Julius Fucik

Julius Fucik, periodista, escritor y dirigente del Partido Comunista Checo, fue detenido por la Gestapo en abril de 1942 y fusilado -o ahorcado- en Berlín el 8  de septiembre de 1943 cuando apenas tenía cuarenta años. Estuvo más de un año preso sometido a interrogatorios en los que lo molieron a golpes y le bajaron los dientes uno a uno. En las condiciones de cautiverio escribió en papeles furtivos que un guardia – luego se supo era un compañero de causa- le pasaba para que dejara su mensaje a los hombres. De esas peripecias siniestras nació el célebre «Reportaje al pie del patíbulo», uno de los libros más entrañables de la literatura de resistencia. 
Fucik, efectivamente, fue uno de los representantes más conmovedores de la resistencia a la barbarie nazi. Joven, inteligente, enamorado, conmueve la dignidad con que enfrenta a sus verdugos y asume su destino. Julius estudió filosofía y literatura y durante unos meses se dedicó a la crítica teatral y literaria. Afiliado al Partido Comunista antes de cumplir veinte años, no vaciló en pasar a la clandestinidad cuando los nazis ocuparon Praga. Al momento de ser detenido era integrante del Comité Central del Partido Comunista. De entrada supo que era un condenado a muerte y nunca se hizo ilusiones al respecto. Su orgullo fue haber resistido la tortura, sin delatar a nadie, sin perder la fe en su causa y en la causa de la humanidad. Setenta años después podemos discutir la ideología o las opciones políticas de Fucik. Lo que no admite discusión posible es su coraje, su dignidad y su apuesta a la vida cuando a su alrededor crepitaba el infierno. 
«Reportaje al pie del patíbulo», es un libro terrible y bello. El libro de un condenado a muerte escrito en las condiciones más duras. Sin embargo, su lectura no es opresiva. Fucik enseña que hasta en las condiciones más sórdidas y miserables el hombre, su humanidad y su sensibilidad, siempre termina por imponerse.        
 
 
 
                                                
 
 
… Has tardado mucho en llegar, muerte. Pese a todo, esperaba conocerte más tarde, después de largos años. 

Esperaba vivir aún la vida de un hombre libre:

poder trabajar mucho, amar mucho, cantar mucho y recorrer el mundo.

Precisamente ahora, cuando llegaba a la madurez y disponía todavía de muchísimas fuerzas. Ya no las tengo. Se me van agotando.

Por la alegría he vivido por la alegría he ido al combate, por la alegría muero. Que jamás la tristeza sea unida a mi nombre. Gente yo os amé. Velad.

Hombres: fui feliz cuando correspondíais a mi cariño y sufrí cuando no me comprendíais.

Que me perdonen aquéllos a quienes causé daño.

Que me olviden aquéllos a quienes procuré alegrías.

Ese es mi testamento para vosotros, padre, madre y hermanas mías; para ti, mi Gustina, y para vosotros, camaradas; para todos aquéllos a quienes he querido.

Llorad un momento, si creéis que las lágrimas borrarán el triste torbellino de la pena, pero no os lamentéis.

He vivido para la alegría y por la alegría muero. Agravio e injusticia sería colocar sobre mi tumba un ángel de tristeza…»

27 de mayo de 1943

«… Algunas veces fui a los interrogatorios en autocares de la policía, en los que los guardianes se conducían con moderación.

A través de las ventanillas contemplaba las calles, los escaparates de los comercios, los quioscos de flores, la masa de peatones, las mujeres.

“Si logro contar nueve pares de bonitas piernas, me dije una vez, no seré ejecutado hoy”…»

El 9 de junio de 1943:

«…Ante mi celda hay colgado un cinturón. Mi cinturón. La señal de partida. Por la noche me llevarán al Reich, al tribunal(…)

El tiempo hambriento arranca los últimos bocados del pequeño trozo de mi vida.

Cuatrocientos once días en el presidio de Pankrác, que pasaron con una rapidez increíble.

¿Cuántos me quedan todavía? ¿Dónde? ¿Y cómo? Seguramente ya no tendré ocasión de escribir.

He aquí, pues, mi último testimonio. Un trozo de historia, del que soy, sin duda, el último testigo vivo…»

«… Siempre hemos contado con la muerte. Lo sabíamos: caer en manos de la Gestapo quiere decir el fin.

Y aquí hemos hecho lo que hemos hecho de acuerdo con esa convicción.

También mi juego se aproxima a su fin. No puedo describirlo. No lo conozco. Ya no es un juego. Es la vida. Y en la vida no hay espectadores. El telón se levanta.

Hombres: os he amado. ¡Estad alerta!…».

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