El poder, sus luces y sus sombras

Fue un discurso previsible pero eficaz. Kirchner no habla bien, no es carismático, no seduce con sus frases o con sus ideas, pero lo que dice, la gente lo entiende y una gran mayoría lo comparte o lo acepta. No hace falta ser un refinado analista ni leer el horóscopo para saber que Kirchner iba a decir lo que dijo y en el tono en que lo dijo. La previsibilidad alcanza, por supuesto, a la respuesta de la oposición, quejándose del tono autoritario o de las imputaciones agraviantes.

No es malo que los actores políticos sean previsibles, más allá de que los lugares comunes suelen ser hartantes y que de vez en cuando es legítimo exigirle a los dirigentes una pizca de creatividad, pero lo que importa a la hora de la reflexión política es no perder de vista dónde se encuentra el poder y quién lo ejerce efectivamente.>

La titularidad del poder político, la centralidad de una compleja suma de relaciones las ejerce Néstor Kirchner. Desde ese lugar puede darse el lujo de repetir frases hechas, porque los niveles básicos de credibilidad están asegurados. Las condiciones de vida en la Argentina han mejorado; las mejoras no han sido nada extraordinario, pero han sido lo suficientemente oportunas como para que una mayoría de la sociedad lo respalde, porque supone que no hay ninguna alternativa superadora o porque considera que es el mal menor.>

Por supuesto que hay numerosas asignaturas pendientes y que existen muy buenos motivos para considerarse un opositor al actual esquema de poder; pero sería necedad desconocer que hoy los dioses lo acompañan o, para decirlo de una manera más laica, hoy, las variables de la gobernabilidad las tiene controladas con mano firme, y la mayoría de la sociedad considera que está muy bien que así sea.>

Se sabe que una verdadera democracia no puede funcionar sin oposición, pero eso no quiere decir que esa oposición mañana se vaya a hacer cargo del poder automáticamente. Hoy es más fácil ser oficialista que opositor, y a quienes sostengan que ese argumento es acomodaticio y triunfalista, habría que responderles diciendo que la virtud de un buen gobierno es crear esas condiciones a su favor, del mismo modo que en otras circunstancias esa virtud la titulariza una oposición cuando se prepara para transformarse en oficialismo.>

Tal como se presentan hoy los acontecimientos, el oficialismo en octubre gana las elecciones con el marido o con la esposa. Todas las condiciones lo favorecen, incluida la buena suerte. Por su parte, la oposición no da pie con bola, pero habría que preguntarse si eso se debe a sus propios errores o al hecho efectivo de que cuando el oficialismo gobierna bien, es decir, con un amplio consenso, ninguna oposición, por más inteligente que sea, da pie con bola.>

La política tiene sus propios tiempos y esa cronología es muy difícil violentarla. Los laboristas en Inglaterra debieron esperar años hasta que les tocó la hora de desplazar a Margaret Thatcher; algo parecido les pasó a los conservadores en España con Felipe González. En ningún caso, el laborista se hizo conservador en Inglaterra para adaptarse al ciclo, del mismo modo que ningún conservador se hizo socialista en España porque Felipe González parecía ser imbatible.>

Un político de raza pelea el poder, pero el límite de esa pelea es su propia identidad. Un conocido tahúr de la literatura («Los proscriptos de Poker Fiat», de Bret Harte) decía que el buen jugador no es el que gana siempre sino el que soporta sin levantarse de la mesa, con las cartas en la mano, las rachas de mala suerte. En política, también existen las rachas de «mala suerte», y se resuelven con paciencia y coraje civil, no mimetizándose con el ganador de turno, una lección que muchos peronistas y radicales K deberían recordar.>

Maquiavelo, Marx y Weber incorporaron el realismo como recurso analítico para entender la política. Interrogarse sobre la naturaleza del poder, preguntarse en qué lugar se encuentra, eludir los encubrimientos ideológicos, la hojarasca y las humaredas de los discursos, y las retóricas argumentativas, conforman la preocupación central de quien pretende incursionar en el campo de la política.>

Con el poder se puede hacer muchas cosas: adorarlo, someterse a él, pretender dominarlo, pero lo que no se puede ni se debe hacer es ignorarlo o confundirse sobre su identidad. Hacer política es poner en discusión el tema del poder, es proponerse establecer determinadas relaciones con el poder. Sus exigencias trascienden la ética y la moral, por más que en la mayoría de los casos los valores morales o los principios sean los que justifican la lucha por el poder y la gente se juegue la vida o marche a la muerte en nombre de esos ideales o creencias.>

Estas verdades elementales las tenía muy claras Vladimir Ilich Ulianov, es decir, Lenín, quien escribió que en el mundo en que vivimos todo es ilusión, menos el poder y, por supuesto que sabía de lo que estaba hablando. También lo tenía muy claro Max Weber, quien predicaba que al alma se la salva en la iglesia, pero no en el templo de la política.>

El muy devoto Giulio Andreotti, democristiano y hombre clave del poder italiano durante casi cinco décadas, sostenía que el poder desgasta sólo a quien no lo tiene; otro democristiano, Mariano Rumor decía que él y De Gasperi (un correligionario) iban todos los domingos a misa, «pero mientras De Gasperi pretendía conversar con Dios yo conversaba con el obispo, porque me resultaba más práctico y eficaz con el agregado (y una tímida sonrisa beata se le dibujaba en los labios) que el obispo me responde».>

Maquiavelo, el creador de la teoría política, un personaje mucho más noble y más complejo que ciertas versiones simplistas que hacen circular sus detractores, decía que el buen político, el buen príncipe, es el que sabe desafiar a la Fortuna, la cual, no olvidarlo, es mujer y como toda mujer «ama a los jóvenes, a los audaces y a los que la tratan sin miramientos». La conclusión de Maquiavelo, seguramente hoy le crearía algunos problemas con las feministas, pero en otro momento prometemos ocuparnos de ese tema.>

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