Héctor Gagliardi

El apodo se lo puso un periodista al oírlo recitar sus propios poemas. En realidad la tristeza no era la suya sino la de sus oyentes, ya que en sus recitales era un hecho habitual que a muchos de ellos se les llenaran los ojos de lágrimas. Su poesía nunca fue reconocida en el mundo literario, y hasta podría decirse con buenos fundamentos que su calidad está muy por debajo de poetas tangueros como Homero Manzi, Cátulo Castillo, Celedonio Flores, Enrique Santos Discépolo u Homero Expósito. Sin embargo, muchos de estos autores disfrutaron de su obra, lo alentaron y en más de un caso prologaron sus libros.

Puede que sus poemas, efectivamente, carezcan de calidad literaria, pero de lo que nunca carecieron fue de calor popular. Multitudes lo escucharon con devoción casi religiosa y en su momento sus libros se vendían como pan caliente, al punto que el único autor que lo ha superado en ventas en la Argentina fue José Hernández con el “Martín Fierro”, un honor que dice muchas cosas respecto del gusto de las clases populares en materia literaria, pero también de su capacidad para llegar a ellas con poemas en el que los temas solían ser más importantes que la elaboración poética.

Los motivos por los cuales los poemas de Gagliardi gustaban al gran público no son un misterio. Sus relatos hablan de las emociones comunes y sencillas de los hombres: la maestra del grado, la piba linda del barrio, la bolita “lechera” , el amigo, la pelota de fútbol. Los personajes del barrio, sus ilusiones, fantasías y tristezas están retratados con trazos gruesos y emotivos, en la mayoría de los casos, deliberadamente emotivos.

Sus temas eran previsibles como lo eran sus procedimientos y recursos estilísticos. Las rimas son trilladas y el sentimentalismo lo traiciona a cada rato. De todos modos, en ese océano de lugares comunes y lacrimosos hay momentos que merecen rescatarse, incluso a pesar de él mismo. Dice en uno de sus poemas en homenaje a Buenos Aires: “Sos la pitada final del cigarro que se fuma, sos un barbijo de luna en un patio de arrabal, sos tango sentimental que me llena de tristeza y sos la media cabeza del Gran Premio Nacional”.

Enumerar es un buen recurso poético que hay que saber hacerlo. Gagliardi lo hace y no lo hace mal. Por ejemplo en “Me llamo tango” dice: “Soy columna mercurial de la emoción ciudadana, soy avenida Quintana y baldío de arrabal, nock aut en el Luna Park, penal en el travesaño, soy la París y el estaño, soy bandoneón y organito, soy dibujo del Otito, gorrión de plaza y canario. Soy tribuna popular que ante el empate se agranda y soy lujo a cuatro bandas sobre el paño de billar, soy grito de ¡no va más! que en la rula nos conmueve y soy ese anclar de nueve que hasta los secos palpitan y soy Legui y Artiguitas peleando un bandera verde”.

En estos versos hay ritmo, imágenes visuales bien logradas, hay musicalidad y, por supuesto, una singular capacidad de observación, un talento particular para distinguir aquellas experiencias o lugares en que los hombres se reconocen inmediatamente. Las imputaciones de sensiblero, cursi, sentimental, han llovido sobre él y su obra. Sus críticos más benévolos dijeron que sus poemas eran malos pero los recitaba muy bien. Ninguna de estas imputaciones lograron afectar a su masa de seguidores, los cuales en la mayoría de los casos no se enteraban de esas críticas y si lo hubieran hecho no las habrían entendido o no les habrían llevado el apunte.

Personalmente lo conocí en ese templo local del tango santafesino que fue Bacan cuando Neme lo dirigía y las copas las servía el Negro París. Para principios de los ochenta, Gagliardi ya estaba grande y se le notaba, pero su capacidad para recitar se mantenía intacta, como también estaba intacto su talento para arrancar lágrimas de sus oyentes masculinos que entre sollozos y suspiros le solicitaban nuevos títulos o que repitiera los que ya había recitado.

Héctor Francisco Gagliardi nació en Buenos Aires el 29 de noviembre de 1909 y murió en la misma ciudad, el 19 de enero de 1984. Su barrio, lo dice en algunos de sus poemas, fue Constitución. En una entrevista dice que el tango fue siempre lo suyo y habla de su amistad entrañable con Celedonio Flores, quien además de un amigo, fue el inspirador de su poética y quien lo habrá de proyectar a la fama.

Gagliardi nació en Constitución, pero su adolescencia transcurrió en San Telmo. Allí, descubre su paisaje de calles adoquinadas y casas viejas y escribió sus primeras poemas sin otra pretensión que la de expresarse o darse el gusto. El acontecimiento que le abre las puertas a la fama ocurre en la mítica Cortada de la calle Carabelas y que alguna vez homenajeara Carlos de la Púa en uno de sus poemas. Allí, en un restaurante frecuentado por poetas, artistas y hombres de la noche se celebra una tenida en la que están presentes, entre otros, Celedonio Flores y Homero Manzi. Se habla de literatura, se toman, se cuentan historias y se canta. En algún momento, Flores lo presenta a su protegido como un poeta que hay que escuchar. Gagliardi se sube a una silla y recita algunos de sus escritos. La leyenda asegura que la aprobación fue inmediata. Entre los aplaudidores estaba Tito Martínez del Box, productor del programa “Jabón Federal” de Radio Belgrano. Él propone que al otro día pase por la radio para hacer una prueba. Según palabras del propio Gagliardi, lo hicieron recitar y cuando concluyó observó que todos estaban llorando, incluso Tito.

A partir de ese momento, nunca dejó de recitar en grandes escenarios y en las principales emisoras porteñas. Francisco Canaro, Aníbal Troilo, Juan de Dios Filiberto lo convocaban para que los acompañara en las giras. Directores de revistas y personajes de la farándula lo llamaban para que escribiera libretos o saliera con ellos al escenario. Poemas como “El Rusito”, “La maestra” , por ejemplo, eran solicitados a gritos pelados por el público.

Después vendrán los libros. “Puñados de emociones”, “Por las calles del recuerdo”, “Versos de mi ciudad”, “Esquinas de barrio”. Los títulos anticipan los contenidos. Algunos de sus tangos fueron interpertados por Troilo, Francini, Leopoldo Federico y Juan D’Arienzo . “Medianoche”, tal vez sea el más conocido. A las ediciones, luego les sumó los discos que también se vendieron como pan caliente.

¿Poemas tangueros? No sabría decirlo, pero lo cierto es que a los tangueros esos poemas les encantaba escucharlos. Alguna vez en una entrevista les dijo a quienes lo criticaban por la baja calidad poética de sus versos. “Sé que dicen que mis versos no están a la altura de los grandes poetas, pero no me preocupa. Simplemente soy un creador sincero que le canta a las cosas que conoce y quiere. En mis versos no hay trampas ni mentiras, son realidades que yo conocí de una ciudad llena de encantos, que ahora también los tiene, pero antes era más familiar, nos conocíamos más, éramos compinches, por la calle Corrientes nos saludábamos de vereda a vereda. A mi poesía no la sabría definir con exactitud, pero puedo asegurar que el pueblo la entiende bien.”

 

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