Volvió una noche

C. está hablando. No es común que lo haga. Habitualmente llega al bar, pide un café, hojea el diario y deja que las horas transcurran. C. debe andar por los cuarenta y cinco años. Vive solo en un departamento al fondo de un pasillo estrecho y largo cerca de plaza España.

Más detalles de su vida no se conocen. Por otra parte, en el café nadie anda haciendo preguntas sobre la vida privada de la gente. Si a alguien se le ocurre contar sus penas se lo escucha y si no, se comparte el momento. Más no se puede esperar y, por otro lado, nadie lo pretende.

Pero ahora C. está hablando. Tal vez sea la tristeza de la tarde, tal vez sea la música que llega desde algún lado o tal vea sea que los dos estamos solos, pero lo cierto es que C. ha llegado, se ha sentado a mi mesa y después de encender un cigarrillo y conversar de los temas de siempre ha empezado a hablar.

A un hombre le cuesta hablar de sus intimidades con otro hombre. El pudor, el machismo o lo que sea inhiben la confidencia, pero a veces alguien no da más y sin aviso inicia el relato de una historia que es la suya. Es lo que le pasa C. a esta hora de la tarde mientras fumamos y sabemos que somos los únicos habitantes del bar.

C. se ha sentado de espaldas a la ventana y el rostro se le ha llenado de sombras. Habla en voz baja; de a ratos se detiene como si las imágenes que va construyendo con las palabras se esfumaran y necesitara de una pausa para recuperarlas.

-Fue la otra noche, hacía frío y la humedad me dolía en los huesos. Había terminado de cenar y estaba acomodando los platos y esperando que se caliente el agua para el café. Por el ruido de los tacos supe que era una mujer. Después dos o tres golpes débiles en la puerta; fui a abrir sorprendido porque es muy poca la gente que viene a casa.

Te lo juro que al principio no la reconocí. Una mujer delgada, algo más joven que yo pero no mucho, parada en la penumbra del pasillo, envuelta en un tapado que me pareció gris y con un bolso de ésos que se usan ahora. Supe que era ella cuando la oí pronunciar mi nombre; la voz seguía siendo la misma, suave algo ronca; la voz seguía pronunciando mi nombre como antes…

-¿Hacía mucho que no la veías?- le pregunto como para romper el silencio que se había instalado.

-No importa cuántos años- me responde sin mirarme -pero te aseguro que muchos.

Después continúa: -No me acuerdo qué le dije, tampoco me acuerdo si le di un beso; sé que entró. Vos sabés que en mi casa no hay muchas comodidades; pero para las circunstancias un par de sillas, el calentador y el mate o la taza de café, son más que suficientes.

«La primera imagen que recupero de su rostro es la sonrisa, una sonrisa que intenta ser alegre, despreocupada, tal vez algo obsequiosa. Después recuerdo sus ojos mirando la pobreza de la cocina, las manchas en el mantel de la mesa, la tela barata de las cortinas. No lo dijo, pero es como si lo hubiera hecho; no pronunció palabra pero supe que no había aprobado el examen, que seguía siendo el pobre muchacho de siempre, sin ambiciones, sin éxitos.

«Por lo demás, seguía siendo la misma: el pelo castaño, los ojos azules, el movimiento nervioso de la boca, las manos largas y finas que al hablar parecen querer ocultarse, ese aire distinguido para sentarse, encender un cigarrillo, cruzar las piernas.

«Yo tampoco se lo dije, pero lo debe de haber entendido. Los años también con ella habían hecho lo suyo: las ojeras, las arrugas alrededor de los ojos y en los bordes de los labios, la piel tal vez algo ajada, igual pero distinta a la muchachita despreocupada y alegre de otros años.

«Al principio conversamos de zonceras, de algunos amigos comunes, de lo que hicimos durante todos estos años. Después la conversación la fue llevando ella. Yo la escuchaba y mientras tanto pensaba en todo lo que había representado esa mujer en mi vida, en lo que había sufrido por ella, en la desesperación en la que me hundí la noche en que me abandonó para siempre.

«Yo no podía creer que era ella la que estaba allí, mirándome con un poco de esperanza y un poco de miedo, intentando hablar del pasado, tratando de disimular con sus palabras, con su alegría forzada, mi silencio. Recuerdo que en algún momento intentó acariciarme la cara como lo hacía en otros tiempos, recuerdo que en cierto momento me dijo que la perdone, recuerdo sus ojos húmedos, su confesión y su deseo de que intentemos empezar de nuevo: -Pasaron tantos años… estamos tan solos… nos equivocamos tanto…

«Yo la escuchaba y pensaba en la inutilidad de querer recuperar las horas que se fueron, en los despojos de lo que había sido nuestro amor, en mi irrevocable soledad. En algún momento debe de haber comprendido lo que me pasaba o lo que nos estaba pasando porque se puso de pie y después de despedirse con un beso leve que apenas me rozó la boca, se fue sin decir una palabra, sin reprocharse ni reprocharme nada. Sentí el ruido de la puerta al cerrarse, el sonido cansado de su pasos en el pasillo y luego el silencio.

«Me quedé sólo en la cocina, mirando su pocillo de café, la mancha de rouge en el borde de la taza, el sabor de su perfume flotando en el aire. Me quedé solo sin hacer nada, con los ojos secos y el cuerpo cansado, más viejo y más derrotado que nunca, esperando otra vez oír los pasos, esperando verla de nuevo sentada a mi lado, deseando mirarme en sus ojos azules…».

-¿Nunca más volvió?- pregunto. C. me mira, enciende otro cigarrillo y se encoge de hombros.

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