuevo modelo institucional acorde con las transformaciones del capitalismo en el siglo veinte. La caricatura macabra de ese esquema fue Hitler.

Regresando a la Argentina, digamos que al único que se le puede ocurrir pensar que el presidente tiene las manos atadas es al propio presidente. ¿Quién le ata las manos a Kirchner? ¿El Congreso, en donde tiene mayoría? Pero muchos tenemos derecho a preguntarnos cómo puede ser posible que el mandatario reclame facultades excepcionales, cuando él mismo admite que gracias a su pericia política el país salió de la excepcionalidad.

Cuando el oficialismo dice que Cavallo y De la Rúa ejercieron superpoderes, el presidente parece olvidarse de que entonces la Argentina se hundía en una crisis irreversible provocada, tal vez, por los errores de los gobernantes de entonces. Si el gran capital político del presidente es el de haber sacado a la nación del pantano, no se entiende por qué necesita de facultades que sólo se aceptarían en circunstancias extraordinarias. Continuando con el mismo razonamiento, habría que recordarle al presidente que a Cavallo y a De la Rúa los superpoderes no le impidieron terminar sus mandatos escapándose por los techos de sus casas.

Vamos ahora a la segunda pregunta, es decir, al fallo de la Corte Internacional de La Haya. Nadie esperaba un veredicto tan abrumador, ni siquiera los uruguayos. Catorce a uno se parece más a un papelón que a un fallo. En jerga futbolera se podría decir que hemos perdido por goleada y cuando se pierde por goleada lo más sano es aceptar el resultado, quedarse callado y, en todo caso, preguntarnos en qué nos hemos equivocado.

Sin embargo, la sabiduría del fútbol parece que a los argentinos no nos sirve. El premio consuelo de «campeones morales» otra vez parece instalarse. Si uno escucha los argumentos de algunos funcionarios, pareciera que los jueces no votaron en contra de las pretensiones de la Argentina, ya que si se lee bien la letra chica del veredicto, la Corte habría fallado a favor de la Argentina, nada más que por razones misteriosas no se anima a decirlo.

Como yo no entiendo mucho de estas sutilezas jurídicas, debo admitir lo obvio, es decir que las empresas Botnia y ENCE pueden continuar con sus inversiones. Por lo menos eso es lo que piensa el mundo. ¿Pero acaso el fallo no sugiere que más adelante puede existir el peligro de la contaminación? Es probable que lo sugiera, pero lo que afirma, por ahora, es lo contrario, salvo que alguien crea que la sugerencia es más importante que la afirmación.

¿Qué vamos a hacer? A mí siempre me enseñaron que si yo elijo un árbitro para que decida sobre un diferendo, al fallo hay que aceptarlo más allá de que me guste o no. No es honesto aceptar el fallo si me favorece y criticarlo si no me favorece. No hay que olvidar que fue la Argentina la que exigió ir a La Haya. Y no hay que olvidarlo, porque ahora resulta que no faltan los que descubren que La Haya es una cueva de imperialistas envenenadores.

Y esto lo decimos los argentinos, con la autoridad moral que en materia de protección del medio ambiente nos da, por ejemplo, disponer desde hace por lo menos cien años de una cloaca infecta que contamina a más de cinco millones de personas -casi el doble de Uruguay- a sólo veinte cuadras de la Casa Rosada. ¿O alguien cree que el Riachuelo está allí en homenaje a Cadícamo y a su tango «Nieblas del Riachuelo»?

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