Del decisionismo a la decisión

Una semana en el poder y todos los frentes de tormenta están abiertos. Si alguien supuso que con la llegada de Macri a la presidencia se hacían realidad los buenos deseos acerca de ser todos bondadosos, optimistas y esperanzados, la realidad se encargó de probar lo contrario. La Argentina, con todos sus problemas, se hizo presente a partir del lunes 14 de diciembre y, para asombro de los desprevenidos, fue el propio Macri el que inició la tarea de poner en un primer plano las exigencias impiadosas de la realidad, es decir, la política.

La primera campana de alarma sonó cuando el presidente, a través de un decreto, designó a dos profesionales del Derecho para ocupar los cargos vacantes en la Corte Suprema de Justicia. Amigos y adversarios del gobierno pusieron el grito en el cielo. Entiendo a los opositores. Los entiendo, y algunos me conmueven, como los casos de Kunkel y Larroque defendiendo la división de poderes y la Justicia independiente. ¿No es tierno y bizarro ver a estos caballeros preocupados por el destino de la república?

Entiendo también a los que votaron por Macri y ahora protestan. Algunos lo hacen invocando valores republicanos, aunque en el fondo están despechados porque suponen que el gobierno no les reconoció los méritos que ellos creen merecer; están, por último o en principio, los que creen sinceramente que hubo una lesión a la cultura republicana.

Entiendo en definitiva la diversidad de la disidencia, porque hasta tanto alguien me demuestre lo contrario, vivimos en democracia y en ese clima lo único que debería estar prohibido sería la unanimidad. Por último, lo entiendo al gobierno, creo que hizo lo que correspondía, es decir, apostó fuerte, probando una vez más que una cosa son los discursos edulcorados y otra, muy diferente, los rigores descarnados del poder y la política.

¿Hizo bien el gobierno en dar ese paso, en correr el riesgo de que hasta sus aliados le imputen incoherencia con sus discursos republicanos? La historia dirá si estuvo o no equivocado. Por lo pronto, importa advertir que la identidad republicana no está reñida con el ejercicio del poder. Un republicano, en términos políticos, no es una tierna palomita dedicada a balbucear verdades bondadosas y dulces. Un republicano que merezca ese nombre hace política, disputa el poder y apuesta corriendo los riesgos del caso. Si así no lo hiciera su estancia en el poder duraría menos que un suspiro. Además, ciertas decisiones se toman cuando recién se asume el poder, cuando aún se dispone de un crédito político elevado y la oposición se está reacomodando a la nueva situación.

En operaciones de esta envergadura el gobierno se pone a prueba, pone a prueba a sus propios aliados y, sobre todo, pone a prueba el temple de la oposición. Macri llega al poder en circunstancias incómodas. Sin mayoría parlamentaria, en nombre de un partido que recién está saliendo de la ciudad de Buenos Aires, con una herencia política que en el más suave de los casos es envenenada y con una oposición decidida a salir con los botines de punta. A ese panorama un tanto desolador se suma un contexto internacional que se insinúa algo desfavorable: baja del precio de los commodities, suba de las tasas de interés.

Si las circunstancias son incómodas, las decisiones en más de un caso también lo serán. Como le gustaba decir a un viejo político conservador, hay que ser lo más liberal y lo más republicano posible. Lo demás se resuelve en el territorio incierto e impiadoso del poder, un callejón que, como advertía Weber, no conduce precisamente a la salvación de las almas.

Quiero creer que Macri no tomó esta decisión porque una mañana se despertó de malhumor y decidió ser el chico malo de la política. Conociendo el paño, hay derecho a suponer que hubo consultas, que se evaluaron los previsibles riesgos y los probables beneficios; hasta es factible que algunos de sus colaboradores se hayan opuesto o hayan recomendado otra estrategia. En todos los casos, el gobierno sabía muy bien las consecuencias que su decisión iba a desatar entre los opositores y en el frente interno.

¿Por qué lo hizo? Lo único que podemos saber es que la decisión no fue espontánea y que si se decidió dar ese paso es porque hubo razones de peso. Una respuesta tentativa podría decir que lo hizo para sostener la iniciativa política en un campo de relaciones de fuerza institucionales que en principio le es desfavorable. No se equivoca un conocido periodista K cuando sostiene que sobre este tema a Macri lo esperaban en la Cámara de Senadores para tenderle una emboscada. Pues bien, el emboscado decidió transformarse en emboscador; Caperucita Roja devino lobo, y los lobos se quedaron lagrimeando como Caperucita.

¿Respetó la ley? Creo que sí. Leyendo las opiniones de juristas y constitucionalistas, se observa que es mayoritario el criterio que sostiene que el presidente estuvo autorizado por la ley para hacer lo que hizo. Los críticos más objetivos le reprochan no el acto, sino la oportunidad política, pero reconocen que todo se produjo en un marco legal y que los funcionarios propuestos son impecables, un detalle no menor, porque a partir de ahora todos están obligados a proponer jueces que no sean amigotes, compadres políticos o militantes de cualquier causa.

No recuerdo qué constitucionalista sostuvo que esas medidas solamente se pueden tomar en situaciones muy especiales. ¿Acaso ésta no lo es? Imagino las objeciones: en nombre de ese argumento, el anterior gobierno cometió todos los abusos conocidos. Puede ser. Pero este gobierno es nuevo y dispone del crédito político necesario para tomar una iniciativa controvertida. Lo que no puede hacer es abusar. La Constitución, por ejemplo, prevé el Estado de sitio o las intervenciones a las provincias, pero un gobierno no puede pasarse la gestión decretando el Estado de sitio o interviniendo provincias.

Macri, en ese sentido, cumplió con lo que sostuvo el 10 de diciembre: no habrá jueces macristas y, como los hechos se encargaron de confirmarlo, Rosencrantz y Rosatti, además de ser profesionales impecables, no son macristas. No concluyó allí la partida. Después de las primeras fintas y estocadas, Macri resolvió patear la pelota para febrero con lo cual resulta evidente que será la Cámara de Senadores la que resolverá el tema.

Los observadores profesionales consideran que al presidente le doblaron el brazo o que se vio obligado a dar un paso atrás. Yo no estaría tan seguro. Imposible probar si el gobierno previó este desenlace, pero lo que sí queda claro es que para marzo el gobierno estará en mejores condiciones para discutir la designación de los jueces. Y esa posición favorable se debe a lo decidido en diciembre.

Mientras tanto, se sacudió el avispero. Este gobierno demuestra que está decidido a ejercer el poder con todos los riesgos que ello implica. En esa decisión se diferencia de Fernando de la Rúa, pero también del kirchnerismo, corriente política que más que representar al peronismo lo que representa es a una facción interna, “facción facciosa” que por el camino de la disidencia violenta se transformará a pasos acelerados en una minoría política algo anacrónica, algo ruidosa, más afín al estilo de Quebracho que al peronismo histórico.

Por su parte, el kirchnerismo real es muy probable que en los próximos meses se dedique a desfilar por los tribunales para explicar temas como el origen de sus fortunas y propiedades. También en este punto, el gobierno macrista no parece seguir los pasos de Fernando de la Rúa, más preocupado en su momento por conciliar con Menem y el menemismo que por investigar sus abundantes y escandalosos episodios de corrupción.

La transición está recorriendo sus primeros tramos. El pasaje de un régimen a otro no será placentero y dulce. Habrá tensiones y conflictos de ideas e intereses. La liberación del cepo, la rebaja de las retenciones, son capítulos con un final abierto, pero lo que importa en este caso es que esos capítulos empezaron a escribirse; y a juzgar por las primeras frases, los letristas no lo están haciendo con palabras torcidas.

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