¿Educación sexual?

Educación sexual siempre hubo: decirle a los chicos que la cigüeña es la que los trae, es una acción educativa; decirle a las mujeres que la menstruación es sucia y que hay que designarla con la discreta palabra «asunto», es una acción educativa; decirle a los adolescentes que el sexo es pecado, es también una acción educativa.>

Cuando yo era adolescente el cura de mi pueblo nos decía que la masturbación enloquecía y nos citaba el ejemplo de ese chico que «enloquecido por la masturbación se tiró por la ventana y los sesos estallaron en la vereda…» y mientras decía eso se le encrespaba el pelo, los ojos parecían salírsele de las órbitas y la voz se enronquecía…, ahora se me ocurre que en el fondo estaba como excitado y, por supuesto, todo eso, masturbación, muerte, sesos estallados y locura constituían una importante acción educativa.>

Las más perjudicadas por estos singulares procesos de aprendizaje eran las mujeres. La represión, los castigos, las sanciones morales eran para ellas; el deseo, el placer, era pecado y hasta podía ser una enfermedad. La consigna apuntaba a llegar virgen al matrimonio y íay! de quien no cumpliera con ese precepto.>

Siempre estaba la alternativa de disimular, de ocultar, pero tarde o temprano la falta se conocía y la mujer corría el riesgo de pasar a ser una perdida, una ramera o algo peor. Por supuesto que todo esto constituía el capítulo más importante de la educación sexual de las mujeres.>

Con los varones las exigencias eran menores; en general los celadores morales eran más permisivos. Podía haber sanciones por la masturbación, siempre se condenaba al sexo como algo inmoral y sucio, pero nadie quedaba descalificado moralmente si visitaba el prostíbulo del pueblo y esto también constituía una asignatura importante en la búsqueda de una piadosa educación sexual.>

Digamos que a la novia se la cortejaba, podían permitirse algunas escenas escabrosas en el zaguán rápidamente reprimidas y sancionadas con culpas y remordimientos, pero el caballero podía luego tranquilizarse con una prostituta sin ningún cargo de conciencia, porque a nadie se le ocurría pensar que esa despreciable prostituta fuera una persona. En estos casos, también los muchachos participábamos de acelerados y eficaces cursos de educación sexual.>

El sexo reprimido, culpabilizado, se obstinaba a pesar de todo, en reaparecer de algún modo. Lo que no se podía asumir por la vía de la sensibilidad y la inteligencia se asumía por el camino del cinismo o la hipocresía. O se pecaba y se mentía, o se vivía la sexualidad como un exceso, como un factor de poder para someter al otro o a la otra. Las variables eran la santurronería, en los hipócritas, y la vulgaridad, en los cínicos. Unos y otros, por supuesto, eran el producto de una deliberada acción educativa.>

Lo que pretendo demostrar con estas breves consideraciones es que educación sexual hubo siempre; que el tema no es educación sexual si o no, el tema es sobre los contenidos de la educación sexual. Que «Ese oscuro objeto del deseo» salga a la luz ya es importante, porque durante muchos años una de las variables pedagógicas consistía en mantenerlo en la oscuridad, en no hablar de «eso», en instalarlo en el lugar de lo sucio, lo prohibido, lo sórdido.>

Ahora, el tema está en la calle; en realidad hace rato que está en la calle y no de la mejor manera. De sexo se habla en todos lados y una de sus variantes más reconocidas es la que se elabora desde los medios de comunicación. Toda la publicidad, por lo menos una gran parte de ella está teñida por la sexualidad; en algunos casos, el mensaje es indirecto, en otros es de una frontalidad que orilla con lo vulgar y lo pornográfico.>

El sexo como mercancía está muy de moda y, aunque parezca paradójico, esa variante frívola, consumista y degradada del sexo, es la contracara de la variante represiva. El libertinaje no es una consecuencia de la libertad, es la consecuencia de la represión, es su estallido sórdido.>

Que el sexo es importante en la vida de las personas es una verdad que ya nadie discute o, para ser más preciso, casi nadie discute. Si esto es así está claro que la educación sexual importa y, en este caso, me estoy refiriendo a una educación sexual impartida por el Estado. Sé que sobre este tema se levantan algunas objeciones que advierten sobre el peligro del Estado enseñando sobre cuestiones tan controvertidas como la sexualidad.>

A quienes así piensan habría que recordarles que desde hace más de cien años el Estado nacional educa y esa educación puede incluir perfectamente a la sexualidad, salvo que alguien crea que el sexo no es importante o que pertenece solamente al ámbito privado de la familia. La educación oficial sobre el sexo no inhibe la educación familiar ni bloquea otras alternativas formativas que se obtienen en el territorio de la sociedad civil: pero el Estado tiene el derecho de impartir normas y valores, y no hay educación sexual sin normas y valores.>

¿Qué educación sexual? En principio habría que distinguir entre información y educación. La información biológica es importante, tomar conocimiento sobre la naturaleza material de la sexualidad es un primer paso para reflexionar, luego, sobre la naturaleza trascendente de la sexualidad. Si todo proceso de educación es considerado un aprendizaje de la libertad, la educación sexual debe apuntar a ese mismo objetivo. Educar para la libertad en el sexo no significa alentar la promiscuidad; por el contrario, la promiscuidad suele ser la respuesta degradada y sórdida de una cultura represiva; la libertad enseña las posibilidades y los límites, pero esa enseñanza parte del principio de legitimar el sexo como una actividad humana.>

En la historia, la sexualidad se expresó desde tres puntos de vista: la reproducción de la especie, el amor y el placer. A veces hubo coincidencias, a veces no y las combinaciones han sido complejas. Hubo sexo para reproducir sin amor o sin placer; hubo sexo por placer, pero sin amor, y hubo amor pero no hubo reproducción. Podemos seguir sumando combinaciones, pero lo que importa es hacerse cargo de que en la historia hubo diferentes variables legítimas de sexualidad. Alguien dirá que también hubo promiscuidad, lo cual es cierto, pero esta promiscuidad entendida como exceso vale para todas las actividades humanas, en la medida que libertad incluye la posibilidad del exceso.>

Marcuse señala sobre este tema algo interesante. Si la sexualidad está unida a lo erótico -a Eros-, están abiertas las posibilidades de una vida sana, placentera; si se une sólo a la reproducción es decir, a la productividad, bloqueando lo erótico, la sexualidad se conecta con lo thanático, el instinto de muerte. Puede discutirse a Marcuse, lo que se hace más difícil de discutir es el componente de placer que incluye la sexualidad.>

Puede que para más de uno este placer se confunda con el pecado; la lujuria es el nombre con que se designarían estos supuestos excesos. Sin embargo, el placer es legítimo en la vida, la búsqueda del placer no significa frivolidad, consumismo, todo lo contrario, la frivolidad y el consumismo son los fracasos del placer; aspirar al placer significa interrogarse sobre los problemas más íntimos y profundos de la condición humana, se trata de una búsqueda que, como toda búsqueda, incluye un aprendizaje en donde los hombres corremos el riesgo de equivocarnos, pero, al mismo tiempo, de disfrutar de la maravillosa experiencia de vivir.>

La educación sexual para la libertad rehúye la idea reaccionaria de asimilar la sexualidad con la promiscuidad; toda educación enseña a ser selectivo, a conocernos a partir de conocer nuestra relación con los otros. Y no hay conocimiento de uno mismo y de los otros negando la sexualidad o limitándola exclusivamente a la reproducción.>

 

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