El silencio del mar o el silencio de Francia

 
Los nazis invaden Francia. Ocupan ciudades y pueblos. Hace frío, nieva y los soldados avanzan indiferentes al clima y a los rechazos que despiertan. La trama se desarrolla en un pueblo no muy lejos de París. En una vieja casona viven un anciano con su joven sobrina de los que nunca conoceremos sus nombres. El relato está escrito en primera persona. Es la voz de ese anciano que cuenta que han llegado los soldados a su casa y le han comunicado -con un sobrio y distante respeto- que un oficial alemán se alojará en ella. Toda la novela -no muy extensa- relata la relación entre el tío y la sobrina con ese oficial alemán que se llama Werner von Ebrennac. Alto, cabellos rubios, ojos claros…un ario puro. Alguna herida de guerra lo obliga a caminar con cierta dificultad, detalle que le otorga una ambigua elegancia y dignidad. 
El tío y la sobrina han decidido resistir a esa ocupación con las únicas armas que disponen: el silencio. No van a hablar con él; ni siquiera lo van a mirar. Como si no existiera. Curiosamente Werner acepta el desafío. Es un nazi, pero es un nazi culto. Lee, domina varios idiomas, compone música, conoce los clásicos de la literatura y, además, ama a Francia, la considera culta, sutil, lúcida.
Todas las noches, antes de subir a su cuarto, Werner los visita en la sala. Y esto ocurrirá durante más de seis meses. Todas las noches el oficial pide permiso, entra al salón comedor en el que el tío fuma su pipa y lee al lado del fuego y la sobrina teje. Werner habla. En realidad monologa. A veces se queda parado en un costado; a veces se pasea. 
 
Muy cerca de él había un sillón vacío. No se sentó desde el primero hasta el último día. Jamás se sentó. Jamás le ofrecimos asiento, y él no hizo nunca nada que pudiera tener aire de familiaridad.
 
Los monólogos son inteligentes, cultos, respetuosos. Su voz y el crepitar de los leños en el hogar son los únicos sonidos. Afuera cae la nieve. 
 
No lamento esta guerra. No. Creo que de ella surgirán grandes cosas…Perdónenme: quizás los haya ofendido. Pero lo que acabo de decir está dicho con la mejor intención, con amor a Francia…les deseo buenas noches.
 
El tío fuma su pipa y calla. A la mañana, mientras desayunan, le dice a su sobrina: 
 
Quizá sea inhumano negarle la limosna de una palabra. Mi sobrina alzó los ojos. Elevó aún más las cejas sobre los ojos brillantes e indignados. Yo tuve la leve sensación de ruborizarme un poco.
 
Decía que todas las noches Werner se presenta en el comedor de la casa y habla. A veces cuenta cosas de su tierra, a veces reflexiona sobre Alemania y Europa, a veces se acerca a la biblioteca, hojea los libros y opina sobre los autores franceses: Balzac, Baudelaire, Montaigne, Moliere, Racine, Pascal. Pondera la literatura francesa, pero luego advierte que así como la gran literatura es francesa, la gran música es alemana: Bach, Haendel, Wagner, Beethoven, Mozart. Después exclama 
 
¡Y nos hemos hecho la guerra ! ¡Pero esta es la última! No volveremos  a pelearnos. Es más. Nos casaremos. 
 
 
Recuerda que cuando las tropas ingresaron a Francia en algunos pueblos los recibían con sonrisas y gestos obsequiosos. No le gustó. Le pareció que esa Francia era una Francia cobarde, sumisa. 
 
Aquellas gentes me inspiraron desprecio. Y sentí temor por Francia. ¿Será así Francia de verdad?.
 
Entonces mira al tío y a la sobrina y exclama. 
 
Ahora me satisface este rostro severo. Me siento feliz por haber encontrado aquí a un anciano digno y a una señorita silenciosa. Será preciso vencer ese silencio. Habrá que vencer el silencio de Francia. Me agrada que así sea.
 
Explica luego: 
 
Ahora necesito a Francia: pido que me acoja. De nada sirve estar en ella como un extranjero, viajero o conquistador. Pues entonces ella no da nada, pues nada puede tomársele. Su riqueza, su alta riqueza, no se puede conquistar…hay que merecerla…
 
La novela El silencio del mar (hay una traducción que dice El silencio de Francia) está escrita por Vercors, el seudónimo de guerra del escritor Jean Bruller. En 1949,  Jean Pierre Melville (El samurai, El ejército de las sombras, El confidente, Hasta el último aliento, El padre León Morìn) la llevó al cine. Una impecable película. Impecable los monólogos, impecables los actores e impecable la luz.
La novela y luego la película recibieron adhesiones enormes. Charles De Gaulle la saludó desde Inglaterra y más tarde a la película, Jean Cocteau la consideró como lo más inteligente que se escribió y se filmó sobre la resistencia. No faltaron las críticas por supuesto. ¿Qué es eso de tratar tan bien a los alemanes? ¿Qué es eso de presentar a los  nazis como humanistas, cultos, respetuosos? 
El debate continúa hasta el día de hoy. En lo personal, creo que las críticas son en algún punto injustas. Los nazis son los nazis, incluso en la novela. Lo que sucede es que el oficial Werner von Ebernnac está equivocado y su error será el error trágico de muchos intelectuales alemanes de su tiempo. 
Werner propone, desea, sueña con una alianza de inteligencias, de culturas, pero serán sus propios camaradas de armas los que -cuando en ocasión de una licencia los visite en París- le dirán brutalmente que ellos vinieron de Alemania para someter a Francia. Estas son las palabras de los nazis: 
 
 
Nosotros no somos locos ni ingenuos; tenemos la ocasión de destruir a Francia y lo haremos. No solamente su poderío: también su alma. Sobre todo su alma. La someteremos y haremos que se arrastre como una perra.
 
 
El oficial Werner von Ebrennac que retorna de París luego de unos días de vacaciones esta destruido. El primer día que regresa les dice a sus silenciosos interlocutores: 
 
 
Debo comunicarles graves palabras…Todo lo que he dicho en estos seis meses, todo lo que las paredes de este cuarto han oido….es preciso…es preciso olvidarlo…
 
 
En la novela, pero con más nitidez en la película, se observa que entre Werner y la sobrina se han ido tejiendo los hilos de un silencioso y delicado romance. Ahora todo concluye. Werner ha cometido un error y esta dispuesto a pagarlo: pedirá que lo trasladen al frente oriental, a Rusia, es decir, a la muerte…
 
 
Me dio pena el rostro de mi sobrina. Tenía una palidez lunar. Los labios semejantes a los bordes de un jarrón de ópalo estaban separados de tal modo que esbozaban la mueca trágica de las máscaras griegas…
 
 
Por primera vez ella habla. Una sola palabra, dicha en voz baja pero que el tío y Werner Ebrennac escuchan: Adiós.
 
 
Ebrennac sonrió de modo que la última imagen que tengo de él es una imagen sonriente. Y la puerta se cerró y los pasos se desvanecieron  en el fondo de la casa. Había partido cuando a la mañana siguiente  bajé a tomar mi taza de leche matinal. Mi sobrina había preparado el desayuno como cada día. Me lo sirvió en silencio. Bebimos en silencio. Afuera, a través de la bruma, lucía un sol pálido. Me pareció que hacía mucho frío.             

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