Un pañuelo celeste

Ella llevaba un pañuelo celeste. Yo estaba en el andén de la estación de ómnibus de Rosario cuando la vi llegar. La reconocí por el modo de caminar, por la manera de acercarse a mí, por esa expresión de alegría y asombro al reconocerme entre la gente que a esa hora esperaba en el andén, pero lo que más me llamó la atención en ese momento fue el pañuelo celeste que parecía flotar en el aire.

Después, cuando volvíamos en auto para Santa Fe, pensé por qué la imagen del pañuelo fue la más fuerte, la que más se impuso a todas las otras impresiones. Pensé y pensé, y en algún momento dejé de prestar atención a ese detalle, pero dos o tres días después, ella estaba de nuevo con el pañuelo y otra vez sucedió algo extraño, como cuando uno distingue un rostro entre la multitud y le parece reconocer en ese rostro un rasgo, un gesto que alguna vez fue compartido, o como cuando un sonido o un perfume nos remonta a un lugar del pasado, a un instante vivido no se sabe muy bien dónde, o como cuando una palabra pronunciada al azar en un momento cualquiera tiene la virtud de precipitar los recuerdos.

La revelación llegó después y ahora la estoy tratando de traducir en palabras. Hay momentos… tal vez a la madrugada cuando el sueño se confunde con la vigilia… son instantes breves, fugaces pero consistentes; o tal vez a la hora del crepúsculo, esa hora en que los colores se suavizan y la luz que cae del cielo adquiere una leve y difusa tonalidad rosada. Es en esos momentos cuando las imágenes acuden, se presentan y provocan el efecto de una revelación o de una iluminación que le otorga sentido a todo aquello que hasta ese momento estaba disperso, era apenas un trazo, una señal, algo indefinido que oscilaba entre la inquietud y el olvido.

Veo la peatonal de calle San Martín hace por lo menos veinte años. Ella viene caminado desde Tucumán hacia Mendoza, se para un instante para conversar con una amiga y después continúa. Sentado a la mesa de un bar que ya no existe la miro pasar. El pelo suelto, a esa hora de la tarde hace frío o ha refrescado porque ella tiene una campera que puede ser roja. Pasa caminando a mi lado y tal vez no me ve o no presta atención: la miro pasar y sé que el pañuelo que le protege el cuello es celeste.

Estamos conversando en uno de los pasillos de la facultad, casi al frente del aula Vélez Sársfield. Somos cuatro o cinco personas. Dentro de un rato yo debo dar una conferencia y un jurado va a evaluar no sólo el contenido sino el tiempo empleado. Le digo a ella que cuando falten quince minutos se retire del aula y yo entonces ya sé que dispongo del tiempo necesario para redondear el tema. Ahora estoy hablando en la tarima del aula Alberdi. Creo que estoy hablando de historia o de algo parecido, los recuerdos no suelen ser precisos y además no importa que lo sean. En un momento, la veo a ella que se levanta y que empieza a caminar en dirección a la salida. La observo caminar, pero a lo que presto atención en ese momento no es a los quince minutos que me quedan sino al pelo que cae sobre su espalda y, por supuesto, al pañuelo celeste que lleva puesto y que desde donde estoy parado apenas distingo una punta.

Estoy sentado en el hall de mi casa. Me acabo de dar un baño y me dispongo a iniciar la lectura del diario. Deben ser las siete de la tarde porque aún hay luz. Escucho unos pasos en el pasillo y allí está ella. Me saluda con indiferencia y me pregunta por Francisco, mi compañero de casa. Le digo que ha salido pero que vuelve dentro de un rato. Vacila un instante, deja un mensaje para que se lo transmita a Francisco y después se retira. Es una conversación de dos o tres minutos a lo sumo. Creo que está un poco más delgada y el pelo ahora lo lleva recogido. No es la misma imagen que vi por calle San Martín o en el aula Alberdi, lo único que se mantiene intacto es el pañuelo celeste.

Ahora la observo mientras escribo. Han transcurrido veinte años pero ese dato no tiene la menor importancia porque el pañuelo que protege su cuello es muy parecido a aquel pañuelo celeste. En realidad es el mismo pañuelo o para ser más preciso, es su mismo cabello, su mismo cuello, su misma expresión a veces asombrada, a veces distante, a veces empecinada.

Para la imagen, para la evocación, lo que importa son los símbolos, las huellas, la señales, esos pañuelos que flotan en el aire, que perduran en el tiempo. Hay en el pasado una cantera cincelada con recuerdos que en cierto momento se disparan y atraviesen el presente. Nadie sabe en qué momento se produce pero lo cierto es que de pronto los recuerdos cobran vida convocados por una imagen del presente. Cuando esto sucede, el tiempo poético se ha impuesto al tiempo cronológico, la lógica ha cedido su lugar a la magia. Marcel Proust llama a esta evocación la búsqueda del tiempo perdido; para Joyce adquiere el nombre de epifanía, Pavese prefiere hablar del mito. A mí me gusta referirme a la eternidad o creer que aquello que llamamos eternidad es ese pasado que sólo puede ser convocado desde la fe o desde el amor.

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