La tesis del crimen avanza en el caso Nisman

Antonio Stiuso habló. Su voz está muy lejos de ser la palabra de Dios, pero era una palabra esperada por todos. Stiuso habló casi diecisiete horas. Sus afirmaciones no son palabra santa y todos cometeríamos un error si le creyéramos al pie de la letra, pero cometeríamos un error mucho más grande si cerráramos los oídos a esas palabras.

Por lo pronto, después de estas declaraciones la jueza Fabiana Palmaghini consideró prudente sacarse la causa del encima. Sus motivos no parecen ser muy convincentes, y mucho menos, profesionales, pero lo cierto es que ahora será la Justicia federal la que toma las riendas del asunto, una competencia que atendiendo la investidura de Nisman debería haberse establecido desde que fue encontrado muerto en su departamento.

No hacía falta que Stiuso hablara para que supiéramos del chiquero que deliberadamente se hizo en el escenario del crimen o de las reiteradas irregularidades en la investigación. Dicho con otras palabras: Stiuso no dice nada que quienes abonaban la teoría del crimen ya hubieran expresado, pero en este caso se trata del hombre que a fines de septiembre del año pasado la entonces presidente de la nación acusó a Estados Unidos de protegerlo.

Pues bien, Stiuso volvió y habló. No lo hizo antes, pero lo hace ahora ¿Qué cambió de un año a esta fecha? Obvio, cambió el gobierno, una novedad que no debería influir en las decisiones de la justicia, pero que en el país que vivimos influye. Primero, la jueza Fabiana Palmaghini se hace cargo de la causa, y después el dictamen del fiscal Ricardo Sáenz instalando por primera vez en el campo jurídico la palabra “crimen”.

Pero será este martes cuando los hechos parecen precipitarse: Stiuso declara y dice sin tapujos que Nisman fue asesinado porque lo que investigaba molestaba al gobierno K. Unas horas después en el Congreso de la nación, Mauricio Macri, la máxima autoridad política del país, dice ante la asamblea legislativa que Nisman murió en circunstancias inciertas y que sería deseable que comiencen a aclararse. El presidente no pronunció la palabra crimen, pero exigir desde su investidura que una muerte como la de Nisman se aclare, es algo más que una insinuación.

Stiuso convalida con sus palabras la hipótesis del crimen, pero dice algo más, algo que deberá ser probado pero que ya está instalado como una posibilidad: los máximas funcionarios del régimen K, incluida, en primer lugar, la expresidente, serían los autores intelectuales del crimen.

El ex servicio de inteligencia no dice nada nuevo, pero lo dice él, que no es palabra santa, pero tampoco es la palabra de uno más. Recordemos. Nisman murió el sábado 18 de enero de 2015 y al momento mismo de conocerse la noticia se instaló la sospecha de que fue asesinado, sospecha –bueno es recordarlo- que pareció confirmar en un primer momento la presidente de la nación a través de sus habituales intervenciones en la cadena nacional, hasta que algún colaborador debe haberle advertido de los riesgos que implicaba sostener esa posición.

La hipótesis del crimen fue la que ganó el sentido común de la gente, por la sencilla razón de que esto es lo que suele ocurrir cuando un funcionario de la estatura de Nisman aparece muerto pocas horas antes de efectivizar una denuncia que colocaba al poder en el banquillo de los acusados.

Innecesario recordar que los procedimientos de la justicia y la propia búsqueda de la verdad no lo resuelven las “hinchadas”, aunque la vida misma nos enseña que cuando ocurren episodios de esta naturaleza el peso de la opinión pública es insoslayable. O sea que visto desde esta perspectiva, la publicidad no solo es inevitable, sino que en algún punto es deseable, en tanto permite que el conflicto salga de la oscuridad y el secreto.

¿Nisman se suicidó porque súbitamente lo aterrorizó la presentación ante legisladores, algunos de los cuales habían prometido recibirlo con los botines de punta? No nos engañemos y no perdamos de vista las perspectivas: no era Nisman precisamente quien tenía algo que perder si efectivizaba sus denuncias.

Es que resulta poco creíble que un hombre que derrochaba vitalidad, entusiasmo y confianza, decida de la noche a la mañana suicidarse. Su ex esposa y su secretaria privada expresan la misma convicción. No, no era previsible el suicidio, pero además, en caso de haberlo hecho por motivos inescrutables, un hombre como Nisman, un funcionario con actividad pública desde hacía años, un padre preocupado por la relación con sus hijas y un fiscal con una autoestima consistente, antes de tomar la decisión fatal deja un mensaje, una señal, algo que explique o justifique su acto.

Presidentes latinoamericanos como Getulio Vargas, Osvaldo Dorticós y José Manuel Balmaceda, se quitaron la vida pero dieron explicaciones. Lo mismo puede decirse de Leandro Alem, Lisandro de la Torre o Leopoldo Lugones. Todos, en todos los casos, dejaron una o varias cartas explicando o justificando sus actos. Esto no sucedió con Nisman. No es que todo suicida tenga la obligación de dejar una carta, pero admitamos que la mayoría de los suicidad lo hacen. Nisman no lo hizo y eso no prueba nada, pero sugiere mucho.

Pregunto además: ¿Es tan descabellada la hipótesis del crimen en el país donde en los últimos veinte años funcionarios públicos como Rodolfo Echegoyen, Horacio Estrada y Marcelo Cattáneo, para no mencionar a Lourdes de Natale, la secretaria de Emir Yoma, fueron “suicidados” en condiciones muy parecidas a la de Nisman?.

Stiuso habló en los términos que conocemos, pero lamentablemente, y más allá de la buena intención de algunos, la verdad es muy difícil que logre establecerse. La duda continuará flotando en el aire como un fantasma o un espantajo. Pero la certeza íntima de que se trata de un crimen, esa convicción que impugna a una zona sombría y siniestra del poder, me temo que será muy difícil de ser probada jurídicamente. Como los casos de Echegoyen, Cattáneo, Estrada o De Natale, la muerte de Nisman corre serios riesgos de sumarse a la ya amplia galería de funcionarios públicos de los que no se sabe con certeza jurídica si se suicidaron o fueron “suicidados”.

¿Crimen perfecto? No lo sabemos, pero sí sabemos que no hay crímenes perfectos, sino investigaciones imperfectas. Y sospechosos silencios. Silencio por Nisman, silencio por su denuncia, silencio por los responsables del atentado contra la AMIA. Demasiados silencios para atribuirlos a la casualidad.

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