Se murió Edward Kennedy. Me hubiera gustado conocerlo y entrevistarlo. No pudo ser y ya no podrá ser. Fue un liberal auténtico, un liberal en el sentido yanqui de la palabra, es decir un político preocupado por la libertad de los hombres y preocupado por la existencia de un régimen legal que asegure para los más débiles los beneficios de la salud, la educación y las garantías civiles.
Siempre tuve debilidad por ellos, por John, por Robert y claro está por Edward. Tenían talento, estilo. El historiador Arthur Schlessinger dijo cuando lo mataron a John: “Brilló cuando vivía y todo el mundo sintió dolor cuando murió”. Palabras más palabras menos, podría decirse lo mismo de Robert y de Edward.
Se dice que eran mujeriegos y bebedores. Los que los conocieron aseguran que los rumores eran verdaderos. De Edward en particular se asegura que ni la vejez había aplacado su lujuria y su sed. Sus vicios no merecen felicitaciones pero a mí no me molestan. Edward nunca dijo que era un santo y no sé quién puede jactarse de semejantes virtudes. Yo por lo menos no lo hago. Antes de que Berlusconi confesara su afición por las mujeres, Edward Kennedy las había admitido en privado y en público. Sin embargo, a diferencia de Berlusconi no era un reaccionario o un cínico oportunista.
Leo en un diario de Chile que la presidente Bachelet recuerda su militancia a favor de los derechos humanos en tiempos de Pinochet y su constante crítica al régimen militar instalado en 1973. Recuerdo que cuando los sicarios de Pinochet asesinaron a Orlando Letelier con una bomba, la voz de él tronó reclamando justicia y cárcel para los asesinos.
Todavía no leí que algún político argentino recuerde las palabras de Kennedy contra la Junta Militar presidida por Videla. Hay que tener presente la soledad y el miedo de aquellos años para valorar lo que significaba, nada más y nada menos, que un Kennedy se acordara de que en la Argentina había presos y había muertos y que Estados Unidos no debía ser cómplice de esa barbarie.
Curiosas ironías de la historia: las declaraciones y las decisiones más duras contra los militares en aquellos años no provinieron de Fidel Castro o los burócratas rusos, sino de Edward Kennedy y James Carter. Alfredo Bravo admitía que sin la intervención de Carter no hubiera salvado el pellejo. Algo parecido decía ese excelente escritor que fue Antonio Dal Masetto, pero en este caso el responsable de las gestiones era Edward Kennedy.
Como senador, adversarios y amigos reconocen que lo más importante de la legislación social de Estados Unidos de los últimos cincuenta años lleva su firma. Las leyes sociales, los programas de salud, los grandes proyectos educativos, las propuestas a favor de la integración de negros y otras minorías fueron prioritarios en su agenda política.
Fue un dirigente inteligente, empecinado y habilidoso. Como adversario podía ser temible, pero era un aliado leal y sincero, un político con códigos, como nos gusta decir a los argentinos. “El León del Senado” lo calificaron los periodistas; “La gran muñeca de la política nacional” dijeron en voz baja sus amigos demócratas y sus adversarios republicanos. Fue las dos cosas; podía rugir como un león, pero podía tener la suavidad y la sutileza de una paloma.
Las grandes causas progresistas de la humanidad lo encontraron a él en el lado correcto o en el lado justo, para ser más preciso. Bregó por la paz cuando el mudo temblaba bajo la amenaza de la guerra nuclear; criticó la guerra de Vietnam, cuando consideró que además de una causa perdida era una causa injusta. Fue un anticomunista convencido, pero sus posiciones políticas no le impidieron impugnar a las dictaduras militares, por más que esas dictaduras pretendieran legitimarse invocando los beneficios del llamado mundo libre.
Mandela, el gran Mandela, dice que fue uno de los grandes aliados en la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. Bush lamenta su muerte pero no olvida que fue uno de los críticos más duros a la decisión de invadir Irak y uno de los políticos que nunca le perdonó haber transformado a Guantánamo en un centro oficial de violación de los derechos humanos.
Por último, fue un Kennedy, con todo lo que significa ese apellido en la historia política de Estados Unidos y el mundo de los últimos cincuenta años. Fue inteligente, encantador y brillante. Ni sus vicios ni sus errores opacaron sus virtudes. Agobiado por el cáncer, tuvo la generosidad y las energías suficientes para hacerse presente en el acto de proclamación de la candidatura de Obama. Fue su última decisión política. Se la puede compartir o no; lo que no se le puede negar es coherencia.