El último café

El café se cierra. La mesa de café se despide. Después de más de diez años la mesa de los muchachos se levanta. Así es la vida. Nada dura para siempre. Mucho menos una mesa de café. Ni tristeza ni lágrimas. Tal vez un poquito de nostalgia. Inevitable en una mesa de café. Incorregibles, ocupamos nuestros lugares como si fuéramos actores de una obra escrita o improvisada por nosotros mismos. Hablamos como siempre. Es lo que mejor sabemos hacer. Sabemos que nos vamos, que posiblemente nunca más estemos juntos, pero lo hacemos fieles a nuestro estilo: discutiendo, opinando, diciendo lo que nos parece, equivocándonos, ejerciendo la libertad de equivocarnos. Es la mesa de café. Esta se cierra, pero en la ciudad, en las ciudades y en los pueblos hay otras mesas, otros argentinos juntándose todas las mañanas o todas las tardes para hablar. Sencillamente eso: hablar. Como escribiera Manolo Mora y Araujo: el poder de la conversación. Y qué otro lugar que una mesa de café para hacerlo. Tallon, un escritor español, lo decía sin exagerar un acento: un pueblo que no tenga un bar, una barra y una mesa de café, está condenado. No importa su tamaño o su economía. Está condenado sin remedio.

—Nos vamos en medio de un gran quilombo -dice Abel.

—Yo diría en medio de una Argentina que se esta encontrando a ella misma -digo.

—Soy más contundente -afirma Marcial- nos vamos con un peronismo derrotado y algunos de sus principales cabecillas entre rejas… así da gusto irse.

—No festejen con anticipación, no se hagan ilusiones -exclama José- el peronismo va a volver. La fantasía gorila de desaparecer al peronismo no la van a ver.

—Yo sinceramente -dice Abel- no tengo ninguna fantasía de que el peronismo desparezca. Me he acostumbrado tanto a pelearme con ellos que si no estuvieran los extrañaría. No, no y no. No quiero que el peronismo desaparezca; sencillamente lo que quiero es que no nos gobierne, que por un tiempo prudencial, prolongado si es posible, no nos gobierne.

—La verdad sea dicha -digo- a mí se me fue la vida bajo gobiernos peronistas, por lo que este respiro para mí es como tocar las puertas del cielo.

—¿No estás exagerando?

—Para nada. Voté por Balbín a los veinte años en 1973 y llegaron Cámpora, Lastiri. Perón, López Rega, las Tres A, Isabel. No terminó allí la cosa. Después vino la Comadreja de Anillaco: diez años. Y después llegaron los Kirchner: doce años. ¿No les parece medio mucho?

—Te olvidás de los militares.

—Sí. Y del pacto sindical militar.

—No se entusiasmen los gorilas -advierte José- cuando llegó Alfonsín pensaban lo mismo. Y miren lo que pasó.

—El futuro no está escrito -dice Abel- pero nadie puede quitarme hoy el derecho de estar contento. El peronismo es derrotado en las urnas y los malandras van en cana. ¿No te parece que hay motivos para festejar?

—Champagne y caviar, como dice Lilita Carrió.

—No se atraganten antes de tiempo. El champagne también emborracha, y el caviar cuando no se tiene la costumbre puede indigestar.

—Yo sencillamente estoy hecho -confiesa Marcial- hagamos un repaso: empezamos a juntarnos en esta mesa hace doce años. Entonces la ciudad, la provincia y el país estaban gobernados por peronistas. Hoy en Santa Fe hay un intendente radical, en la provincia un gobernador socialista y en la nación, Mauricio Macri. Estoy hecho. Es más, creo que desde esta mesa hemos aportado nuestro modesto granito de arena para que esta maravilla sea posible.

—Vamos a volver.

—No me importa -responde Marcial- a mí nadie me quita lo bailado. Vivo en una ciudad, en una provincia y en un país no gobernado por peronistas. Si me muero esta noche, lo hago con una sonrisa en los labios.

—No entiendo por qué esa ojeriza con el peronismo. Es el odio gorila. Ni siquiera admiten que en el peronismo hay de todo como en cualquier parte. Ustedes son complacientes y amplios con todo el mundo, menos con el peronismo.

—Pablo VI -recuerda Abel- decía en Italia en los años setenta: amo a los comunistas pero odio el comunismo.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Que yo entonces digo acá: amo a los peronistas, por lo menos no los odio en abstracto, pero odio al peronismo. Creo que nos han hecho mucho daño, mucho daño a la Argentina; creo que el peronismo potenció lo peor de los argentinos.

—Fue el que le dio felicidad al pueblo.

—Mirá como lo dejó; mirá la villas miseria rodeando a las ciudades, mirá el delito, la corrupción, la degradación de las escuelas y colegios, hospitales y establecimientos públicos…

—Yo diría -digo- que más allá de las cuestiones ideológicas e incluso emotivas que giran alrededor del peronismo, hay un dato histórico que merece tenerse en cuenta. El peronismo es hoy más que un partido, es un régimen de poder orientado al saqueo. En el peronismo hay gente macanuda, gente buena, pero el sistema como tal es perverso. Por eso Menem, por eso los Kirchner. Veintidós años de historia argentina creo que nos habilitan a arribar a algunas conclusiones.

—No hagamos tantas especulaciones -dice Abel- veamos el caso De Vido, lo que ocurrió hoy con el superministro del peronismo.

—Sí, claro, el tipo que estuvo doce años con los Kirchner.

—Doce años en el poder nacional, porque en realidad fue la mano derecha de los Kirchner desde hace más de treinta años.

—De lo que se deduce -digo- que hablar de De Vido es hablar de Cristina.

—Lo dijo el abogado defensor Rusconi: si De Vido es culpable, Cristina es culpable.

—Más allá de la intención que lo dijo digo- algo de razón tiene. De Vido hizo lo que hizo porque contó con el aval de Cristina.

—Les recuerdo -dice José- que De Vido no está condenado.

—No lo está, pero tiene más de cien causas abiertas.

—José, con la mano en el corazón: ¿a vos te cabe alguna duda de que De Vido es un malandra?

—Yo cuando hablo de política no tengo la mano en el corazón. A De Vido le corresponde la presunción de inocencia. Y esto lo digo a pesar de los jueces domesticados por el macrismo.

—Lo que son las cosas -dice Abel- vos acusás a los jueces de parciales y yo los acuso de lo mismo pero al revés. Porque realmente los kichneristas deberían estar agradecidos de la justicia que hay, lenta, vueltera, burocrática, predispuesta a asegurar la impunidad. En cualquier país normal todos estos tipos y tipas ya estarían en cana hace rato.

—Y ya que estamos hablando de todo un poco como los locos -digo- te pregunto lo siguiente José, ¿cuándo le van a pedir disculpas a Patricia Bullrich por todas las calumnias que le levantaron y todas las renuncias que le pidieron?

—Te recuerdo que todo esto se está investigando -dice José- Maldonado fue perseguido por los gendarmes, se tiró o lo tiraron al agua, hay abandono de persona.

—No me hagás reír que tengo los labios paspados -contesta Marcial- estábamos ante un genocidio y ahora terminamos acusando de abandono de persona. Ustedes son geniales.

—Lo grave -dice Abel- es que inventaron un desaparecido, manipularon información, trampearon, jugaron con sentimientos sagrados y ahora vemos que todo era una mentira.

—Mentira es el macrismo… ya van a ver.

—No sé qué vamos a ver -dice Marcial- por ahora lo que vemos es un régimen que se fue enchastrado de mugre y sus principales exponentes están en cana o a punto de ir en cana. Un régimen que robó mintió y se burlo de todo…

—No comparto -concluye José.

*Después de once años y cinco meses de reunirnos todos los jueves “Mesa de café” se despide de sus lectores. En nombre de Marcial, José, Abel y quien esto escribe, Remo Erdosain, nuestros más cordiales saludos.

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