Barcelona: La batalla es por la libertad

La dulzura de la tarde, el murmullo hospitalario de la gente, los sabores en el aire, el placer de la caminata, hacia el horizonte la línea oscilante del mar. Y de pronto el infierno. La muerte que llega sorpresiva, absoluta y extrañamente fugaz. Treinta segundos más o menos y el tendal de muertos y heridos. Sin explicación, sin argumento, arbitraria y trágica, como una maldición o como un destino.

Una multitud paseando un día cualquiera en una ciudad cualquiera de Europa. Hoy Barcelona. Como ayer París, Londres, Madrid. La gente. Hombres, mujeres. Niños. Anónimos hasta el instante en que se precipita la desgracia. Raro si se quiere. La tragedia permite reconocer nombres, rostros, historias. Un anciano, una madre, un artesano, un niño, una ama de casa, un señor con el diario bajo el brazo, una mujer enamorada. El operativo de terror les otorga una definitiva identidad. Paseaban, disfrutaban del momento, discutían, pensaban y hacían lo que habitualmente pensamos y hacemos todos en circunstancias parecidas. No sé si eran felices o justos, pero sospecho que eran libres y sobre todo, estaban vivos, se sentían vivos, creían en la vida y se aferraban a ella.

¿Cuesta mucho pensar que fue por eso que los mataron? ¿Qué lo imperdonable era, es, precisamente eso: esa manera de estar en el mundo, esa actitud ante la vida y las cosas? El terrorista que manejó la máquina portadora de muerte tenía diecisiete años. Sus cómplices apenas unos años más. Todos habían nacido o se habían educado en España. No se les conocía militancia religiosa, incluso algunos vecinos dijeron que eran personas normales.

¿Locura? Más que una explicación la palabra “locura” es una imputación. Y puede ser también una justificación. Pobres… están locos ¿Alcanza la palabra “locura” para explicar lo que hicieron? Supongo que no. Estoy seguro que no. Hay otros razonamientos, claro. La tentación por explicar todo a veces se confunde con la tentación por perdonar todo. Se habla de la pobreza, la miseria, la exclusión social. Palabras cargadas de culpas, de remordimientos, pero que para el caso que nos ocupa dicen poco y nada.

Los asesinos no eran pobres o no eran ni más ni menos pobres que millones de jóvenes de su edad que no se inmolan en nombre de Alá o de cualquier otra pasión, que no matan a inocentes en una apacible tarde de verano. Hablar de la pobreza en este caso corre el riesgo de ser más una absolución que una evaluación seria de lo sucedido. Lo siento por los amigos de las explicaciones “económicas y sociales”. No es ni el hambre ni la pobreza lo que explica lo sucedido.

¿Las Cruzadas ocurridas hace mil años? Con todo respeto: ¿alguien puede creer seriamente que los adolescentes que decidieron matar niños, mujeres y a todos los que se les cruzaron por el camino lo hicieron porque están molestos con las cruzadas cristianas que, dicho sea de paso, fueron posteriores a la expansión religiosa y militar de los “hijos de Alá”?

La Inquisición de la Iglesia católica. Perdón, pero seamos serios. La inquisición tal como se la ha divulgado ocurrió hace casi quinientos años. ¿Se puede en nombre de hechos ocurridos hace casi cinco siglos explicar la masacre de la semana pasada? Claro que la Inquisición es un capítulo lamentable del cristianismo. Pero un capítulo cerrado. Desde hace mucho, mucho tiempo la Iglesia católica no quema ni mutila herejes. Tampoco fabrica mártires. Equiparar el actual terrorismo islámico con los hechos cometidos por la Iglesia católica hace siglos es, aunque no quieran creerlo, un inesperado reconocimiento a la Iglesia de Roma, ya que lo que resulta evidente es que ella ha cambiado, mientras que sus objetores hoy queman, mutilan, asesinan en nombre de un Dios o un profeta. Cambian los nombres pero la pasión de muerte se mantiene intacta. Talibanes, Al Qaeda, Isis, Hezbollah, Hamas. Difieren entre ellos, se liquidan en nombre de esas diferencias, pero en lo que importa, el odio a los “hijos de Satán” son idénticos. A los mártires se los honra, se los recompensa, se los premia con vírgenes en el paraíso.

Hay más justificaciones. Provienen de la política, de la historia. El colonialismo, Irak, Afganistán, Siria. Con semejantes excusa cualquiera se siente con razones para ser terrorista. En nombre de Alá o de quien fuera. Todo entonces estaría justificado y disculpado.

¿No hay entonces explicaciones válidas? Las hay. Pero no es una, son muchas. Pero la más importante no proviene de la historia o de la economía, proviene de esa persistente pasión por el mal, o de una fe extraviada o de un instinto de muerte siempre latente en el alma humana.

“No es chacota la vida”, escribió alguna vez un poeta turco. Para después agregar: “La tomarás en serio”. De eso se trata, de tomarla en serio. A la vida claro. Incluso a la muerte. Y esto quiere decir no escaparse por la tangente, no eludir las preguntas y las consecuencias de las respuestas.

Es claro. Nos suponemos inteligentes, racionales, humanistas. Pertenecemos a Occidente y eso algo quiere decir. Para nosotros y para nuestros enemigos. Rechazamos las verdades absolutas, admitimos la duda, la contradicción, suponemos que la vida es sagrada y, a pesar de todo, aspiramos a ser felices. Somos empecinados e incorregibles.

Tal vez sea verdad. Todo puede entenderse. Todo puede justificarse y ponerse en contexto. Pero hay un límite. El terror y la muerte como consecuencia del terror es el límite. Es que cuando esto sucede es porque hay culpables e inocentes, criminales y víctimas. Los verdugos también son personas. Tienen sus historias, deseos, carencias. Sufren y a veces hasta es posible que sean felices. Pero punto. Yo no puedo disculpar a Hitler porque tuvo un padre golpeador. Tampoco puedo promover una condena contra una facultad de Bellas Artes de Viena porque alguna vez al joven Hitler no lo reconocieron como artista. “Si su padre lo hubiera tratado mejor; o si los profesores hubieran aceptado sus pinturas, seis millones de judíos habrían salvado sus vidas”. Un disparate. Un disparate tan delirante como el de justificar o abrir coartadas a los terroristas en nombre de hechos ocurridos hace cientos de años. O porque, como ya ocurrió, uno de ellos estaba atormentado porque lo había dejado la novia.

¿Afganistán, Irán…? Perdón, pero el terrorismos islámico existía de antes. Podemos discutir e incluso condenar ciertas decisiones de EEUU, pero justificar los operativos de muerte o dejar abierta las puertas para justificarlos en nombre de ese argumentos es complicidad o imbecilidad.

¿O acaso debemos pedir perdón por vivir en sociedades libres, abiertas y democráticas? Sociedades que no son un paraíso que reproducen injusticias, pero que han logrado conquistar los niveles de vida y, sobre todo, de libertad más altos de la historia de la humanidad. Ni pedir disculpas ni poner la otra mejilla. Si no se las pedimos a la Gestapo o a la KGB tampoco debemos pedírselas al terrorismo islámico.

¿Islámico? Y si. Es islámico. Viven, matan y mueren en nombre del Islam. Son una minoría es verdad, pero una minoría intensa, una minoría que cuenta con amplios y diferentes círculos de solidaridad, algunos lejanos, otros cercanos. Minoría que opera con nuestras culpas y miedos, con nuestros escrúpulos e inseguridades.

Ni perdón, ni poner la otra mejilla. A este terrorismo se lo combate con la lógica de Winston Churchill y no de Petain. No se los disuade, se los aniquila. Se los combate no renunciando a nuestros valores o relativizándolos sino afirmándolos. Afirmando precisamente los valores que ellos quieren destruir, empezando por el primero, el más importante y decisivo históricamente: la libertad. Esa luz que los hace parpadear como a los búhos, esa pasión que los desborda de odio, esos valores que desprecian, pero que en el fondo temen como aquel crucifijo que descompone de terror al conde Drácula.

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