La hora del populismo conservador

Es la experiencia histórica la que enseña que en momentos de incertidumbres, en esas coyunturas en las que el futuro parece incierto y el presente se balancea en una peligrosa oscilación, ciertos sectores de la sociedad, en más de un caso los más débiles, se aferran a la supuestas seguridades de un pasado idealizado por la nostalgia o por el miedo al futuro.

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Valga esta consideración para postular que en estos comicios una mayoría de la sociedad optó por aferrarse a las ilusiones del pasado. Podemos discutir qué hizo o dejó de hacer la gestión de Cambiemos y cuánta incertidumbre se sumó con sus errores, pero también con las dificultades que significa transitar desde el anacrónico pasado populista a una sociedad abierta.

Los problemas actuales de la Argentina y las dificultades de este gobierno están a la vista. Lo única observación que correspondería añadir, es que el acierto más destacado del populismo fue convencer a una mayoría social que estos problemas provienen de la maldad intrínseca de un gobierno y que además para atender a su verdadera dimensión hay que multiplicarlos por cinco. Presentar un resfrío o una complicación gástrica con los tonos del cáncer terminal ha sido una constante de la retórica populista desde los tiempos de Frondizi e Illia hasta los años de Alfonsín, De la Rúa y Macri.

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A esta suerte de fórmula trágica, el populismo puede sostenerla porque a lo largo de setenta años ha consolidado una hegemonía cultural por lo que ciertas “verdades” se imponen con la lógica del sentido común. Esas certezas consolidadas de generación en generación acerca de las bondades del líder o la sacerdotisa y su ponderada sensibilidad con los pobres, constituyen el capital simbólico decisivo de la hegemonía populista. Esos mitos algo deshilachadas pero reconfortantes al momento de suponer que el presente es una intemperie permanente, es la que explica no solo los comportamientos electorales, sino el carácter conservador y bizarro de esos comportamientos.

El retorno del populismo seguramente será festejado por la alegría esperanzada de los que menos tienen, la ilusión de intelectuales alienados alrededor de la crisis crónica y agonizante de la izquierda, los habituales arribistas, oportunistas y ventajeros que se suman a esta suerte de viaje al pasado, más todos aquellos que a derecha o izquierda les gusta arrimarse al calor y a las comodidades que proyectan y ofrecen los ganadores.

En ese escenario algo desolador, algo patético, no falta el curita que como su colega de tiempos medievales sigue participando en cruzadas contra la modernidad, riñendo contra el capitalismo y predicando acerca de las bondades evangélicas de la pobreza.

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Pero más allá de las conocidas excitaciones que provoca la sensación de sentirse cobijado por la “masa” y protegida por el líder, lo que se impone con la consistencia de las tradiciones mixturadas con los privilegios es esa Argentina corporativa, clientelística, encerrada en si misma en el regodeo del persistente fracaso. En las calles y en las plazas esa masa festeja y se dedica al hábito de las más diversas expansiones emocionales, pero en las sombras, en la penumbra, al costado de la bullanguería medran los habituales titulares del poder real regodeándose de la persistencia de sus privilegios amparados por el calor popular.

Pienso en los empresarios prebendarios, en los sindicalistas mafiosos, en los punteros extorsivos, en los líderes barriales con sus amores a la hora de la siesta con narcotraficantes y explotadores de mano de obra semiesclava. Una red que como una viscosa tela araña se extiende desde los sectores más modestos hasta las capas medias y altas, todos beneficiarios de la Argentina populista que supimos conseguir y que en estas elecciones recupera un inesperado remozamiento que no proviene ni siquiera de sus afanes por acicalarse con atuendos vistosos, sino que cobra vida de esa mirada alienada en algunos casos, desolada en otros, y siempre decidida a otorgarle encajes de seda a la vieja mona populista.

No no engañemos. La Argentina populista funciona y beneficia a muchos. Es una Argentina injusta, violenta a veces, corrupta casi siempre, cada vez más empobrecida, pero funciona. Todos se preguntan con asombro cómo es posible –por ejemplo- que en La Matanza, el paradigma del Conurbano profundo y miserable, el populismo siga ganando elecciones a pesar de que gobierna desde 1983. Una respuesta posible a esa especie de contrasentido, es que en ese orden de matones, narcos, barras bravas, mucha gente vive y algunos viven espléndidamente.

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Abandonar esas certezas, esas seguridades, para muchas personas, incluso de buena fe, representa un salto al vacío o algo peor. La seguridad y la comodidad de lo establecido. Un orden conservador y en algún punto objetivamente reaccionario más allá de la retórica embellecedora de cierto progresismo y cierta izquierda inficionada de populismo y que como en 1973 no terminan de entender las diferencias entre socialismo nacional y nacional socialismo.

La nostalgia por el orden conservador, está a punto de hacerse realidad. El gobierno de Macri debería saber que son las promesas no cumplidas de quienes prometieron un futuro o las incertezas que genera todo tránsito hacia el futuro, lo que explica estas conductas. Alguna vez el sociólogo Daniel Bell escribió que “el futuro es de las masas o de quien sepa explicárselo”. Cambiemos dispone de apenas sesenta días para dar las explicaciones que correspondan.

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