La causa del feminismo no puede confundirse con el fanatismo

“El día que no tengan quien las coja van a cambiar de idea”. Con esta memorable frase el profesor Guillermo René Álvarez coronó un debate por las redes acerca de las virtudes o defectos de la causa feminista. Como se dice vulgarmente: indefendible. Se dirá que cualquier muchacho en una peña de los viernes dice cosas parecidas o peores. Puede ser. Pero un error no justifica a otro. Y una cosa es un muchacho en una peña hablando de más con unos vinos de más y otra es un docente con responsabilidades institucionales. Indefendible. Y al respecto no caben dudas: si la condición de boludo fuera un delito, al señor Álvarez le correspondería la pena máxima.

Dicho esto vamos a los “detalles”. Por lo pronto, la Municipalidad inició un sumario contra el docente. Es lo que corresponde. Por su parte, agrupaciones feministas y dirigentes políticos de la oposición reclaman la cesantía de Álvarez e incluso la intervención de la justicia. ¿Es lo que corresponde? No estoy tan seguro. Que alguien diga una barbaridad no significa necesariamente que esté cometiendo un delito o incluso una falta que amerite su cesantía en el país -dicho sea al pasar- donde la estabilidad laboral en el Estado es casi un dogma.

Álvarez dijo lo que dijo o escribió lo que escribió y correspondería que pida disculpas o que sea apercibido. Me parece que ir más allá es transitar desde la justicia a la cruzada o desde la virtud al fanatismo, cuando no al odio y la venganza. No jodamos. Álvarez no amenazó a nadie, no golpeó a nadie, no violó a nadie. Un boludo es un boludo, pero no un delincuente. Dijo algo incorrecto y lo dijo en el peor momento. Podemos criticarlo, pero no es un criminal y mucho menos sus palabras tienen que ver con la tragedia de las mujeres asesinadas en estas primeras semanas de 2019.

En temas como estos, soy de los que creen que en todas las circunstancias lo que se debe preservar son las garantías de una persona y en particular su libertad de expresión. ¿Libertad de expresión? Por supuesto. ¿O es necesario que les recuerde que la libertad de expresión no existe solamente para decir cosas bellas o verdaderas, sino también para equivocarse, decir torpezas e incluso barbaridades? Es la libertad de expresión la que me permite escribir esta nota que muchos compartirán y muchos criticarán con dureza. No jodamos. En el país donde con absoluta impunidad Hebe de Bonafini, amenaza la vida de Antonia, la hija del presidente; Luis D’Elía, ejerce la judeofobia más desenfadada; Aníbal Fernández, califica a Nisman de “turro y sinvergüenza”, y dos expresidentes procesados por reiterados delitos están atrincherados en la Cámara de Senadores, resulta ridículo y hasta grotesco debatir acerca de si Álvarez es o no un delincuente por haber escrito algo que a todas luces es incorrecto, pero no criminal.

Defiendo la causa de los pañuelos verdes. No lo hago desde ahora, lo hago desde siempre. Escribiendo, hablando, firmando y dando la cara. Lo hago desde cuando en 1975 el gobierno peronista de Isabel negó la patria potestad compartida; lo hago desde los tiempos en que Alfonsín promovió el divorcio mientras en Santa Fe el obispo Storni salía a la calle a repartir agua bendita tomado del brazo de los principales dirigentes del peronismo de “cuyos nombres no quiero acordarme”; lo hago desde que Macri habilitó el debate sobre el aborto. Apoyo las causas justas, pero injusticias no. Y mucho menos boludeces.

Es más, considero que son esos excesos los que se están constituyendo el talón de Aquiles de una causa justa como es la de los pañuelos verdes. Lo que ocurrió en Jujuy con una niña violada de doce años, pero con seis meses de embarazo es alarmante. Estoy a favor de la interrupción del embarazo hasta el cuarto mes, pero un embarazo con más de veinte semanas da cuenta de algo más que una vida, da cuenta de una persona y en ese caso sí tiene valor la consigna: “Salvar las dos vidas”. Sin embargo, el fanatismo las llevó a morder el anzuelo y concluyen reclamando, prácticamente, la muerte de un bebé. Como dijo el gobernador Morales: “¿Qué quieren que hagamos, que lo matemos al chico…?”.

En estos días será procesado el músico Gustavo Cordera. Soy un hombre mayor y juro que supe de su vida a partir del momento o de la mala hora en la que se le ocurrió decir en una clase de periodismo que hay mujeres que necesitan ser violadas para tener sexo. Lo expresó tal vez con torpeza, sin calidad académica, pero está claro que lo que intentaba describir es algo tan real como las relaciones sadomasoquistas, relaciones que cualquier historiador, psicoanalista o escritor saben que forman parte de la condición humana desde los tiempos de Lesbos y Safo pasando por el marqués de Sade hasta llegar a George Bataille y los surrealistas.

De Cordera podría decirse lo mismo que de Álvarez: no mató, no violó, no abusó ni ejerció la violencia contra nadie. Dio una opinión que en este caso más que una opinión es la constatación de un hecho: las relaciones sexuales sadomasoquistas existen y, efectivamente, hay mujeres que gozan con la humillación y el dolor, como también hay hombres que disfrutan con esas prácticas. Los psiquiatras y los psicoanalistas lo saben, pero las que parecen no saberlo son las fanáticas que no conformes con pedir cárcel, se dedican a boicotearle cualquier presentación artística, con lo que de hecho lo condenan a la muerte civil. Amorosas. Pregunto: ¿Si existiera la hoguera, si la hoguera estuviese “naturalizada”, como lo estaba en el mundo antiguo, no colaborarían animosas en trasladar leños al fuego?

Piden la cabeza de Álvarez y Cordera por lo que dijeron, pero, ¿piden la cabeza por quien dijo: “La anatomía es el destino. Las niñas sufren toda la vida el trauma de la envidia del pene…?”. Contesten rápido porque a esta frase la escribió Sigmund Freud. ¿Y qué hacemos con el gran Oscar Wilde cuando en “La balada de la cárcel de Reading”, promocionó el femicidio escribiendo “Y todos los hombres matan lo que aman… el valiente lo hace con la espada”?. Se trataba de un preso que había matado a la mujer que amaba. ¿Y en qué lugar lo metemos a Roberto Arlt, quien después de criticar a aquellas mujeres cuyo único objetivo en la vida es el casamiento, los hijos, el hogar, la familia y la propiedad, escribe: “Estas mujeres merecen ser destrozadas por la revolución, violadas por los ebrios en las calles”?. ¿Y William Faulkner que declara muy pancho que el único lugar que lo inspira para escribir es el prostíbulo. Y “bellezas” parecidas escribe García Márquez. Incluso, hasta Borges debería caer en la volteada por sus cuentos “La intrusa” y “Emma Zunz”.

Y ya que estamos en clima, pregunto a las señoritas y señoras que además del pañuelo verde se emocionan hasta las lágrimas con las arengas “socialistas” del compañero Hugo Chávez: ¿Qué me cuentan cuando en un multitudinario acto público, se despide de su pueblo con el siguiente piropo a su mujer: “Marisabel… no te impacientes… ya llegaré yo a la casa y te daré lo tuyo”. Socialismo tropical con machos tropicales.

Volvamos a Álvarez y a Cordera. Se equivocaron, escribieron o dijeron torpezas, pero no son delincuentes y mucho menos criminales. La causa del feminismo no puede enlodarse con los atributos del fanatismo o las “travesuras” del oportunismo político. A la barbarie se la corrige con comprensión, lucidez y justicia. Las energías las debemos reservar para combatir a los violadores y a los asesinos con penas carcelarias ejemplares, condenas que no hallen en un garantismo mal entendido la coartada para recuperar la libertad y seguir violando y matando. No confundir al enemigo es también la clave de toda estrategia que se proponga un mundo más justo para mujeres y hombres.

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