Viernes 18 de diciembre 2020

Impasible, Vladimir Putin admitió que a la vacuna elaborada por el laboratorio Gamaleya -la vacuna rusa- no se la iba a aplicar porque tiene 68 años y la vacuna no produce efectos en los mayores de sesenta. Parece joda. Según nos dijeron el grupo de riesgo mayoritario de las acechanzas del coronavirus son las personas mayores de 60 años, por lo que la vacuna no beneficiaría precisamente a las personas que más la necesitan. El problema de la vacuna sería estrictamente ruso si en la Argentina nuestro presidente con su habitual pulsión por sobreactuar, o mentir, o mentirse a si mismo, no hubiera ponderado las virtudes de la vacuna rusa y no hubiera anunciado que para estos días de diciembre llegarían remesas de vacunas para que en las próximas semanas le digamos adiós para siempre al coronavirus, remesas que por otra parte tendrán serias dificultades para llegar a Ezeiza porque con los aviones han surgido problemas de horarios. Y sigue la joda. Lecciones ejemplares de la vida: un psicópata como Putin deja en ridículo a un mitómano como Alberto Fernández. Chascarrillos entre amigos, porque entre otras cosas, Putin es uno de los grandes astros de la política del actual gobierno argentino. Atendiendo los reiterados episodios protagonizados por el gobierno nacional podría aseverarse con escaso margen de error que el problema mas serio no proviene de una política exterior equivocada sino de una política exterior que oscila inquietantemente entre el absurdo y el ridículo. A veces los gags los promueve Felipe Solá improvisando diálogos inexistentes, otras veces el actor principal es Ginés González García que a esta altura merecería calificarse como un clásico cómico de la legua, pero en la mayoría de los casos el ridículo y el absurdo lo improvisa el presidente de la nación mintiendo con la pulsión del cuentero o el mitómano, mintiendo muchas veces sin necesidad, por gusto, porque seguramente no se le ocurre otra cosa, o porque no sabe callar y lo que es peor aún, porque no solo miente sino que en algún punto él mismo se termina convenciendo de la verdad de sus mentiras con lo que perfecciona su condición de mitómano, patología que afecta a muchas personas, que en más de un caso resulta ridícula cuando no patética, pero que en el caso que nos ocupa adquiere cierta gravedad porque se trata del presidente de la república. Los argentinos tenemos muchos problemas para que además nos demos el lujo de estar en manos de un mitómano a quien un psicópata cuyo talento más reconocido es el de envenenar a sus opositores, lo ponga en su lugar.
Graciela Daneri, Mary Tevez y 96 personas más
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