Adiós muñeca

El título pertenece a Raymond Chandler; las consideraciones políticas son mías. Que las interpretaciones resultan ser más importantes que los hechos es un postulado opinable, pero efectivo en el universo de las ciencias sociales. A decir verdad, suele ser bastante cómodo adherir a este criterio, pero más allá de los sinuosos debates académicos, lo cierto es que por motivos que poco y nada tienen que ver con lo académico, hay quienes recurren a él no para buscar la verdad sino para ocultarla.

El discurso de la señora presidente planteando que su fuerza política, es decir, Ella, había ganado en el orden nacional es un ejemplo elocuente de cómo un recurso teórico puede bastardearse en el mercado de saldos y retazos del poder y el oportunismo. Las cifras de la reciente jornada electoral al respecto son elocuentes para todos menos para Ella, y ningún bizantinismo teórico podrá eludirlas. Veamos. El oficialismo perdió en estas elecciones el cincuenta por ciento del capital político ganado hace dos años. El cincuenta y cuatro por ciento de entonces bajó al veintisiete de ahora. Con las leves diferencias del caso podría decirse que, como en el juego de la Oca, la señora retrocedió al 2003.

Visto desde otra perspectiva, la señora fue derrotada, entre otros distritos, en Capital Federal, provincia de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Mendoza. No sólo fue derrotada, sino que en la mayoría de los casos sus candidatos salieron terceros y cuartos. Los corifeos de la señora dicen que la oposición no vale porque está dispersa. Tienen razón. Lo justo es decir que a la señora hoy la derrotó la diversidad, esa palabra que detesta, ignora y desprecia.

Símbolos

Los símbolos en política suelen ser importantes. En Jujuy, el feudo de Milagro Sala, la señora fue derrotada; lo mismo ocurrió en Santa Cruz, la Meca del oficialismo, el territorio de donde salieron Ella y Él, acompañados de esos abnegados militantes sociales como son De Vido, Báez Ulloa o Jaime. Si como dicen los gnósticos, las casualidades no existen, habría que preguntarse qué significa que en el 2013 la señora obtuvo los mismos votos que Menem en el 2003. También en este caso, Menem era el candidato más votado, pero ello no alcanzó para eludir el dato demoledor de que más del setenta por ciento del país lo detestaba.

Los votos contra el oficialismo pueden tener una explicación válida para cada jurisdicción, pero lo que se huele en el ambiente y se palpa en el aire es que la gente no votó en contra de Insaurralde, Filmus, Obeid o Scotto. Lo hizo en contra de ella. Como se suele decir en estos casos, “nada personal”, pero quien concentró el poder en su exclusiva persona, quien alentó obsecuentes y ventajeros de todo pelaje para instalar en el firmamento la consigna “Cristina eterna”, no le debe sorprender que la sanción social se concentre en su figura.

Sin matices

En la vida son importantes los matices, pero cuando quien en nombre del poder ahoga esa riqueza, no le debe sorprender que sus opositores paguen con la misma moneda. El chavismo a ultranza reproduce el antichavismo, como el castrismo reproduce el anticastrismo, el somocismo el antisomocismo y el cristinismo el anticristinismo. La respuesta será buena, regular o mala, pero cuando a la realidad se la manipula y exaspera no se le pueden exigir respuestas prolijas.

Según las leyes electorales estos comicios se organizaron para elegir candidatos legislativos en octubre. En un país con cultura republicana y hábitos democráticos esto hubiera sido lo más importante; en un país inficionado de populismo lo importante son las elecciones de 2015. Lo digan o no, todos los dirigentes sabían que en esta elección lo que se juega no está en el 2013 sino en el 2015. Lo digan o no, la realidad del poder en países con instituciones débiles o corrompidas circula en los márgenes, en lo que no se dice, en lo que se oculta, disimula o falsea.

En la política como en el amor, el optimismo edulcorado no suele ser el estado de ánimo más aconsejable. Pero si los rigores de la realidad nos imponen sus límites, nada nos impide alentar cálidas esperanzas. Desde este lugar es que decimos que la Argentina empezó a cambiar. El kirchnerismo, con sus aciertos y errores, comenzó a disolverse en el pasado. Como el conde Drácula, las luces y el crucifijo lo liquidan. Más allá de los recovecos del castillo, más allá de las pesadillas y telarañas del palacio, la vida irrumpe con todos sus matices. Socialistas, radicales, peronistas disidentes, conservadores empiezan a escuchar el tono de sus propias voces; los ríos renuevan sus aguas y el viento corre fresco en la llanura. La certeza de que hay vida después del kirchnerismo habilita la esperanza.

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