De regreso

Un amigo me llama por teléfono para invitarme a cenar. Es sábado a la noche y acabo de llegar de Europa, de un viaje que se extendió por tres semanas. Quedamos en encontrarnos en un comedor de la Costanera. Hace calor, pero conociendo nuestra ciudad podemos estar satisfechos de que para la primera semana de marzo la temperatura en Santa Fe esté por debajo de los veinticinco grados.

A mi amigo le gustan los viajes y sabe apreciar el valor de los regresos. Nosotros no conversamos de lo que nos pasó en otros lugares, sino que conversamos de los recuerdos que sobrevivieron al olvido, a la rutina, al paso del tiempo, lo cual no es exactamente lo mismo.

Los dos creemos que los viajes tienen dos momentos: el acto de viajar propiamente dicho y la evocación del viaje. El segundo momento es siempre el más importante. Los viajes se preparan, se disfrutan y luego concluyen. Los viajeros saben que en algún momento las vacaciones terminan, que a las expectativas y el placer le suceden el regreso, el retorno al trabajo, a los días habituales.

En nuestro caso, la experiencia no se manifiesta exactamente de esa manera. Todos sabemos que el tiempo transcurre y que el tiempo de las vacaciones suele transcurrir con más rapidez, pero mi preocupación no es luchar contra lo inevitable o lamentarme porque fatalmente el tiempo dorado de las vacaciones agoniza. Diría, por el contrario, que llega un momento en que empiezo a desear el regreso, no porque me aburra o algo parecido, sino porque uno de los momentos más interesantes, una de las experiencias más perdurables es la de evocar o, al decir de Proust, recuperar el tiempo perdido, ese tiempo que inevitablemente transcurrió y que ha quedado alojado en algún lugar de la memoria.

De lo que se trata es de descubrirlo, convocarlo e instalarlo definitivamente en la eternidad. Cuando a Dostoievski le preguntaron si creía efectivamente que existía la vida eterna en otro mundo, respondía diciendo: «No, pero sí en la vida eterna en éste. Hay momentos en que el tiempo se para de pronto para dejar paso a la eternidad».

Con mi amigo cenamos y conversamos de todas estas cosas. La noche se prestaba para las evocaciones; por la Costanera paseaban los autos, las motos, preparando el bullicio habitual del sábado a la noche. Las parejas, los viejos matrimonios, las familias en definitiva, salían a cenar, a esforzarse por ser sociables. Desde donde estábamos sentados nos parecía sentir el susurro de la laguna y, allá lejos, el reflejo de las luces sobre las aguas oscuras.

-Después de un viaje es como que siento en el cuerpo la experiencia ganada. Dice mi amigo que hace un año estuvo viviendo un mes en la India. -Hay un enriquecimiento, una incorporación de cosas que no pueden mensurarse en términos materiales.

Lo que ocurre es interesantísimo -le digo-, es algo que no se puede evaluar en términos turísticos. Le señalo que la palabra «recuerdo» quiere decir pasar la experiencia por el corazón, por la memoria del corazón. Esto no tiene que ver con las fotos de viajes, sino con un proceso que obliga a ir al fondo de uno mismo; se trata de desechar lugares comunes y recuperar imágenes fugaces, imágenes que se resisten a dejarse atrapar, pero que una vez recuperadas se incorporan definitivamente a la memoria del corazón.

Son instantes, ráfagas, brisas que llegan y que hay que aprender a captarlas. El descubrimiento de la Plaza Mayor de Madrid en el momento exacto en que ella se apoya en mi hombro para protegerse del frío; una mañana tomando un café en un bar de Salamanca, la luz del sol, el bullicio de los estudiantes y ese instante en que los dos nos sentimos únicos y exclusivos; un pueblito encantador de la Cantabria, el laberinto de las calles, las casas de piedra y otro bar en donde leemos los diarios y tomamos un café sentados a la barra protegidos del frío, de la intemperie, del paso del tiempo; una noche en París caminamos por la orilla izquierda del Sena, más allá Notre Dame y a lo lejos la Torre Eiffel iluminada como para una fiesta; una caminata por la rambla de Barcelona, el bullicio de turistas y vendedores y el sol tibio, luminoso, cálido.

Mi amigo me escucha y asiente. El sabe que estas cosas ocurren y que cada una de estas experiencias son únicas, intransferibles, están relacionadas con lo más íntimo de nuestra sensibilidad y se necesita realizar un esfuerzo significativo para recuperarlas, para separarlas de la multitud de recuerdos banales insignificantes.

Hemos terminado de cenar y regresamos a casa. Mi amigo me pregunta si sentí la necesidad de volver. Le respondo que sí, que en algún momento esa necesidad fue intensa, exigente, pero que forma parte de lo mismo.

Ocurre que uno no es una hoja al viento; uno viaja, conoce ciudades, gente, pueblos, pero lo hace desde un lugar, desde un sitio. Siempre soy un santafesino paseando por el mundo, nunca olvido mi ciudad y sé que en algún momento regresaré a ella, que deseo regresar a ella, que la extraño, entre otras cosas porque sólo en mi ciudad podré reconstruir amorosamente el «tiempo perdido».

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