Las duras lecciones de la vida

 

 

Es muy probable que los tripulantes del submarino hayan muerto. Si esto es así, nada de lo que se diga o se haga consolará a los familiares. Ni la solidaridad, ni los pésames, ni las oraciones. Ni siquiera los reconocimientos oficiales o las pensiones consuelan. La tragedia porta su propia emotividad y hasta ahora no se ha inventado nada que pueda atenuar el dolor de quienes perdieron a sus seres queridos.

Se entiende el dolor, la impotencia, la angustia ante lo irreparable. Sabemos que vamos a morir pero no nos resignamos a ello. Mucho menos cuando la muerte es imprevista, injusta. O cuando sospechamos que podría haberse evitado. En cualquier caso, los familiares de los 44 submarinistas quedarán marcados para toda la vida por esta tragedia, por estas horas de fuego vividas entre la desesperación y la esperanza, entre la angustia y la ilusión.

Ignorar este dolor es inhumano e impiadoso, pero quienes ejercen la responsabilidad de gobernar no pueden atarse o someterse exclusivamente a la emotividad. La tragedia posee su propio ritmo, su precipitado vértigo, ese tránsito incierto al borde de los abismos, pero la exigencia de quienes dirigen es salir de la tragedia, salir con nuestros recursos, con los recursos de la racionalidad y la inteligencia, la lucidez y la esperanza.

Lo aconsejable en estos casos es no agregar más leña al fuego, sin que esto signifique una coartada para dejar todo como está o ignorar las lecciones que nos  brinda este dolor. Por lo pronto, la primera exigencia por parte de los gobernantes es mantener ante la crisis la serenidad y la firmeza. La sociedad reclama de sus dirigentes estos atributos. Las palabras del presidente Macri reclamando que no se hable de más o no se levanten acusaciones irreparables antes de conocer con precisión qué es lo que ha ocurrido, están en sintonía con estas exigencias.

No es ingenuidad o engaño. Estadista es quien conserva la sangre fría en las situaciones límites. Un país en vilo por la suerte de 44 personas es una situación límite o de crisis. No se sale de allí con indiferencia o insensibilidad, pero tampoco con sobreactuaciones, sensacionalismos o golpes bajos. En su confusión, en su ignorancia, en su dolor y en su bronca, la gente de todos modos le exige a sus gobernantes mesura, discreción y transparencia.

Haber logrado que los países del mundo colaboren con la búsqueda del submarino perdido es un logro político que merece destacarse, sobre todo por parte de quienes ven al mundo no como una conspiración contra nuestros intereses, sino como una oportunidad; o para quienes entienden que las relaciones con el mundo son de colaboración y no de conflicto. Ese despliegue de recursos humanos y tecnología puestas al servicio de la solidaridad, es una de las moralejas aleccionadoras que deja esta desgracia.

Inevitable en estos casos las informaciones equívocas, las opiniones ligeras, las supercherías y el sensacionalismo adobado con los condimentos de la ignorancia, la mala fe y la banalidad. Inevitables las especulaciones políticas, el afán de ciertos núcleos duros de la oposición de pasar facturas a un gobierno contrastado por los opinables afanes de empujar las responsabilidades hacia el pasado.

Cuando irrumpen las tragedias todas estas cosas ocurren en el mundo que vivimos, pero los dirigentes deben esforzarse para colocarse por encima de estas miserias y pequeñeces. Al momento de la crisis se impone la unidad y la lucidez para establecer prioridades. Tiempo habrá para ajustar cuentas con errores, con funcionarios que no supieron estar a la altura de las circunstancias. Tiempo habrá. Pero mientras la política sea la sabia administración de los tiempos no es aconsejable en medio de una crisis practicar los hábitos del harakiri.

Por lo pronto habrá que ver qué fue efectivamente lo que ocurrió, ya que hasta ahora la única certeza que tenemos es que el submarino ha desaparecido. En principio yo descartaría las lecturas catastróficas que han abundado en los últimos días. Sinceramente, no creo que el submarino que salió de Ushuaia el pasado lunes haya estado atado con alambre como se dijo, o que los técnicos e ingenieros que integran su tripulación sean suicidas. Sinceramente, no creo que los arreglos que se hicieron hace cuatro o cinco años sean los causantes directos de esta tragedia. No necesito decir una vez mas la opinión que me merece el gobierno de Cristina, pero el país, lo que una nación hace todos los días va mucho más allá de un gobierno y en mas de un caso lo que se hace, regular o bien, es a pesar del gobierno. Mucho menos creo que haya una suerte de mano negra que infatigablemente conspira contra nosotros.

Repasando la historia, observamos que los submarinos son naves de riesgo, de alto riesgo. Y los que eligen esa profesión lo saben mejor que nadie. Las desgracias ocurridas en la segunda mitad del siglo veinte y lo que va del siglo XXI –dejo de lado las guerras y las bajas en combate- así lo verifican. Países como EEUU, Rusia, Francia, Israel, incluso China, entre otros, han padecido en diferentes proporciones tragedias parecidas. Son naciones con recursos, con tecnologías avanzadas y sin embargo nada de ello impidió que, por ejemplo, el Skorpion, el Kursk o el Dhaler hayan desaparecido en el fondo del mar con toda su tripulación.

No se trata de eludir responsabilidades –y sobre ellas ya me referiré en su momento- pero importa poner las cosas en su lugar, sobre todo cuando arrecia una vocinglería que parece solazarse con las catástrofes. O cuando desde los reductos ideológicos más antagónicos se pretende ganar espacios políticos aprovechándose de la tragedia. Pienso en esa alianza pampa entre nazionalistas e izquierdistas denunciando la colaboración internacional, o en esa  derecha militarista que no vacila en elevar desafinadas clarinadas de combate a favor del retorno de los militares al poder

Sinceramente me fastidia esa suerte de masoquismo nacional que nos gusta practicar. Somos un país con problemas, con atrasos, con escasez y mala administración de recursos, pero no somos el desastre con que algunos parecen solazarse en describir. Es verdad que el presupuesto de las fuerzas armadas es bajo. Es verdad y la tragedia del San Juan es un lacerante llamado de atención para que debatamos de aquí en más qué pensamos hacer con las fuerzas armadas en el mundo que se avecina. También es verdad que debido al rol desempeñado por los militares no solo durante la última dictadura, sino desde 1930, la estima social de ellos ha caído y cuarenta años después esto no es justo ni razonable. Pero no solo la sanción social por Malvinas y la dictadura militar gravitan contra las fuerzas armadas. También el fin de la guerra fría redujo su protagonismo. Y en el mundo que vivimos el concepto de lo militar no es el mismo que en el siglo veinte.

Es verdad que el presupuesto militar en la Argentina es bajo, uno de los más bajos del mundo. Pero no es menos cierto que está mal distribuido. Tampoco hay una explicación satisfactoria acerca de por qué desde 2002 en adelante se redujeron las tropas pero se duplicaron los nombramientos de altos oficiales. Tenemos fuerzas armadas con el doble de brigadieres, almirantes y generales. ¿Mala administración, corrupción o intento de soborno a oficiales? No lo sé.

Pasaron cuarenta años del último golpe de estado. Algo cambió en el mundo y algo debemos de haber cambiado nosotros. No jodamos. Los muchachos y la chica que navegaban en el Aras San Juan no eran o no son hijos o soldados de Massera. La condición de militar es en democracia una vocación como cualquier otra y como cualquier vocación puede ser noble y justa.

Lamentablemente pareciera que los pueblos necesitan de una tragedia, de un golpe al corazón para reflexionar o dar vuelta la página. Es probable por lo tanto, que esta desgracia de por concluida la sanción social que padecían las fuerzas armadas. ¿Era necesario llegar a este punto para advertir que se imponía un cambio en la percepción que se tenía con nuestros militares? Injusto o no, pareciera que esta dolorosa pedagogía es la que necesitan las sociedades para cambiar. Fue la derrota de Malvinas o el terrorismo de estado porque permitió valorizar a los gobiernos democráticos y las libertades civiles y políticas; fue el miserable asesinato del conscripto Carrasco el que puso en evidencia la barbarie del llamado servicio militar obligatorio; fueron las violaciones y crímenes contra las mujeres las que nos  movilizaron contra la violencia de género. ¿Por qué no pensar que esta desgracia del submarino extraviado sea la que nos permita incorporar a las fuerzas armadas como instituciones legítimas en un estado soberano y a los militares como actores respetables en un orden democrático?

 

 

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