El 15 de noviembre de 1867, en la ciudad de Rosario, salía el número uno del diario La Capital. Su director se llamaba Ovidio Lagos, nacido en Buenos Aires en 1825 y periodista a tiempo completo. Según dice la leyenda, el diario incorporó una consigna que habrá de ser distintiva: “Las columnas de La Capital pertenecen al pueblo”. La leyenda agrega que en su origen el diario fue vespertino y los rosarinos sabían que salía a la calle porque lo anunciaba el estampido de un cañón.
Ya para 1867, Rosario era una ciudad pujante y progresista, una virtud que a partir de Caseros comenzó a practicar de manera vertiginosa. Su condición de puerto de la Confederación fue una de las claves del desarrollo; la guerra del Paraguay y el abastecimiento por río a las tropas fue la otra. Para 1867 Rosario tenía muchos más habitantes que Santa Fe, la ciudad capital considerada por los rosarinos como burocrática, señorial y rentística. A Lisandro de la Torre se le atribuye haber dicho que “pasando Barrancas ya se escucha el alarido del salvaje”. Seguramente a su correligionario Luciano Molinas el comentario no le debe haber hecho mucha gracia.
La Capital fue un emprendimiento periodístico promovido por Urquiza que pretendía por este medio disponer de un diario que predicara los beneficios de su candidatura presidencial. Urquiza para esa fecha ya era un experto en alentar el nacimiento de diarios con claros objetivos políticos. Lo novedoso, en todo caso, es que a diferencia de otros proyectos, La Capital habrá de sobrevivir a las ambiciones de Urquiza para transformarse no sólo en un diario importante, sino en el más antiguo del país.
El nombre del diario es también un producto de aquellas singulares circunstancias políticas. Es sabido que el término “La Capital” alude a la pretensión de que Rosario fuera la capital de la Argentina. Para esos años la Nación carecía de una ciudad capital, motivo por el cual las autoridades nacionales eran consideradas huéspedes de la ciudad de Buenos Aires. Periodistas como Ovidio Lagos y José Hernández van a defender el proyecto rosarino, algo no descabellado en aquellos tiempos, sobre todo cuando una amplia platea política se identificaba con la causa federal y desconfiaba de Buenos Aires y sus pretensiones centralistas.
El tema en realidad es más complejo o, por lo menos, es más complejo que ciertas lecturas revisionistas simplificadoras y lineales. Es un error creer que el proyecto de capitalización de Buenos Aires fue una iniciativa porteña. Por el contrario, Buenos Aires se resistió a que la despojaran de su ciudad, al punto que la última guerra civil entre los argentinos con una secuela de más de tres mil muertos- se produce como consecuencia de esa diferencia entre las autoridades nacionales y las de la provincia de Buenos Aires.
De todos modos, para 1867 Urquiza sabe que la propuesta de capitalizar a Rosario a los primeros que enorgullece es a los propios rosarinos. Para un político decidido a iniciar su campaña electoral y que necesita para ello del apoyo de la provincia de Santa Fe, no está mal conquistar ese apoyo con una promesa tan seductora.
Después de Pavón, Urquiza ha renunciado a conquistar el poder por las armas y mucho menos a alentar a caudillos montoneros. No ha renunciado, sin embargo, a su condición de federal y a sus ambiciones de ser presidente. Lo que entiende es que ese objetivo hay que conquistarlo con recursos políticos y no militares. Como Nicasio Oroño ha acordado con Adolfo Alsina una estrategia propia, Urquiza trama su derrota y para las elecciones de ese año apoya a Mariano Cabal.
Como se sabe, Oroño es derrocado por una conspiración clerical. Según el relato oficial, el obispo Gelabert fue el responsable de la caída de Oroño, que ha pretendido sancionar una legislación laica no muy diferente a la que luego va a aprobar Roca, quince años después. Es verdad que la conspiración clerical existió, pero es muy probable que quien haya estado detrás de los curas haya sido Urquiza, muy interesado en liquidar políticamente a un rival aliado a su principal adversario político en el orden nacional.
Una de las plumas principales del flamante diario es la de José Hernández, aún no conocido como poeta, sino como aguerrido político federal. Precisamente, la primera editorial que escribe es una suerte de manifiesto donde da a conocer los motivos por los cuales Rosario debe ser capital de la República Argentina.
Un año después Urquiza se resigna a aceptar que el nuevo presidente de la república será Domingo Faustino Sarmiento. Por otro lado, si bien su situación en Entre Ríos sigue siendo cómoda, los rumores sobre disidencias internas por su participación en la guerra del Paraguay son cada vez más fuertes. Como suele pasar en estos casos, Urquiza se desentiende del diario que ha financiado en Rosario, pero Lagos está dispuesto a seguir trabajando en un emprendimiento que ya no pretenderá impulsar que la ciudad sea la capital de la Nación, pero sí defender los intereses de Rosario.
La virtud histórica de La Capital, su indiscutible mérito periodístico, será su empecinada defensa de Rosario. Ése será también su límite. La Capital logrará conquistar a los lectores de Rosario y su zona de influencia, pero carecerá de estrategias adecuadas para representar a toda la provincia. Los límites no sólo estarán impuestos por la geografía de una provincia que dispone de dos poderosos centros urbanos, sino por una visión localista, para algunos algo aldeana, para otros cercana a la visión de ciudad-estado, pero que en cualquiera de los casos le impedirá pensar a la provincia como totalidad.
Los diarios en aquellos años se incorporaban de lleno a la lucha cívica. La Capital no fue la excepción. El apoyo a los Iriondo en una primera etapa derivó luego en el apoyo a Oroño, su enconado adversario. ¿Contradicción?. ¿Oportunismo? Tal vez. Pero en todos los casos lo que los historiadores le reconocen a Ovidio Lagos es que nunca se equivocó y nunca se contradijo en los temas relacionados con la defensa de Rosario.
Como la mayoría de los diarios del interior, el signo ideológico de La Capital estuvo marcado por el liberalismo, algo previsible en un país en el que esta ideología se había transformado en el sentido común de la elite dirigente. Sin embargo, sería un error pensar a La Capital exclusivamente por ese signo ideológico.
Más interesante que estas indagaciones algo abstractas es ubicar el contexto histórico, la identificación del diario con una ciudad que crecía a saltos y se modernizaba aceleradamente, sus rivalidades con la ciudad de Santa Fe y sus particulares relaciones con el poder nacional.
En 1912 cuando se aprueba la ley Sáenz Peña, el diario La Capital apoyará la gestión reformista del presidente, pero en el orden local se identificará sin disimulos con el proyecto regional liderado por Lisandro de la Torre y que responde al nombre sugestivo de Liga del Sur. Constituido en 1908, este partido contará entre sus elencos dirigentes a miembros de la familia Lagos.
La Capital milita, por así decirlo, a favor de la Liga del Sur que reivindica una serie de leyes avanzadas y progresistas, pero que incluye como uno de los puntos centrales de su programa, el traslado de la capital provincial a Rosario. Como se sabe, las elecciones de ese año las ganará el candidato radical Manuel Menchaca, con lo cual se desvanece la ilusión de transformar Rosario en ciudad capital.
Si bien durante algunos años ese proyecto colorará la fantasía de un amplio sector de la dirigencia rosarina, con el paso de los años esa ilusión se irá debilitando aunque no desaparecerá. Por su lado, La Capital tomará distancia de este proyecto para reforzar su identidad con Rosario.
A Antonio Gramsci se le atribuye postular que el archivo de un diario permite conocer en profundidad la historia política de una región. La Capital cumple con creces con esta hipótesis y basta repasar el archivo para confirmarlo. Desde esa perspectiva, un diario es una tradición que se renueva todos los días con una identidad propia que trasciende a sus ocasionales dueños, como corresponde a todo diario que merezca ese nombre.